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Volaba. Sentado en el centro de la alfombra dirigía con tranquilidad el vuelo de aquel objeto extraordinario. El oficio de fakir tiene eso, un día trepas por cuerdas que no se sujetan a ninguna presa y al siguiente día estás volando sobre un trozo de tela de condición humilde, tanto que sólo sirve para aposentar el culo o ser pisada. O para volar. Con un leve parpadeo variaba el rumbo y con un gesto modificaba la velocidad; frotándose la nariz despegaba y volviéndosela a frotar tomaba tierra. Su alfombra.
De repente la nave de tela zozobró. El piloto había parpadeado y vuelto a parpadear olvidando los efectos de una maniobra tan precipitada. No es que estuviera afectado por un repentino ataque de parpadeo, ni que una mota de polvo lo hubiera confundido con un polvero, simplemente parpadeaba por el estupor que le había producido ver una mancha en su alfombra. Se calmó y la alfombra recuperó la derrota, después el fakir se frotó la nariz y aterrizó felizmente. Una mancha. Se entretuvo contemplando, había más manchas esparcidas por toda la superficie. Apenas recordaba los años que llevaban juntos la alfombra y él, remotamente podía enumerar los viajes que habían emprendido y nunca se le había pasado por la cabeza que un objeto tan extraordinario pudiera padecer de suciedad. Decidió llevarla a la lavandería. Limpieza en seco, siete euros. Vuelva en dos días. Y volvió. La mancha había desaparecido y con ella todas las manchitas, lamparones, incrustaciones y suciedades varias que casi le provocan un vuelco. El fakir extendió la reluciente en el suelo y se complació con la total ausencia de porquerías. Se frotó la nariz, pero el artefacto no voló. Volvió a frotarse la nariz, y la alfombra continuó con la huelga de flecos caídos. Estaba perplejo, tan siquiera se le ocurrió que quizás el lavado a fondo hubiera depurado las propiedades de la alfombra maravillosa. ¿Acaso no continuaba siendo la misma alfombra?. Tenía que volar, y más rápido. Más limpia, más rápida. Le dolía la nariz, la tenía muy pulida, pero la alfombra ni se movió. El fakir no recordaba los años compartidos, ni los viajes conseguidos, pero sí sabía dónde había adquirido la alfombra. Reclamaría. Tenía encargos y responsabilidades, cosas de fakir.
En la tienda había un hombre. El vendedor. De esos que se apoyan en el poso del tiempo y que tienen los ojos arados por la vida. La alfombra no vuela. Véalo usted. El vendedor era viejo, movió un poco la cabeza, con desaprobación, y sin echar el vistazo que mendigaba el fakir le dijo que quizás la alfombra había perdido su poder, como una hoja que cae de un árbol y que vuela mientras vuela, pero que en algún momento ha de acabar su viaje. Puede usted usar su alfombra no voladora para pisarla, o para posar sus reales.
El fakir se fue, con la alfombra enrollada y apoyada sobre un hombro. No sólo no me lleva, ahora he de cargar con ella, pensó. Al pasar por delante de unos grandes almacenes vio un cartel que reclamaba dependientes sin experiencia. El fakir decidió en tiempo récord que quizás no fuera mala idea cambiar de profesión, que eso de ser fakir se estaba poniendo muy duro, sin planes de pensión y tal y además sin la alfombra ya no iba a dar el pego. La abandonó junto a un contenedor de basuras, de color verde esperanza, como si la mierda fuera a reencarnarse en algo. Gracias. Se lo dijo a modo de homenaje y despedida, después de extenderla en el suelo y antes de penetrar en los grandes almacenes con el cartel de se busca dependiente en la mano. Después se cerró la puerta y el fakir no volvió la espalda, quizás porque ya lo habían aceptado en el nuevo trabajo. Mejor. Se ahorró el disgusto de ver cómo pasaba por ahí el Céfiro, muy tranquilamente, y soplaba la alfombra, y ésta cedía suavemente con las propiedades intactas y ochenta quilos menos sobre su superficie de lana. Volaba. Como cualquier alfombra voladora, faltaría más. Se entretuvo un ratito volando entre las nubes, jugueteando, pero sólo un ratito, a fin de cuentas la función de una alfombra voladora es la de llevar a alguien en plan fantástico. Buscó a su compañero de viajes, alguien con quien compartir el tiempo. Un parque. Un niño.
-Se está acercando una hoja, abuelo-. El niño daba la mano a un viejo, no un viejo cualquiera, era de esos que se apoyan en el poso del tiempo y que tienen los ojos arados por la vida.
-Quién sabe -dijo el hombre- quizás sea una alfombra voladora.

Texto agregado el 01-04-2005, y leído por 1112 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
10-05-2006 que bien se lo pasa una*********** laquesoy
01-04-2005 Francamente bueno. Me ha gustado mucho. Enhorabuena! Nicodemus
01-04-2005 Francamente bueno. Me ha gustado mucho. Enhorabuena! Nicodemus
 
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