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Una Aparición Milagrosa

(La leyenda de Jesús de la Portería)

Evaristo Olvera sabía perfectamente que el Señor Cura jamás le perdonaría lo que había hecho. Lo que él no sabía era que su nombre iba a ser inmortalizado para siempre, no por lo que había ocurrido, sino por lo que estaba por acontecer. De sus ojos oscuros, aunque con la mirada perdida, se dejaban correr un par de gruesas lágrimas. Recostado en su camastro y en la soledad de su celda, recodaba con tristeza lo sucedido.

El año de 1726 dejaba correr sus últimos días; Evaristo Olvera y su joven esposa Gertrudis Real, decidieron partir de Celaya, Guanajuato, su ciudad natal, para trasladarse a la ciudad de San Juan del Río en busca de nuevos horizontes. Se rumoraba que había trabajo en abundancia para los “canteros”, como se les conocía a los labradores de piedra. La célebre construcción de la Iglesia Parroquial de San Juan del Río, desde sus inicios en 1693, se había interrumpido más de una vez por falta de capital. La continuación de la obra, después de treinta y tres años de espera, se retomaba con nuevos bríos por el Cura del pueblo, Don Antonio del Rincón. Ya una ocasión anterior, el mismo párroco había intentado terminar, infructuosamente, tan fatigosa obra. Esta vez, dieciséis años más tarde, habría de concluirla por completo.

La cantera negra propia de aquél lugar, le daba riqueza al estilo barroco de las capillas que se erigían para regocijo de sus feligreses, en su mayoría indígenas. La necesidad de contratar canteros calificados, para labrar la piedra que adornaría la nueva Parroquia de los españoles, era eminente y hasta ineludible. La ciudad recobraba de nuevo la vida pujante que la caracterizaba. El futuro se miraba prometedor para Evaristo Olvera y su esposa… o al menos, así lo parecía.

Aunque tenían poco tiempo de casados, Gertrudis parecía conocer bien a su esposo; sabía que cada vez que el dinero llegaba en abundancia a sus manos, le daba por malgastarlo con sus “compañeros” de parranda. El carácter alegre y bohemio de Evaristo, le permitía hacerse de amigos de inmediato.
—¡Ora sí que nos va ir muy bien “vieja”! ¡Ora si vamos a salir de pobres!—exclamó eufórico después de recibir su primer salario. Había estado bebiendo.
—¡Ay, Evaristo! …Ojalá que sí—dijo Gertrudis, con un dejo de preocupación.
—Pero no te veo muy contenta ¿Te pasa algo?—interrogó.
—Es que… No, no me hagas caso—dijo ella, ocultando su temor detrás de una sonrisa simulada. Se apresuró a preparar la mesa.
Ella le vaticinó, un sinnúmero de veces, los resultados que podría acarrear tal actitud derrochadora. El, por su parte, siempre que estaba ebrio encontraba de lo más divertida la actitud reprochadora de su esposa. Desde el día en que Gertrudis escuchó una leyenda entre la gente de la ciudad, la inquietud asaltaba su corazón cada vez que miraba a su esposo en esas condiciones. Se decía que el dinero con el que se estaba terminando de construir la parroquia, había sido donado por Marcos Mancilla; un hombre que, siendo pobre, pidió a la Virgen de Guadalupe que lo ayudara en una empresa en la que se había aventurado y que si salía exitoso con lo que estaba emprendiendo, le construiría un templo. La ignorancia y el temor de la gente, tergiversaron el relato y le atribuyeron tal riqueza al demonio.
—Estás bebido Evaristo; eso es lo que me preocupa—dijo ella, mientras servía la cena.
—Estoy contento “vieja”. ¿Acaso a ti no te da gusto que esté trabajando y ganando dinero?
—Pero me prometiste que ibas a dejar de tomar ¿recuerdas?
—¡Ay, ya vas a empezar otra vez con lo mismo! Estoy trabajando vieja.
—¡Estás tomando! Y apenas acabas de comenzar…
—Ya, vieja, No se me ponga brava—dijo Evaristo, apenas audiblemente. Ya verá que todo sale bien —agregó, mientras se alejaba trastabillando, para caer pesadamente sobre su cama.

Las cosas no cambiaron mucho para Gertrudis, pues durante los tres años siguientes Evaristo siguió en las mismas andadas. En la cálida noche del 25 de Julio de 1729, el Cura dedicó la Parroquia con gran solemnidad. Después de la suntuosa ceremonia, todos los trabajadores decidieron celebrar hasta el amanecer. El estruendo causado al abrir la puerta de su casa, sobresaltó a Gertrudis. Se levantó malhumorada.
—¡Mira nomás cómo vienes!—le reclamó ella.
—¿Qué tiene de malo, “vieja”? ¡Ya terminamos la obra! Estoy contento. Ya se acabó todo.
—Ya se acabó… claro, pero tus borracheras nunca se terminan.

Pasaron dos años más desde la terminación de la obra, sin que hubiese habido gran diferencia de los tres anteriores. Gertrudis se sentía más decepcionada que nunca. Pensaba que el dinero que su esposo ganaba, estaba maldito. Por eso es que nunca rendía en sus manos y Evaristo parecía no terminar con la excesivamente prolongada juerga. El párroco por su parte, siempre trató de tranquilizarla asegurándole que lo de la leyenda de Marcos Mancilla, solo eran habladurías de la gente. El conocía al ilustre y dadivoso personaje, por lo que le aseguraba que aquello nada tenía que ver con el vicio de Evaristo. Aquella noche del 16 de marzo de 1731, cuando Evaristo regresó a su casa como de costumbre, casi arrastrando del brazo de Teodoro Mejía, su compañero de parrandas, lejos estaba de imaginar que las cosas cambiarían dramáticamente.
—¡No te da vergüenza!— lo recriminó ella por enésima vez.
—¿Así es como me recibes, con gritos? Respondió indignado.
—¡Ya estoy harta! ¿Me entiendes? ¡Harta!
—¡Qué pasó compadre! ¿A poco se deja que le grite la mujer?—dijo Teodoro en tono burlón.
—No. A mi no me grita nadie, y menos enfrente de la gente—masculló.
Evaristo se incorporó y dando tumbos se abalanzó sobre Gertrudis. Ella, sin poder meter las manos, se fue de espaldas contra la mesa y Evaristo encima de ella. Todo pasó en unos segundos ante la mirada incrédula de Teodoro.
—¿Pero, qué hizo compadre?
—No… no lo sé—respondió Evaristo aturdido, mientras se levantaba con dificultad.
—¿Gertrudis? ¡Vieja, levántate! No me hagas esas bromas… ¡Gertrudis, Gertrudis!
La borrachera se disipó enseguida. Ambos parecieron recuperar la cordura. Ya no había mucho por hacer, excepto esperar a que llegara el Cura. Teodoro se encargaría de avisarle, antes de desaparecer de la escena.

El 19 de marzo de 1731, Evaristo Olvera ingresó al convento que se había acondicionado como una prisión temporal para restaurarse después haber matado a su esposa Maria Gertrudis. Sobre el cadáver de ella, juró y perjuró que cambiaría su modo de vivir. A los tres días de estar en su celda del convento, pintó con un carbón una imagen de Jesús Nazareno en la portería. Luego que Agustín Peñaflor religioso del convento vio pintada la imagen, llamó al retraído Evaristo y le dijo que la borrara, lo que ejecutó en su presencia con un trapo mojado hasta no dejar raya alguna; lo cual presenció también Fraile. Miguel Mora, religioso también de ese convento. Por la tarde fue a la portería Agustín Peñaflor encontró la imagen más viva aún de lo que estaba anteriormente y en vista de esto, mandó que se borrase con una piedra de tezontle, hasta dejar la pared muy maltratada, por lo que mandó que se blanquease dos veces.
Al siguiente día, el religioso vio la imagen de Jesús más clara y más patente de lo que estaba.
En vista de lo que había acontecido hasta ese momento, hubo que dar aviso al señor Cura Don Antonio Rincón, para examinar más el portento y a los dos vicarios, Pbros. Estanislao León y Don Trinidad Espíndola, así mismo al Teniente de Partida Don Felipe Marda, quienes reunidos con el Señor Cura y los Religiosos del convento, determinaron que en su presencia picaran la pared, a cuyo efecto se trajeron dos albañiles que picaron y repellaron la pared como se les había indicado. Concluida dicha operación, se retiraron todos.

El señor cura dio la orden de que se vigilase la portería. A los días siguientes, ante la gran maravilla de todos, se halló al Señor Jesús más vivo y hermoso que antes; con las rayas más sobresalientes. Se dio parte al Señor Cura y éste a los miembros de la junta que él había convocado, los que reunidos otra vez, vieron aquél portento, y no quedando duda de que era voluntad de Dios que permaneciere en aquél lugar la imagen de su divino hijo. El Señor Cura Rincón mandó traer un pintor para que, sobre lo ya pintado, pintase la sagrada imagen con el mayor cuidado, pero éste se resistió por no creerse digno de poner sus manos sobre aquella imagen. El Señor Cura dispuso que el pintor hiciese acto de confesión con el Padre Estanislao León y que se reconciliase todos los días, mientras durase pintando la tan sagrada imagen. Posteriormente, el Señor Cura mandó al Canónigo don Pedro Dávalos y de la Cueva Bracamonte, persona ilustrada y de toda confianza para presenciar el portento y dio la orden de que se le hiciese una capilla y de que se celebrara misa, dando aviso a todos los contornos de este pueblo, hoy San Juan del Río, Querétaro*.

En cuanto a Evaristo Olvera, tal vez su pecado nunca le fue perdonado pero, sin duda alguna, su nombre se conocerá cada vez que los devotos lean esta historia.

© Copyright

* San Juan del Rio, Querétaro, México.

Texto agregado el 08-03-2005, y leído por 1980 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
10-03-2006 Me gustó mucho el cuento, aunque el personaje tiene una historia algo dramática el acontecimiento final es fabuloso. Este cuento está tan bien relatado que parece un hecho real. TE felicito me encantó. ***** fabiangs
15-03-2005 que bonita forma de relatar una leyenda. te felicito. KaLyA
08-03-2005 Que linda historia y que buena redaccion que haces!!! mis* greta
 
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