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Me planteo de frente al futuro, incivilizadamente, obstinadamente, verdaderamente planificada en los límites de mi rebeldía. “¿Qué es el tiempo a fin de cuentas?” me pregunto una y otra vez. Mis días: 9140 hoy, 9141 mañana, esa rigidez que me orienta e impide ver el mundo ovoide que me rodea. Siempre estoy viendo la flecha frente a mí; siempre está el principio y el fin. Todo había empezado en el día 6500, y no era raro abstraerme y observar externamente que la visión fuera maníaca. Planifiqué mis acciones en esas circunstancias, porque en el fondo todo estaba a mi merced. Yo era el nacimiento real.

Lo recuerdo con precisión. En el día 6480 habrían detectado mi futuro entre exámenes y canciones de Joaquín Sabina y escuchando “contigo” en el momento pick, enfrenté de cara mi realidad. Comencé la búsqueda de la forma exacta que canalizara mis esfuerzos máximos. Consideré cada una de mis aficiones, detallé con morbo senil las piezas claves de mi entretención, “siempre me gustó escribir” logré racionalizar. Recuerdo haber comenzado con simples palabras que fueron volcándose en frases cargadas de amor. “¿Qué hago con esto?”. Me dejé llevar por la irracionalidad y ese palpitar irreflexivo que gobierna las intuiciones.

Busqué en todos los sitios imaginados. Un laberinto se abría en mi mente confusa. Una hoja en blanco: esa era precisamente la salida. Cartas y cartas, letras que fluían poblando la soledad de una hoja digital. Perfectas palabras románticas que encontraron espacio definitivo en las redes.

Las manos temblorosas navegaban en la búsqueda. Direcciones de hombres precisos: mayores, solitarios, terminales. Aquí yace el secreto después del shuuu pertinente: misivas misteriosas, circunspectas, adorables y cándidas. Si somos imagen y semejanza de Dios, entonces también lo somos, entonces también tenemos el privilegio y el don.

Diariamente me ocupaba de alimentar el hambre moribunda. La muerte es lejana cuando habita la esperanza; la muerte se hace una carga débil a la fortaleza de las espaldas enamoradas. Cuatro eran los elegidos. Padre, hijo y espíritu santo en la matriz de la madre. “Son cuatro”, siempre lo pensé, la tríada es un mal invento humano.

Me sentía tan bien siendo todo lo contrario a lo que siempre me dijeron que sería. Los test de Rochard y tanto estúpido estudio psíquico estaban errados. Fui, soy y seré siempre verdaderamente un ángel. Qué saben los psiquiatras que se duermen en sus cómodos asientos afelpados, qué saben de trastornos si sus vidas están trastornadas de conocimientos cimentados en hombres, hombres que miran a un dios como distante, que rezan a íconos como si fueran almas gloriosas. Una persona santa no puede tener trastorno de personalidad cuando precisamente la raíz de todo radica en la impersonalidad. ¿Antisocial, disociativos, homicidas, lagunas, fugas?, etc., etc. Lanzo un Bah a las alturas.

Los médicos insisten en decir que perdí un niño, que mi vientre poblaba la vida de un ser y que brutalmente habría asesinado al progenitor. No se puede desconocer la fuerza del relato. Ellos insisten en crear el mito. “Así somos los santos” pienso mientras inclino las manos al cielo.


“Yo no quiero un amor civilizado…” suena en mis oídos robándole el sabor de esa gastada voz y de esas frases inconexas. Continúo en mi labor dibujando letras y escribiendo palabras cargadas de pasión y de ambigüedades a la hora de enfrentarse cara a cara. “Se cuenta el milagro, pero no el santo” se viene a mi cabeza. Ellos estaban viviendo quizás su último sueño. La muerte entraría en sus dominios paradójicamente existenciales, enfrentándoseles con rostro seducido. Mi convicción certera era estar haciendo lo correcto, no se trataba de redimir la condena médica, sino de vivir mi santidad.

Día 9300. Abro el correo. Leo. Vicente añora conocerme. Pablo arde de pasión revelándose en palabras obscenas. José apenas se convence de estar viviendo un idilio perfecto a su edad. Salvador me habla de vida y muerte, Don Salvador me expone, me explica y me revoluciona, me lanza un “quiero tener un hijo con usted”.

¿Puede perpetuarse un santo? ¿Puede mi sangre mezclarse para permanecer en la tierra?. Apago el computador como todos los días. Pero no es todos los días, es el 9300 que termina obsesivamente con “quiero tener un hijo con usted” que no se rompe, que no se corta como cordón umbilical.

Esa noche habría de tener una revelación. Una pesadilla muestra mi cuerpo mutado. Extrañamente soy un ataúd. Un cajón gris. Velan a alguien dentro de mí. Es mi hijo; el niño; mi perpetuidad. ¿Dónde estás? Le pregunto en silencio. Las imágenes se agolpan con gran rapidez: él me golpea con fuerza mientras suplico inclinada al cielo. El me está arrebatando mi rol, ya no soy dios ni santa. El cuchillo en mis manos y la sangre regada por todos lados. Ya no sé quien es quién. Estoy sola en este baile de espíritus.

Despierto llorando, seco mis lágrimas y me siento a escribir una respuesta a Salvador que me provoca nuevos lamentos. Esta vez no la envío, esta vez imprimo la misiva y la dejo frente al velador. Escucho la canción que en el estribillo dice “…lo que yo quiero, corazón cobarde, es que mueras por mí… Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres porque el amor cuando no muere mata porque amores que matan nunca mueren…” Y observo con la misma similitud que en mi sueño cómo escurre la sangre por el suelo. Todo es tan pasivo, todo es tan perfecto. Los brazos chorrean y empapan la cama, pero nada importa esta vez. 9301 al comienzo; 9301 final. Los ojos se cierran en mi mundo. Hoy el universo es un sitio mejor que ayer.

Texto agregado el 01-03-2005, y leído por 550 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
12-01-2006 Narración -reflexión, escrita con puño y cabeza, porque está francamente bien elaborada. una vez más se debate el problema del existencialismo y del amor y de la muerte; todo ello defila ante nuestros ojos narrado de una forma casi periodística pero entretenida. Yo no escucho la sabia voz de Joaquín Sabina pero cualquier buena melodía encaja y entra en sintonía con tu precioso Universo. Un saludo plagado de constelaciones. josef
08-07-2005 me gusto mucho felicitaciones Cabezon
05-07-2005 He disfrutado tanto de la re-lectura... valió la canció buena tormenta! esteban_faulkner
27-06-2005 Un cuento con atributos reflexivos. El desarrollo, nos hace pensar en las cotidianidad de la vida, en aspectos existencialkistas, sumergiendose en ideas y metáforas , aqbstractas? profundas?... habrá que darle una segunda lectura... un abrazo y un beso caro ruben sendero
04-05-2005 Vaya, estoy de suerte. Tantos días sin que la página funcione y hoy me encuentro con un texto como este. Magnífico! Me encanta oir a Sabina entre las espléndidas líneas de tu narración. entrelineas
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