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EL DAMASCO DE LAS “TRES FLORES”

Días pasados recibí una llamada de mi prima Chona (a ella no le gusta que la llamen Chona), pero más de sesenta años llamándola de esa forma, hacen que me sea muy difícil llamarla Angélica.

Claro, el Chona no es feo, no tiene significado, pero en ella, el Chona es un diminutivo de Pichona, que tampoco tendría nada de feo si no fuese que es un anagrama de Pinocha, ¡y ese sí que es feo!, pero, mi difunta tía Charo no tenía mejor costumbre que ponerles mote a todos los integrantes de la familia y afines... No sé cómo me salvé yo, porque decía mamá que cuando vio mi cara bonachona y mis manos grandotas de recién nacida dijo: Aquí está el futuro de la nena: “Fonda “El buen trato”, hoy: tallarines amasados por su dueña. Hubo a quien apodó “el ternero” y a mi primo, por flaco, lo llamó ”Piolín”. ¡Esta tía!.

Dicen que cuando vio a Chona, que hoy es una interesante pelirroja, pero de chiquita era medio narigona, dijo: – Es igualita a Pinocho – y de ahí le quedó Pinocha que gracias a ella, sus efugios y vaya a saber qué otros ardides, se transformó con los años en Chona.

Bueno, pero no quiero irme del tema. Como decía, me llamó Chona o Angélica y tremendamente apesadumbrada me dijo: - Tiraron abajo el damasco de la quinta - y me leyó un poema muy bello que le había escrito.

Yo, me puse muy mal también, y al cortar la comunicación, comencé a recordar con nostalgia al damasco.

Me propuse escribir sobre él y todo lo que representó en nuestra niñez y nuestra adolescencia, pero no hay forma, no se puede recordar al damasco si antes no se lo ubica témporo-espacialmente dentro de mi niñez y de las Tres Flores y no podría hablar de las Tres Flores, sin nombrar a tío Enrique y al fundador de las Tres Flores: Diego Newton.




A Diego es poco lo que lo recuerdo, porque falleció siendo yo aún muy pequeña, pero luego, por los relatos y sobre todo por haber hurgueteado en su pasado escuchando historias, leyendo sus cartas, sus diarios, revisando sus pertenencias, fui conociéndolo, al menos en parte.

Fundó las Tres Flores, allá por el ochocientos y pico, cuando había que viajar en diligencia, los transportes se hacían en carretas y aún se divisaba algún indio.

Era un misántropo, no sé si siempre lo habrá sido, pero en los últimos años sin duda lo fue.

Vivía en un rancho, un rancho fuerte, sólido, un verdadero rancho, de paredes de adobe y techo de paja, con muchas habitaciones, tan fuerte que hoy, más de cien años después, aún se mantiene en pie, perfectamente habitable.

Lo rodeaban más de ciento y pico de gatos (los no muy íntimos) y los íntimos, alrededor de doce o trece, comían a la mesa con él.

Al caer de la tarde, se dirigía a la despensa con paso cansino, enfundado en sus impecables botas. Arriaba la vaca que colocaban los peones en un gran gancho, luego de carnear, y comenzaba a tocar una campana.

Al escuchar el sonido, comenzaban a aparecer de los árboles, de los techos, del campo, de los lugares más lejanos, decenas y decenas de gatos a los que él iba alimentando hablándoles y preguntándoles por sus familias gatunas. Luego, volvía a tapar la res con un lienzo y la izaba. Así todos los días.



Junto al rancho había una inmensa montaña de ladrillos, me contaron que los compró para construir la casa después de proponerle casamiento, cuando joven , a la hija de un rico hacendado vecino. Como ella se negó y se casó con el abogado de su padre, ahí quedaron los ladrillos y nadie se atrevió a moverlos jamás, durante decenios.

Las Tres Flores era casi un pueblo, con herrería, mangas, corrales, un gran galpón, cocina y habitaciones para los peones y una inmensa quinta de tres o cuatro hectáreas que tenía una variedad inmensa de plantas y de árboles y un quintero que también era todo un personaje. Era un italiano cerrado, medio bizco, hosco y de muy pocas palabras que se llamaba Divino.

Tola la quinta estaba recorrida por canaletas hechas con ladrillos en el borde y en el fondo, miles y miles de ladrillos que recorrían zona por zona, árbol por árbol.

Al atardecer, Divino abría la compuerta del tanque australiano y el agua comenzaba a recorrer las canaletas hasta los puntos más alejados de la quinta.

Toda ella era un paraíso, un lugar encantado para la imaginación de nosotros los chicos. Nos podíamos esconder detrás de los inmensos árboles, inventar juegos, guarecernos debajo de las anacahuitas o las guayabas sin mojarnos, cuando llovía, comer duraznos, higos o subirnos encima del damasco, que ya era grande, cuando yo era muy chica.


En el estudio de Diego, al fallecer, encontramos pilas altísimas de cartas ordenadamente dispuestas, atadas por año. Cada sobre tenía en el ángulo superior derecho tres letras manuscritas: E, R, C (escrita, recibida, contestada).

Se apilaban calzoncillos, o medias o camisetas dentro de su caja, de Gath y Chávez sin abrir, por decenas. Cajas y cajas de preservativos, también apiladas, que con el tiempo fueron el jolgorio de Chona y míos, inflándolos y echándolos a volar.

Montañas de revistas Mundo Argentino, Fray Mocho y Caras y Caretas, también por fechas, sumadas a todos los ejemplares de La Nación, desde su fundación por Bartolomé Mitre.

El espacioso despacho quedaba pequeñísimo por el atiborramiento de tantas y tantas colecciones. Recuerdo también una mandolina, la infaltable guitarra y cientos de libros repujados en cuero y páginas doradas, de fines del mil ochocientos.

Recuerdo uno: “Diseases in women” de mil ochocientos treinta y ocho, que lo presté y jamás lo recuperé.

Cuánto lamento, al recordar tantas cosas bellas, no haber tenido el suficiente raciocinio, debido a mi corta edad, para poder acumular tantas reliquias. Lo mismo le sucede a Chona.


Diego era muy culto, había estudiado en Inglaterra de niño y luego en el “Buenos Aires High School”.



Cuando se moría una vaca a lo largo de las casi tres mil hectáreas de las Tres Flores, ahí quedaba sin cuerear. Según él, la vaca tenía que quedar como había vivido, entera.

Era todo un personaje, tan solitario que un día cualquiera subió al tren y viajó a Buenos Aires y ahí murió, sin que le hubiese avisado a nadie de su enfermedad, que era terminal.






Tío Enrique era el hermano menor de Diego, y también otro personaje, pero la antitesis de su hermano: comunicativo, con una inocencia, una humildad y una bonhomía que jamás he encontrado a través de los años. Nada podía contársele triste o emotivo sin ver rodar las lágrimas por su mejilla.

Había sido muy rico allá por principios de siglo, tenía una estancia en Conchillas, Uruguay, llamada Vasta Vista.

En sus primeros años fue el prototipo del dandy, estanciero, concurrente asiduo de los grandes salones de la sociedad uruguaya y rodeado de mujeres.

Vivía con su madre, el arquetipo de “la madraza” dominante y matriarca, que administraba la estancia con mano de hierro. Pero era tan grande su estancia, que en un potrero lejano, él le había construido un chalet a su amante asturiana. La visitaba a diario, todos los peones lo sabían, pero la madre no se enteraba (o si se enteró nunca él lo supo).



Hete aquí que la amante asturiana (personaje cuya vida da para escribir un libro, al que algún día me abocaré) era prima hermana, aunque veinte años mayor, de mamá, y por supuesto del resto de las hermanas, entre ellas mi tía Chepa, madre de Chona y de “Piolín”.

Como mis abuelos eran tan pobres y tenían cinco hijos, ella se hizo cargo de las dos mayores a las que convirtió en “señoritas de sociedad”, mientras mamá vendía rifas en el obelisco, criaba a los hermanos más chicos y cuidaba de mi abuelo.

Al fallecer su madre, mi tío Enrique se casó con su asturiana, mi tía Imelda, y la estancia se convirtió en centro de reunión de la elite uruguaya, embajadores, ministros, estancieros. Tenían también apartamento en Montevideo y todos los lujos.

La madre de Chona crecía en ese derroche, pero al mismo tiempo, por momentos, la transformaban en mucama o aguantaba a diario los exabruptos de mi tía Imelda. Dicen que a mi tío Enrique, se la pidieron en matrimonio casi todos los sobrinos y vecinos de la zona, era realmente bellísima. Ella, odiaba a mi tío, veintiún años mayor y decía a cada rato: - ¿Qué se cree este inglés de mierda?...

Mi tío Enrique era cabañero, ganador de varios grandes premios en las exposiciones, con sus toros y vacas shorton.





Comenzó la época de recesión, allá por el treinta, aunada a sequías, muertes de sementales que venían de Inglaterra, gastos desmesurados que Imelda hacía para refaccionar, ampliar, recibir, etc. en Vasta Vista.

Se pidieron varias hipotecas a Mister Evans (un benefactor de Conchillas, así figura en la historia de esa ciudad, donde una calle lleva su nombre) pero el “benefactor” poco a poco se fue quedando con todo.

Ya, para esa época, mi tía Imelda se quedaba por largos períodos en Montevideo. Ahí mi tío Enrique descubrió que tenía amoríos con un alemán al que su archimillonaria madre hamburguesa, le había puesto una estampilla en el trasero por borrachín y mujeriego y lo había mandado a América (pero no juzguen mal a mi tío Heine, algún día contaré su historia y verán que era también un gran tipo, cultísimo y bellísimo, aún borracho como una cuba).

Sobrevino el divorcio, mi tía Imelda con lo que le había sacado a mi tío Enrique y a los anteriores amantes sobrevivió, y pudo mantener durante la guerra al alemán.

Mi tío Enrique quedó en la ruina, con unas pocas ovejas y viviendo en unos ranchos en Florida, que le había prestado un ex peón que lo amaba.

Todos amaban a mi tío Enrique, era un ser excepcional que tanto se vestía de smoking o viajaba especialmente a Buenos Aires para confeccionarse los breeches y las botas, o se sentaba en la cocina con piso de tierra de los peones sobre una cabeza de vaca, a tomar mate o tocar la guitarra.

¿Quién se quedó junto a él en esa época de malaria?, justamente mi tía Chepa, la que tanto se había quejado “del inglés de mierda”.

Ella fue su apoyo, su confidente y su compañía en tanta soledad y tanta pobreza.

Ahí, en esa época, llegaron dos cosas importantes a Florida: Mi primo “Piolín” y una carta de Diego en que le ofrecía un puesto de... no sé... mayordomo, capataz o lo que fuese, en las Tres Flores.

Y allí dejaron lo poco que tenían, y prácticamente, con una mano atrás y una mano adelante, con Piolín chiquito, llegaron a Buenos Aires y se dirigieron a esa estancia perdida en la provincia, rodeada de médanos, con caminos intransitables, a cuatro leguas del pueblo más cercano.



Apenas llegados nació Chona y aquí estoy llegando a la punta de la madeja.

Tío Enrique pasó muchas penurias en las Tres Flores, por la hosquedad de su hermano, por la misantropía de éste. Él, que había tenido todo, se redujo a dos piecitas, sin baño, sin agua, sin luz, con una gallinas, una yegua y dos perros, más dos hijos y una esposa para alimentar, pero jamás lo oí quejarse, jamás lamentarse. Recordaba, y yo no me cansaba de escucharlo, anécdotas de su vida de esplendores, en forma jocosa y no nostálgica. Hablaba de los “timbales de seso” y los “lomitos a la villerruà” del Hotel Lanata de Montevideo, pero comía sin ningún problema un plato de sopa de dedalitos, si lo había, o un tazón “con sopitas” de café con leche y galleta, muchas veces de más de un mes.




Y a estas alturas, ya aparezco yo en escena.

Mamá vivía juntándose y desjuntándose de papá periódicamente, así que desde que aún no caminaba, tomábamos ese terrible tren carreta que empleaba doce o trece horas en llegar (cuando no se rompía en el camino) y nos aparecíamos en las Tres Flores, a la que llegábamos después de bajarnos en la solitaria estación de Álamos y montarnos en el Ford T del Jefe, que nos acercaba esas, más o menos, veinte cuadras.

Muchas veces mamá no iba, pero trataba de alejarme a mí del infierno, así que cuando fui algo más grandecita, tres o cuatro años, me pasaba por la ventanilla del tren (porque siempre, no sé por qué, llegábamos tarde a todos los trenes). Me agarraba en brazos el comisionista “Moscardi” y me llevaba con él y con los paquetes que la gente de los pueblos le encargaba de la Capital: vestidos, telas, lana, zapatos, hasta las alianzas, comprados por catálogo.

Me divertía mucho en esos viajes, charlaba, caminaba por los pasillos, sesteaba, comía y al llegar, otra vez me sacaban por la ventanilla y el tío Enrique me recibía. Me subía en el sulky, y yo era muy feliz.

Pasaba meses junto a Chona, siempre fuimos como hermanas.

Cuando empezó mi época de colegio, ahí estaba la orden de mamá “aprobar todo” “terminar todo bien”, el treinta de noviembre ya salíamos para las Tres Flores y recién volvíamos hacia abril (siempre, cuando ya las clases habían comenzado). En mi inconsciencia infantil, nunca me pregunté cómo hacía tío Enrique para darnos de comer también a nosotras y es más, para darnos los gustos. Él siempre tenía los brazos abiertos para recibir a todo el que quería llegar a visitarlo, o quedarse a pasar unos días.

¡Qué feliz era en las Tres Flores!, jugábamos a rabiar, vivía subida a los árboles y por supuesto al damasco. Nos escondíamos en las mangas, recogíamos los huevos que las gallinas ponían por cualquier parte, y si no estábamos atentas, de tanto en tanto se escuchaba el cloc, cloc, cloc y aparecía una colorada o una bataraza seguida por un montón de pollitos.

Cómo recuerdo esos carnavales en el club de chapas, donde todos se disfrazaban tapándose sus caras con máscaras y fingían las voces y una se desvivía por adivinar de quién se trataba. Nosotras nos disfrazábamos de alsacianas, de patinadoras, de bailarinas rusas ¿dónde quedaba Alsacia?, lo ignorábamos, pero mamá copiaba minuciosamente los figurines de las casas de disfraces.

Por las tardes íbamos a la laguna o correteaba por todas partes, andaba a caballo sobre “la petiza”, o me subía al damasco. Con el paso del tiempo, “me empachaba” de damascos junto con novelitas de Corín Tellado, sentada en las ramas más altas, o comenzaba a intentar mis primeros versos.

Por las noches, la tía prendía el “sol de noche” y alrededor de él nos sentábamos todos. Mamá cosía, tío Enrique hacía su diario donde todo constaba “parió Filomena un ternerito rosillo”, “esquilé las ovejas”, “llovieron cincuenta milímetros”, ”fui al pueblo”, “llegaron Beba y la nena” (mamá y yo).

Nadie le podía discutir nada pasado tiempo atrás. Él se calzaba sus anteojos, abría su diario y ahí estaba todo: Nuestros sarampiones, los precios de los terneros, las pariciones, la lluvia, el maíz, las cuentas y las visitas.

Después de escribir buscaba su guitarra y se ponía a tocar hermosos valsecitos o rancheras o alguna jota, mientras la tía daba pasitos de baile, a la par que amasaba sus riquísimas tortas fritas, o esos panes inolvidables que nadie, ni mamá, pudieron imitar jamás.

Chona bordaba o tejía, con esas manos privilegiadas que Dios le dio, que transformaban su tarea en verdaderas obras de arte, mientras yo trataba de aprender, bastante torpemente, o dibujaba, que ése era mi fuerte.





Con los años, esos años bien largos que los abogados dejaban transcurrir para hacer las sucesiones (sobre todo si en éstas había bastante dinero de por medio), se terminó la de Diego; se hizo el remate de la estancia, que llevó interminables días, debido a la cantidad de cosas que había por todas partes (ahí fue donde desapareció la mayoría del material valioso que Diego guardaba celosamente en su estudio) y tío Enrique, con la ayuda de gente que lo quería, pudo comprar el casco de las Tres Flores.

Ya las hectáreas se habían dividido por diez, pero yo no lo notaba, porque quedaron las mangas, la herrería, los galpones, las casas, la quinta y dentro de ella ¡el damasco!.

Fue tanto lo que amé a esa estancia que un día, después de una intensa lluvia, le escribí un poema y al leérselo a tío Enrique, lo hice llorar.


El firmamento ha cesado su lagrimear melodioso
y sobre el césped oloroso bailotean los diamantes.
Los perros, que hasta hace instantes dormitaban en sus cuchas
chapucean bajo la ducha que confecciona el alero.
Se escuchan los teru-teru, que al ver que el sol ha salido
van escondiendo sus nidos con su cantar mentiroso
y algún cuzco revoltoso busca el hueso que tal vez
le robó de entre los pies a un galgo negro dormido.
Las ranas croan y saltan y los sauces con sus ramas
dibujan en la mañana mil figuras misteriosas.
La lluvia entreabrió una rosa y la brisa en su vaivén
aromando por doquier lleva su fresca fragancia.
Todo el verdor de la estancia parece que tintineara,
como si el trébol cantara o entonaran mil romanzas
al rozarse con sus lanzas las amarillas flechillas.
Las gallinas que en cuclillas protegían sus pollitos
van dejando despacito su refugio bajo un tala.
Por allí un cordero bala, un tordo llama a su hembra
y en el potrero la haciendo nos hace oír su contento,
mientras del sur llega el viento que barre las nubes lerdas
y encrencha las negras cerdas de dos potrillos oscuros.
El aire penetra puro oliendo a trigo dorado,
a verde alfalfar mojado y a cedros, pinos, retamas.
Se va yendo la mañana y el campo eleva con gozo
un aleluya glorioso al sol, el viento y la lluvia,
mientras ríen malva rubias, mientras cantan los jilgueros
y mientras un hábil hornero, pone fin a su amplio hall.


Cuando años después lo publiqué, lo hice con esta dedicatoria:


LLUVIA EN EL CAMPO

(Este poema, es un homenaje a mi querido tío Enrique Newton Moreau y a su estancia "Las tres flores", donde viví momentos felicísimos de mi infancia y de mi adolescencia. Donde quiera que él esté, estará muy contento de que haya publicado este escrito que era su preferido)








Con el tiempo, Chona y yo nos casamos, tuvimos nuestros hijos y lentamente el pasado fue muriendo, como murió tío Enrique hace cuarenta años, tía Chepa y mamá. Chona se mudó al pueblo porque los chicos crecían y las demandas actuales no son las mismas de hace sesenta años, pero las Tres Flores quedó.

Se la siguió trabajando, aunque con otras técnicas y otras expectativas. La quinta en lo pequeño, fue desapareciendo, pero los grandes árboles sobrevivieron y entre ellos, el damasco.

Días pasados, Chona fue hasta allí, caminó por la vieja quinta. De repente se encontró con un eucalipto cortado y debajo de él, emergían algunas ramas del damasco. Desesperada le preguntó a su hijo...

Y... sí, al cortar el eucalipto no vieron que cayó sobre el damasco y en vez de tratar de salvarlo, lo sacaron de raíz.

- ¡Pero mamá! – le respondió al ver su torrente de lágrimas – ¡Era sólo un árbol viejo!, te prometo que te planto otro, y listo -.




Y aquí regreso a la llamada telefónica de Chona : – ¡Tiraron el damasco de la quinta! – y me retumban en los oídos las palabras de mi sobrino : – ¡Era sólo un árbol viejo!.

¿Sólo un árbol?... Él se llevó en su ramas su pasado, antes de que lo conociéramos, nuestra niñez, nuestras novelas, nuestros poemas, los preservativos de Diego volando por el aire, los valsecitos de tío Enrique, el olor de lo panes de tía Chepa, los relinchos de la petiza, los enojos de tía Chepa cuando nos decía con los brazos en jarra: - Huevos, ja, ¿qué clase de huevos fueron a buscar ustedes? - porque le decíamos que íbamos a buscar huevos a la quinta, mientras nos poníamos a charlar con los muchachos a través del alambre del fondo, o los gritos de mamá, buscándome cuando no me veía allá en las ramas más altas.


¡Es cierto!, ¡era tan sólo un árbol viejo!, como nosotras, y como nosotras... ¡sólo tenía recuerdos viejos!.




Texto agregado el 30-01-2005, y leído por 388 visitantes. (0 votos)


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