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Uno




Un majestuoso sol de diciembre se imponía en el irrevocable último día de la primavera del sesenta y tres. Aunque no eran ya esas luces matinales que van acompañadas del canto de los gorriones o de la frescura de una brisa de verano que invita a pensar en caminatas a orillas del mar. Hablo de esas, que sumadas a los ajetreos de las fiestas de fin de año, impregnan camisas, bloquean ideas y convierten el mundo en un espacio no apto para asumir responsabilidades académicas con optimismo, resplandores que prevalecían la barrera de los treinta grados y que fermentaban las paredes del colegio San Baltasar.
De esa manera lograba el padre Bartolomé Amavisca, español de origen y décimo tercer rector del establecimiento, entender que el insufrible cansancio concebido por el tan estrecho margen con las vacaciones de verano, generaba tanto en los alumnos como en los docentes y trabajadores, una ansiedad colectiva imposible de fiscalizar. Parado frente a la privilegiada visión del ventanal de su oficina, y luego de achicharrar el tercer Opera del día, buscaba con una inquietud subrayada en el brillo de sus ojos la inspiración que le permitiese realizar un balance del rendimiento escolar y de otros asuntos administrativos y extraprogramáticos. Roubillard no dejaba de asombrar en los torneos de ajedrez, la niña Garcés era un seguro puntaje nacional en aritmética y era tiempo además de subirle el sueldo a doña Marta.
El año había sido bueno, superior en estadísticas a los últimos tres, aunque no mejor que los concretados por su antecesor, el padre Isaías Berhoff, destacado sacerdote al servicio de Dios y de la enseñanza, además de excelente persona y gran intelectual que el obispado destituyó por su amistad con el renombrado Luis Corvalán.
A pesar de los alentadores resultados de su trabajo, y ahora que en un par de semanas el recinto quedaría casi vacío, no podía el padre Bartolomé contener el desfile de inquietudes que se le manifestaba al recordar las remodelaciones exigidas por la intendencia para la continuidad del colegio, y que él, en su condición de principal representante, asumió como un compromiso que a la larga tenía su alma sembrada de inmarcesibles malezas de angustia. Los devastadores temporales habían desmantelado los techos de los antiguos pabellones y el corroído sistema de alcantarillado no fue capaz de resistir la humedad, dejando durante más de un semestre los baños inhabilitados y los pasillos oliendo a mierda.
Pensó en el centro de apoderados, luego en el alcalde, incluso en el señor intendente, pero ninguno, a pesar de tratarse de problemas concerniente a la educación de los niños y de autoridades que se supone estaban para solucionarlos, constituía algo que no trajese consigo la posibilidad de generar más reacciones perjudiciales para la ya cuestionada labor sacerdotal. Barajaba en su mente la tentadora posibilidad de resignarse a perder la batalla, cuando desde los confines del patio, un estridente tumulto de voces magnetizadas por un fervor indomable desvaneció el silencio que caracterizaba al lugar desde los tiempos de su fundación.
Giró y enfocó las retinas en el reloj de péndulo que estaba encima de una repisa repleta de libros y telarañas. No era la hora de recreo, que por lo demás nunca engendraban esa clase de algarabía. La principal exclusividad del Colegio San Baltasar, según él, era suministrar a los alumnos un entorno apto para el estudio y sobre todo para la meditación, por lo que sin pensarlo demasiado, dio por suspendida la posibilidad de escuchar el noticiero de radio Minería, resolviendo, que sin importar las raíces del escándalo, las sanciones serían ejemplificadoras.
Presionó la tecla del intercomunicador, contando los segundos con un leve toquecito de uña en la superficie del escritorio y tosiendo hasta desprenderse de la flema de su garganta. Cuando la cuenta de toquecitos llegó a veinticinco, y luego de la emisión de un sonido que todo el tiempo le destemplaba los dientes, brotó de los parlantes la distorsionada voz de una mujer.
- Dígame, Padre...
- Marta. ¿Podría explicarme qué es lo que significa este bullicio?
- No sé. Quizás sea alguna celebración de fin de año, los niños...
- ¡Yo no he autorizado ninguna celebración de nada! – Interrumpió. – Esto es un colegio y no una casa de remoliendas. ¿Dónde están los inspectores, que no han impuesto orden?.
- Discúlpeme, padre, pero yo no manejo más información que usted. Si me da un poco de tiempo, podré averiguar más. – Respondió la asistente, exigiendo respeto a través de un resentido timbre de voz. Así lo interpretó el padre Bartolomé, pues sus siguientes palabras sonaron con la mitad de agresividad.
- Estaré aquí esperando vuestras novedades.

Más intrigado que molesto, devolvió sus pasos al ventanal. La disgregación estudiantil estaba casi a los pies de su oficina y en el alfombrado de cabezas distinguió a representantes de diferentes edades, cursos y jornadas, incluso algunos maestros, que olvidando la esencia de sus compromisos, se acoplaban a la marcha. Tuvo casi la certeza que la médula del asunto estaba en dos alumnos que discutían con el inspector Hermosilla, pero la escena eran tan confusa y el calor tan agobiante, que sin darse cuenta empezó a sentirse cautivo de la desesperación.
Viéndose amenazado por un posible movimiento en su contra, experimentó un anómalo estremecimiento que le hizo correr hasta el teléfono para ponerse en contacto con las autoridades, pero al cerrar sus ojos y respirar, vislumbró que lo más ilustrado era esperar que doña Marta trajese una explicación menos abstracta del momento. Tomó en sus manos un rosario de bolsillo y besó el extremo de la cruz, luego se apoyó en sus rodillas y se sumergió en un hermetismo espiritual que hizo desaparecer de su cabeza el descabezado griterío. Rememoró los años que su cuerpo le aprobaba actuar con mayor atrevimiento, cuando impartía esas polémicas clases de religión, que varios comentarios generaron en las más conservadoras divisiones de la comunidad eclesiástica. Velaba que los alumnos, más que obtener buenas calificaciones, desarrollaran la facultad de analizar. Le gustaba que investigasen, que escudriñaran libros y que cultivaran el hábito de presentar argumentos con bases bibliográficas. Para ponerlos a prueba, repartía guías de estudio saturadas de incoherencias y muchas veces firmó permisos que los excluía de ir a misa con tal que tuviesen más tiempo para estudiar. Nunca fue partidario de ofrecer sus clases con los métodos tradicionales, que por lo general traían consigo la mitad de una clase dormida y la otra mitad repartiéndose recaditos o caricaturas del profesor. Fue gracias a su característica perseverancia que se logró el ingreso de mujeres al establecimiento y que el tema de la sexualidad fuese asumido con altura de mira y orientación.


¿Cómo olvidar aquella vez que sorprendió al gordo Manríquez bosquejando su rostro?. Pobre muchacho, de haber visto con criterio la innumerable gama de colores que se exteriorizaron en su piel al ser atrapado con las manos en la masa, y esos ojos que miraban como si lo fuesen a enviar al paredón de fusilamiento.
- ¿Qué está usted dibujando, señor Manríquez?.
- Nada, padre, le juro que nada. – Dijo Manríquez escondiendo el retrato bajo el pupitre.
- ¿Más encima tiene el descaro de mentirme, señor Manríquez, y de jurar?
- Pero padre, entienda que... Lo que pasa es, este... Mire usted...
- Le daré dos oportunidades. – Irrumpió en son de competencia – Este es el reto: Mostrará a sus compañeros su obra de arte. Si ellos osan en reír, estará salvado de la anotación en su hoja de vida. Luego me mostrará el dibujo a mí. Si saca de mis labios una sonrisa, digamos que olvidaré la necesidad de mandaros a la rectoría.

Dejando en el pasado su cincelada gesticulación de terror y alzando por sobre su cabeza una amarillento papel, en el que podía distinguirse una ridiculizadora caricatura del padre Amavisca, Manríquez lanzó aquella pregunta, cuyo hilarante efecto hizo suyo el primer desafío más las tres cuartas partes del segundo. Fue tan jocosa la reacción de esos muchachos, que no pudo, a pesar de una no despreciable cuota de esfuerzo, contener esa carcajada que quedaría para siempre inscrita en el depósito de sus más gratos recuerdos. Al sonar la campana que anunciaba el fin de la clase, pidió al gordo que estampase al dibujo su autógrafo, además de unas palabras en forma de dedicatoria. Nunca fue capaz de asumir el peso de esa noticia que traía El Mercurio que hablaba del exitoso comerciante textil Alamiro Manríquez Zárate, que introdujo en su boca el cañón su revólver y se disparó tras saber que su esposa lo engañaba y que los hijos no eran de su procedencia.

Subconscientemente destinando el fruto de sus inquietudes a buscar en los laberintos de su memoria el paradero del dibujo de Manríquez, el padre Bartolomé empezaba a sentirse víctima de los devastadores efectos de un cansancio acumulado durante largos años que se imprimían en los mapas de su fisonomía. Sentado en las placenteras butacas de la investigación, dedicaba gran parte de su tiempo a observar a los jóvenes con sus modas y peinados. La música que sonaba en todas partes y esos bailes que empezaban a sepultar los buenos hábitos de su época. La popularidad de un tal Elvis Presley que enloquecía a las muchachas cantando música de negros, sin importar su impecable vestimenta de cowboy bien afeitado y esa “Nunca, nunca te diré”, que todo el mundo tarareaba como un himno a la estupidez. Igual que una estatua de cemento abandonada en un espeso océano de nostalgia se hubiese quedado, de no ser por los dos golpes en la puerta que anunciaban el regreso de doña Marta.
Ana Marta Etcheverry prestaba al colegio sus servicios de secretaria desde los diecinueve años. En un principio su labor no iba más allá de hacer papeleos, llenar fichas y servir tazas de café, pero sus acertadas gestiones la convirtieron en poco tiempo en un elemento indispensable que manejaba en la palma de su mano todos los ires y venires del establecimiento. Lo primero que hizo el padre Bartolomé al momento de asumir la rectoría, además de tomarla como su asistente, y sin recurrir al muchas veces inútil uso de las palabras, fue hacerla dueña de una autonomía suficiente como para tomar algunas decisiones sin la necesidad de recurrir a su consentimiento. Era extraño que suspendiese el uso del intercomunicador para conversarle algún asunto que de seguro traspasaba las fronteras de su criterio.
- Pase, Marta.
- Permiso, padre. – Dijo la mujer, con un semblante que denunciaba una ansiedad difícil de transportar.
- Y bien. ¿A qué se debe el alboroto?

Doña Marta quitó de su perfil aquellos lentes, cuyos gruesos cristales se asemejaban al fondo de una garrafa y que desde lejos la hacían verse como un vehículo motorizado. ¡Qué distinto era su rostro sin ese antifaz de vidrio! Siempre se ha asumido, gracias a esas novelitas de amor baratas, que una mujer con anteojos es una belleza en potencia escondida hasta que un galán acompañado de un sinnúmero de conjuros amorosos y de una delicadeza digna de subrayar en los diccionarios de la cursilería, se los arrebata produciendo casi por arte de magia una evolución estética que desencadena en los demás protagonistas un deseo globalizado de caer a sus pies y una incontrolable envidia en los que hasta ese momento fueron sus enemigos. En el particular caso de la secretaria del colegio San Baltasar, el efecto era exactamente el contrario.
- ¡Habla de una vez, mujer!, que tu silencio y la bulla de afuera me tienen los nervios de punta.
- Padre, ha ocurrido...
- ¡Vas a tener que hablar más fuerte!. – Gritó el rector acariciándose el bigote.
- Un alumno de secundaria año golpeó a otro hasta dejarlo inconsciente. – Dijo doña Marta, alzando la voz. – Sus compañeros lo traen para acá, aunque la mayoría quiere hacer justicia con sus propias manos. Los inspectores no han podido aplicar orden. Esto es un caos, padre. Tendrá que llamar a carabineros.
- Déjame ver si estoy entendiendo: ¿A quién traen para acá los alumnos, al agresor o al agredido?, además ¿cómo es posible tanta batahola por una pelea?, ¿que el agredido es el Papa?.
- No padre, es Vicente Ayala.

Tras la declamación de aquel nombre, los ojos de doña Marta libraron un par de lágrimas que se tiñeron con la azulada pintura de sus pestañas, se deslizaron a través del cauce de sus arrugas y desaparecieron en los espesos tejidos de su blusa. La voz se le quebró en la apertura de un llanto desconsolado y estuvo a un paso de salir corriendo sin un rumbo racional establecido.
- Discúlpeme Marta, pero me sorprende su actitud. Cuénteme, ¿qué tiene de especial ese alumno, para desencadenar todo esto, incluso en usted?.
- Padre, Vicentito es el nieto de Sonia Ayala, la anciana que realiza labores de aseo en las oficinas.
- ¿Y usted cree que eso lo hace ser especial?. Jamás hemos diferenciado a los jóvenes por su origen socio económico.
- Usted me va a perdonar, padre, pero este calor infernal no le permite recordar que este niño es diferente. Usted mismo le concedió una beca.
- Y usted empieza a agotar mi poca tolerancia, Marta. Dígame de una vez: ¿Cuál es esa diferencia con los demás alumnos de este colegio?.
- Padre, ¡Vicente Ayala es minusválido!

Bartolomé Amavisca advirtió que ese fenómeno, que según dicen no se presenta en más de dos o tres oportunidades en la vida de un ser humano, empezaba a declararse en el preciso momento que la voz de su asistente dejó de sonar. Su mente estaba en blanco. Sabía que la alianza de algunas variables como la inmadurez, desencadenaba en los niños y jóvenes, desalmadas conductas en la relación con sus semejantes, pero a pesar de sus casi cincuenta años al servicio de la educación, jamás supo de un acto de salvajismo de esa envergadura. Logró entonces familiarizarse con el nombre de Vicente Ayala, esforzada víctima de la deformación de su pierna izquierda, aunque poseedor de una personalidad encantadora y de una libreta de notas ejemplar.
Restituyó su mirada en el escritorio y vio a doña Marta coger el teléfono y discar las primeras cifras de un número establecido por la gravedad de la situación. Tras salir de la incertidumbre, sus palabras recuperaron la exclusiva fluidez de su naturaleza.
- ¿Qué hacéis ahora, Marta?
- Lo que corresponde. Convoco al consejo docente a una reunión de emergencia. Pensé en la posibilidad que fuese usted el encargado de ver el asunto, pero la verdad es que me dejé llevar por la rabia. Disculpe.
- Espera un segundo. ¿Dónde está el agresor y cómo se llama?.
- Creo habérselo dicho. Lo dejé junto a uno de sus compañeros esperando en la oficina. Su apellido en Pailahuén.
- ¿En este mismo edificio, Marta?. Usted sabe que no está permitido el ingreso de alumnos. Explíqueme, por favor. – Indagó el padre Bartolomé con la molestosa sensación de haber escuchado antes ese apellido, pero sin poder recordar cuándo ni dónde.
- Ya hemos albergado un crimen. No quiero, a pesar del dolor que esto me causa, ser partidaria de otro.
- ¿A qué se refiere?
- Si hubiese dejado al alumno esperando en el patio, los demás lo hubiesen linchado.
- Bien pensado, mujer. ¿Y cómo está el joven Ayala?
- No sé. Mandé al inspector Hermosilla a la enfermería a averiguar.
- ¡¿A ese bruto?!.
- Sí, padre, era el único funcionario disponible.
- Hermosilla...

Repitió en mente aquel apellido hasta despojarlo de su sentido lógico, luego sacó ceremoniosamente de la habanera un nuevo cigarrillo, mientras doña Marta interrumpía el andar de su ansiedad para fruncir el ceño y contabilizar las colillas del cenicero. Asumiendo la postura de una madre increpando a un hijo quinceañero, la indignada asistente dijo las siguientes palabras:
- Una, dos, tres cigarros, padre. No hay caso, usted insiste en ignorar las órdenes del doctor Casanegra. ¿No tiene nada que decirme?
- ¡Así es!. No convoques al consejo docente y haz pasar a Pailahuén. Yo mismo tomaré las riendas de esta calamidad.

Texto agregado el 17-07-2003, y leído por 422 visitantes. (0 votos)


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