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Inicio / Cuenteros Locales / mandragora__ / Geisha paseando con su danna en la noche de Kioto.

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**Pie frágil, geta
Anda el hanamachi.
**Noshigamitsu

***Florecen de mis
Manos blancas. Tú clara
***De huevo dará

**Mi estreno, la
Vida de candorosa
**Maiko, créame

**En el ritual
Desflórame, cortejo
**De mizuage,

*Cabellos negros
Ofuku, púas rojas
***Al erikae

**El iki, de mis
Cerezos agridulces
**Ricos labios

**Paralela soy
Yujo, noche, shiroto.
**La maga y tú

**Salmo, Ji de tu
Amor, danna de mis más
**Dulces castigos.

Watashi no hima no jikan wo osameru otoko.




Ser geisha: la esencia del iki

A la edad de 20 o 21 años la maiko se convierte en geisha a través de una ceremonia llamada erikae, (literalmente, "cambio de cuello") que consiste en cambiar el cuello rojo del quimono interior de la maiko al blanco de la geisha.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, la ceremonia que marcaba el paso de maiko a geisha, y la llegada a la edad adulta, se llamaba mizuage, o desfloración ritual. Era normal que todas las maikos, en algún momento de su aprendizaje, pasaran por esta experiencia, considerada traumática para muchas, pero necesaria y por lo tanto, normal. En 1958, sin embargo, se promulgaron leyes anti-prostitución que incluían, entre otras cosas, la prohibición de este tipo de prácticas.

El mizuage no era un proceso fácil y muchas veces tenía una duración de hasta 7 días. Se dice que, durante los primeros encuentros, el patrono utilizaba clara de huevo para lubricar la zona genital de la maiko e iba preparándola introduciéndole los dedos poco a poco, hasta que llegaba el día, marcado por el almanaque, en que, medio vestidos, el patrono completaba el mizuage.

Tradicionalmente, tras el mizuage, la maiko pasaba a llevar un peinado diferente, llamado ofuku e iniciaba la ceremonia del erikae, en la que cambiaba el color de su quimono interior y del cuello, pasando a llevar uno de color blanco en lugar del rojo que habían llevado hasta ese momento, que eran las señales que indicaban que la maiko había perdido su virginidad, lo que solía causarles cierta vergüenza.

Sin embargo, como todo lo que tiene que ver con el sexo y el secretismo, el tema del mizuage sigue siendo uno de los más espinosos del mundo de la flor y el sauce. A raíz de la publicación de Memorias de una geisha, de Arthur Golden, se ha hablado y mucho de esta polémica ceremonia. Mineko Iwasaki, la geisha de Gion-Kobu que inspiró la novela de Golden, se enojó muchísimo con el escritor al leer la traducción al japonés de dicha novela, sobre todo en lo referente a su mizuage, algo que la llevó a escribir su propia historia, titulada Vida de una geisha. La verdadera historia.

Otra geisha que se ha lanzado al mundo literario, Kiharu Nakamura, cuenta en su novela Vida de una geisha como consiguió evitar su mizuage al hablar sin parar con su patrono hasta que este se quedó profundamente dormido.

Finalmente, cabe destacar también la cruda descripción de la ceremonia que hace la geisha Sayo Masuda en su Autobiografía de una geisha, que resulta tremendamente realista e impactante para el lector occidental actual.

Las geishas son criaturas de la noche, que llegan a acostarse a las 3 o las 4 de la madrugada todos los días. Así pues, es normal que su día no empiece hasta bien entrada la mañana, aunque dentro del hanamachi tampoco se permita mucha holgazanería y descanso. Es curioso, sin embargo, caminar por las calles del hanamachi a primera hora de la mañana: el silencio y la tranquilidad reinan por todas partes.

En Japón las geishas siguen siendo la personificación del iki, un cierto tipo de elegancia y un estilo descarado pero elegante que tiene relación con una manera especial de ver la vida. En el iki, tanto las emociones humanas como los ideales estéticos están entretejidos. Tener iki no es realmente un arte que la geisha pueda aprender, sino que es algo que debe existir dentro de ella y que se perfecciona mediante el minarai, o el aprendizaje por observación.

A comienzos del siglo XIX el mayor logro al que podía aspirar una geisha era que dijeran de ella que tenía iki. En esos momentos las geishas eran la combinación perfecta de los estilos de dos tipos de mujeres totalmente diferentes: las yujo y las shiroto. Las primeras eran las cortesanas, o prostitutas, todo lo contrario del iki: sus extravagantes y desmañados quimonos y su rimbombante uso del lenguaje a menudo eran objeto de burla. Las shiroto, por otra parte, eran mujeres que trabajan en la casa, como amas de casa o sirvientas, y vestían de una forma mucho más humilde pero, por supuesto, no tenían mucho interés. El iki de una geisha era un delicado equilibrio entre estas dos categorías estéticas tan antagónicas y a menudo les llevaba horas y horas perfeccionar sus maneras de vestir, su forma de comportarse y sus habilidades artísticas para mantener este equilibrio.

Aunque el tiempo y los esfuerzos que las geishas ponían en conseguir el iki pueden sugerir lo contrario, el objetivo principal era y sigue siendo conseguir una elegancia sobria.
El erotismo, de hecho, tiene un papel importante en el iki.
El iki, también, es refinado e inocente, pero desde luego no es naif.
Dentro del hanamachi se dice que para tener iki una mujer tiene que haber probado, por ejemplo, los frutos del amor, tanto los amargos como los dulces, y por eso las muchachas jóvenes rara vez tienen iki. El iki, pues, se consigue con los años y la experiencia.

El patrono: el danna
Anteriormente hemos dicho que cuando una geisha celebraba su erikae si tenía danna, este se encargaba de todos los gastos de vestuario y peluquería. El danna normalmente era (o es, en los casos actuales) un hombre rico, conocido en el hanamachi y cliente regular de alguna casa de té del hanamachi.

Si decide aceptar el patronazgo, la geisha y su danna no pasan por ninguna ceremonia de celebración y no existe ningún papel que certifique dicho patronazgo, ya que lo más importante en los hanamachi es la confianza (según un dicho de los distritos de geishas, "si no se puede confiar en alguien sin firmar ningún papel, entonces no hay razón para firmarlo"). Así pues, una vez aceptado el acuerdo, el danna paga un "salario" mensual a la geisha que normalmente cubre los gastos de manutención y alquiler del piso al que la geisha se traslada. A veces, también le compra quimonos y obi o la invita a representaciones teatrales. Además, el danna reparte entre sus amigos y conocidos entradas para las actuaciones artísticas de la geisha. Sin embargo, si el danna la convoca para un banquete, este tendrá que pagar como cualquier cliente más, a pesar de la estrecha relación que los une.
El danna, que suele ser mucho mayor que la geisha, goza del privilegio de ser la prioridad número uno en el tiempo libre de la chica. Ella no podrá quedar con otro hombre fuera de las horas de trabajo y si alguien la invitara, tendría que consultarlo primero con su danna. Además, el danna es el hombre que escucha todas y cada una de las vivencias de una geisha, ya que si descubriera algún secreto, podría romper el patronazgo, que, recordemos, no consta de base legal. En ese caso, el danna tendría que pagar una cantidad llamada mazu, además del salario de los tres meses posteriores. En el caso de que sea la geisha la que quiera romper el patronazgo (hima wo morau, literalmente "recibir el tiempo libre"), el patrono no tendrá que pagar el mazu.

Actualmente, en una sociedad tan estresante y activa como la japonesa, muchos hombres no pueden permitirse el lujo de perder el tiempo hablando con las okāsan para convertirse en danna. Asimismo, los grandes cambios económicos y sociales han contribuido a que en la actualidad haya menos hombres lo bastante ricos como para convertirse en patronos de una geisha. Sí existen, sin embargo, lo que podríamos llamar "clubes de fans" de ciertas geishas, un grupo de clientes frecuentes que no pueden permitirse ser danna (por la regularidad del esfuerzo económico), pero sí pueden regalar a la chica caros adornos, obi nuevos, quimonos fantásticos, etc., no de forma regular, como haría un danna, sino cuando ellos quieren y pueden.

En la vida de la geisha no hay fecha de jubilación, así que mientras una geisha sea popular y tenga clientes regulares, puede seguir en activo, sin tener en cuenta su edad. Sin embargo, cualquier geisha puede abandonar la profesión en cualquier momento y por cualquier motivo: porque quiere abrir un establecimiento dentro o fuera del hanamachi, porque se quiere casar, porque siente que ya es mayor para ser geisha, etc.

Algunas abandonan la profesión a una edad temprana (25 o 26 años) para casarse y adoptar una nueva vida. Otras, por el contrario, dedican toda su vida al hanamachi, primero como geishas y después como okāsan. Sea como fuere, con cada celebración de hiki-iwai, el hanamachi pierde una geisha y se pregunta, con el paso de los años, si lograrán no desaparecer.




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Texto agregado el 20-01-2005, y leído por 1856 visitantes. (0 votos)


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