Y era esa postura fetal con que dormía sobre el desierto blanco de sus sábanas recién puestas, el último residuo de ella, de su abandono, de ese tonito casi comprensivo con que le dijo adiós, que tengas suerte, sabré entender.
Y era ese caminar bien dispuesto, casi libre, con que ella salía del departamento, como quien atraviesa el umbral de su celda, la primera extremidad de su nuevo ser.
El reposaba para siempre en su dolor.
Ella activaba sus cinco minutos de merecida gloria.
Unos años, muchos años después, volveríanse a encontrar, y sería en medio de una tormenta, con los zapatos embarrados y los inevitables surcos del tiempo, marcados a fuego en sus rostros, ahora inexistentes, anónimos, presos de una desagradable inercia gesticular.
- ¿vas apurada?
- algo, si quieres nos tomamos un café.
Al cruzar la avenida, bastante anegada, como de costumbre, fueron embestidos por un vehículo color verde esperanza.
Murieron, en su breve instante de temor, abrazados fuertemente.
Y era ese el reencuentro que siempre habían sospechado.
Absoluto, instantáneo, definitivo.
|