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«¿Por qué…?», se pregunta, «¿por qué…?». Es una pregunta que no se desenvuelve. No es por qué algo en especial. Es simplemente por qué. Por qué todo.

Se mira al espejo un instante más. Se pone la mano sobre un pecho. No la satisface. Se saca la polera y se baja el tirante del sostén. Piel con piel. «¿Por qué me dejo…?». Pero lo sabe muy bien. «Me dejo porque me gusta». Se aprieta el seno. Lanza un gemido ahogado. No es lo mismo.

«Por qué vuelve a pasar cada vez. Por qué me toca. Por qué me gusta que me toque. Él no me quiere. Me lo ha dicho tantas veces. Pero yo sí lo quiero. Yo sí quiero que él me toque como yo lo toco a él. ¡Y por qué! ¡Por qué me sigue el juego si no siente lo que yo!»

La luz mortecina del pasillo colándose por el marco de la puerta.

«¡Por qué no me puede querer! Si es tan dulce conmigo. Si en cada uno de sus besos hay más cariño que en cualquiera de mis gestos. ¡Y soy yo la que supuestamente lo quiero a él!»

El dedo que acaricia el vidrio.

«Es cuestión de tiempo. Cuánto se va demorar en encontrarse una mejor que yo. Una a la que sí quiera. Dejaremos de vernos. Dejaremos esa maldita complicidad. Él puede tocarme cada vez que quiera, pero yo no puedo dejar que me toque otro que no sea él. ¡Por qué la vida es tan injusta! ¡Por qué!»

El puño cerrado y la uña que se entierra en la piel.

«¿Seré una idiota? ¿Seré una pobre estúpida de la que cualquiera se aprovecha? Quizás él me toca y sabe que puede hacerlo cada vez que quiere. Y por eso no me ama. Porque no me respeta. Pero… sus besos. ¡Sus malditos besos! Porque con cada uno de ellos me deshago entera. ¡Por qué sabe encontrar el lugar perfecto, la intensidad perfecta! Aunque el diga que no me quiera, cada vez que nos vemos me siento tan llena de amor… pero qué ganaría con hacerme de rogar. Si él no me necesita como yo necesito sus caricias.»

El puño que afloja y los ojos vidriosos.

«Qué indignidad. Pero el amor todo lo puede, el amor todo lo salva. No hay amor indigno. Qué importa que se aproveche de mí. Quizá algún día se dé cuenta que me necesita tanto como yo lo necesito a él. Quizás se acostumbre a tocarme. Y me va a buscar. Y va a quererme. Ese día finalmente podremos estar juntos.»

La mano por la mejilla que se humedece al pasar sobre una lágrima.

«Ese día va a ser mío. ¡Juro que ese día va a ser mío!»

El orgullo, la sonrisa falsa y la lágrima. Frente al espejo: el llanto.

Texto agregado el 02-12-2004, y leído por 107 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
19-10-2006 gracias por el post, cuando pueda en Verdad leere uno de tus cuentos. para decir algo sin-sentido isidroga
02-12-2004 hay veces en que el espejo parece hablarte y uno solo escucha, buen cuento, interesante esas lineas entre parrafos, connotan lo que dicen, saludos, date una vuelta por los mios, en especial los ultimos. t-bonnes
 
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