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Inicio / Cuenteros Locales / Angeleusebio / JESUCRISTO SALVA A SU VIEJO

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Las cosas inevitablemente llegaron a ese punto. Nadie lo esperaba, aunque el desgaste –sobre todo físico– hacía temer que algo así sucediera. El hecho es que ese día estuvo en algunas peregrinaciones, hay quienes aseguran que anduvo comulgando en distintas misas, paseó por los jardines de la catedral de algún país latinoamericano, visitó los lugares que más disfruta (como todos los domingos) y por la tarde terminó mirando fútbol del bueno por televisión, de alguna liga argentina, uruguaya o brasileña. Puede ser que entre partido y partido haya gritado a algún árbitro, o festejado algún gol, o se haya excitado mucho con alguna jugada importante; lo cierto es que por la noche se descompensó totalmente, se descompuso en la sala y de inmediato fue internado en una unidad de cuidados intensivos de la mejor clínica cardióloga del sur de América. Nadie lo podía creer, pero Dios había sufrido un ataque al corazón y sobrevivía gracias a un respirador artificial y un cuerpo de veinte enfermeras y veintiséis médicos que no se separaban de su lado.
En cuestión de minutos la noticia ganó la calle: Dios tenía el corazón tan lleno de agujeritos que se negaba a seguir funcionando.
El primer día de la semana, desde hora temprana, la noticia recorrió el mundo y echó por tierra las creencias aún de los mas escépticos y nihilistas. Dios estaba en grave estado de salud, con una pierna en el féretro y la otra en un clínica cardiaca; ingresado en una sala que tenía tanto olor a flores que al cuerpo médico se le hacía imposible mantener el optimismo profesional.
Los hechos eran bien conocidos en todo el mundo: desde hacía varios años el tío no se cuidaba; su alimentación era muy mala, había engordado como 40 kilos de peso, algunos disgustos que había tenido con los suyos le habían envuelto en una profunda depresión y tomaba más vino de misa del que debía. Trasnochaba a diario mirando el canal de televisión del Vaticano o leyendo algunas parábolas –lo que más le gustaba leer–. En realidad nunca lo quiso asumir, en especial en los últimos años, pero él sabía que era Dios en ese aspecto, pero en lo otro, en el otro aspecto, seguía siendo un ser humano.
A las 9 de la mañana del lunes los fieles comenzaron a congregarse en la puerta de la clínica y en las iglesias, parroquias y capillas de todo el mundo, para orar por su vida. Los curas comenzaron a rezar misas –hasta seis veces al día– a templo lleno; los obispos, arzobispos y cardenales de todo el mundo organizaron cadenas de oración y aún los más agnósticos se arrodillaron con las manos frente a sus rostros, palmo a palmo, para pedir por la vida de Dios. “Queremos que siga vivo”, declaró el Papa en una conferencia de prensa celebrada en el Vaticano, y de inmediato se dirigió al balcón para celebrar una misa en nombre del moribundo; con miles de turistas que se agolparon en el lugar, abrazados a sus rosarios.
El parte oficial del estado de salud, en ese primer día, lo dio a conocer el cuerpo de veintiséis médicos que lo atendía, a las 9 de la noche; y en él se manifestaba que su estado era reservado, que su corazón sólo respondía en un 37 por ciento y que si le quitaban el respirador artificial, se moría.
El martes la cadena de oración sumó a millones de personas en todo el planeta; y miles de ellos lo hicieron frente a la clínica cardióloga donde además, habían pegado carteles y afiches rogando por su vida. Esa noche el parte médico fue peor que el del día anterior.
Al tercer día una idea surgió en un grupo de feligreses de un país africano, quienes se lo propusieron a un misionero italiano que, sin dudarlo, se comunicó telefónicamente con el Papa: “Santo Padre, Dios se nos muere, es necesario hablar con él... con su hijo. Es el único que puede salvarlo”. A partir de ese momento se organizó una nueva conferencia de prensa para hacer extensivo el pedido del Papa a Jesucristo, único hijo del enfermo, y pedirle que lo salve. Las pancartas comenzaron a aparecer entonces en todos los rincones de la tierra y escritas en todas las lenguas. La consigna estaba dirigida a su único hijo y pedía por su padre: “Jesucristo: ¡Salvá a tu viejo!”.
El cuarto día, a pesar de las distancias que habían existido en los últimos tiempos entre el celestial y el terreno, fuentes fidedignas y bien informadas de la clínica cardiaca aseguraron que un extraño hippie, barbado y de pelo largo, vestido con una túnica de tela de lienzo, ajada y sucia, y calzado en unas gastadas sandalias de cuero; se presentó al nosocomio, puso la mano sobre la frente del delicado enfermo y se fue.
Esa noche, con bocas sonrientes y ojos brillosos, el cuerpo médico entregó a la prensa un parte de salud que aseguraba una leve mejoría en el enfermo. El viernes por la mañana le quitaron el respirador y por la tarde abrió los ojos, aunque no mencionó palabra. El sábado, cerca del mediodía, Dios habló por primera vez con su médico: “Quiero irme a casa”.
Al séptimo día, después de seis de descanso, Dios y su vida eran la principal noticia en todo el mundo. Los periódicos de todos los rincones lo anunciaron con titulares a ocho columnas: “Jesucristo salvó a su padre”. La información era clara y concisa, y en su texto principal dejaba leer: “Diego Armando Maradona abandonó anoche la clínica cardióloga en la que se encontraba internado desde hacía siete días, para instalarse en la casa quinta de un amigo, en las afueras de la Capital Federal. Su estado de salud es bueno, pero deberá cuidarse”.

Texto agregado el 02-12-2004, y leído por 146 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
02-12-2004 Buenísimo No sé porque en una parte del relato me imaginé que hablabas del Diego. Es un texto muy dinámico y esta muy bien narrado. Felicitaciones nuevamente AnitaSol
 
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