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LOS TRES JUGADORES
Por fuenteseca

Por el camino a Cepita, bordeando los paisajes agrestes del cañón del Chicamocha, en medio de la noche, se desplazaba con sus mulas Camilo, un arriero bastante humilde quien divisó desde lejos una fogata que iluminaba parte del angosto sendero por el que transitaba.
A medida que se acercaba Camilo e iluminados por la llamarada, observó a tres personas que en silencio estaban sentadas en círculo.
Cuando solo faltaban algunos metros para llegar hasta ellos, gritó:
.- Buenas noches tengan ustedes...! y al unísono contestaron con una señal de sus cabezas
Camilo observó que jugaban naipes y que todos bebían de una bota de cuero, grandes tragos de algún licor.
Como ellos le impedían el paso, pues estaban justo en mitad del camino, esperó prudentemente a que terminaran el juego, para pedir permiso y poder continuar su camino.
Uno de ellos dijo de pronto.- Desea jugar?
Y Camilo contestó, No señor, voy deprisa para Cepita.
Yo no soy señor de nadie...! Contestó visiblemente enojado quien lo había invitado a jugar. Camilo vio sus ojos rojos como dos brazas de candela, que brillaron bajo su sombrero.
.- Tómese un trago! Dijo el segundo largándole la bota.
.- Muchas gracias, pero en realidad no bebo y llevo prisa por llegar a Cepitá y solo pido que me dejen pasar.
La fogata se avivó sin que nadie la tocara y el calor llegó hasta donde se encontraba Camilo, haciendo que las mulas retrocedieran unos pasos. A pesar de lo cerca que estaban los jugadores del fuego, ellos no se inmutaron con la llamarada y parecía no sentir el calor que llegaba hasta donde Camilo, retirado como estaba a una prudente distancia.
.- Si no juegas, ni bebes, acompáñanos un rato. Dijo el tercero. Ya vamos a terminar.
Camilo notó que las manos de ellos eran grandes, llenas de vellos, y con uñas relucientes y bien tratadas. El primero tenía barba y el cabello reluciente le llegaba hasta sus hombros. Todos usaban capa de color negro, forrada en el reverso de un rojo carmesí, anudada en su cuello en forma elegante.
Camilo los miraba jugar y mientras bebían, depositaban monedas doradas en una bolsa que estaba en el centro de ellos.
Un gran temor a los desconocidos, recorrió todo el cuerpo de Camilo y se puso frió como muerto a pesar de la proximidad de la fogata y su calor. Sin moverse los miraba jugar, mientras la bota pasaba de mano en mano una y otra vez y ellos bebían largos tragos sin parar, pese a lo cual la bota permanecía hinchada, al parecer llena de licor.
El que parecía ser el jefe dijo:
.- Atrévete a jugar, es el destino quien baraja las cartas, aunque seamos nosotros quienes apostamos. Un trago para que te animes a jugar, agregó.
.- Si ganas te puedes llevar la bolsa, tendrás todo lo que quieras y no volverás a trabajar. Dijo otro de los jugadores
En su mente, Camilo se preguntó. Y si no gano, que pierdo, no tengo nada para apostar.
Como si hubieran leído su pensamiento, uno de los jugadores dijo:
.- Perderlo todo es ganarlo todo, pues solo se posee eternamente aquello que se ha perdido!
Gracias, contestó de nuevo Camilo, cuidándose de decir señor, pues temía otra mirada como la anterior.
.- Por favor déjenme pasar, les suplicó.
Después de una pausa y sin moverse uno de ellos dijo:
.- Nosotros no nos movemos, este es nuestro sitio para jugar.
.- Su camino está por allá. Dijo el que parecía el mandamás y le indicó con su mano para otro lugar.
Camilo miró hacia donde le indicaban y efectivamente estaba lejos del camino, como a cincuenta pasos, en medio de un barzal.
.- Con permiso de ustedes me retiro, dijo Camilo y realizó una venia con la cabeza mientras caminaba hacia atrás.
.- Haz sido respetuoso y nosotros también nos retiramos. Dijo uno de ellos y al tiempo se pusieron los tres de pies.
Camilo no se sintió capas de mirarlos y con su cabeza agachada solo podía ver sus relucientes botas.
Mientras se marchaban el viento dejó de soplar, la hoguera sola se apagó y Camilo quedó completamente a oscuras y sin poder moverse por un buen rato de ese lugar.
Cuando recobró el ánimo y sus ojos se acostumbraron a la oscuridad de nuevo, pudo ver a las mulas, que estaban en el camino esperándolo, como si nunca se hubieran movido de ese lugar.
En ese momento, Camilo empezó a caminar lentamente, hacia donde estaban los animales, rogando para no volverse a encontrar con ninguno de los tres jugadores que vio en el camino a Cepita.



Texto agregado el 15-11-2004, y leído por 134 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
24-07-2005 Muy interesante el suspenso que supiste crear, aunque el final es un poco decepcionante. castillo
22-07-2005 bien dicho... interesante escrito, mis* denada
10-02-2005 Muy bien escrito! orlandoteran
 
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