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Cuando ingresé a la escuela en primero superior ”allá por el cuarenta y pico”, la conocí. De lejos, por supuesto, porque las chicas, no se mezclaban con las grandes. Pero la veía sí, casi siempre “metida en algún embrollo”.

Era una adolescente bonita, dicharachera, dinámica, graciosa, por aquel entonces cursaría cuarto o quinto año del magisterio. La llamaban Lita.

Un día, lo recuerdo como si fuese hoy, se hizo una representación en la escuela en la que la protagonista era una monja, y ahí la vi con el hábito, actuando.

Quizá esa representación se me hubiese pasado por alto, pero hubo “algo” que la dejó grabada en mi mente, fue la desesperación entre fingida y graciosa de Lita al pedir que le quitasen pronto el hábito “no fuese cosa que se contagiara”.

Un día cualquiera desapareció y apareció al poco tiempo vestida de novicia. La vi así un tiempo y luego volvió a desaparecer.

Claro, yo era muy chica, quizá las grandes se enteraban de algo, pero las de los años inferiores sólo podíamos observar y sacar nuestras propias conclusiones.

Cuando muchos años después entré a la secundaria, al promediar segundo año llegó al colegio una nueva profesora de geografía: la Hermana Gabriela. Empezaron los comentarios: - ¿No te acordás de ella?. ¡Es Lita!.

Así reconocí en la bella y dulce hermana Gabriela, a Lita Maine.

Ya estábamos en la edad del chismorreo, de modo que llegó a nuestros oídos la historia de su profesión como monja y fue la comidilla de pasillos y recreos por mucho tiempo, máxime por tratarse de una historia, para nosotras, tan romántica y tan triste.

Según lo que contaban más o menos novelado, la casa de Lita, en su adolescencia, era visitada por un joven muy amigo de ella, de su hermana y del resto de la familia; ella estaba enamorada de él, desde muy pequeña, pero un día cualquiera, él le declaró su amor a su hermana.

Ahí fue la época en que Lita entró al noviciado. Este joven, con el paso del tiempo y al añorarla, se dio cuenta que era a ella a quién amaba realmente y no a su hermana.

Fue al convento a buscarla y a decírselo, y ahí fue cuando Lita desapareció nuevamente de nuestra vista.

Loca de felicidad preparó su ajuar, ejerció de maestra en una escuela de su barrio y fue acercándose a pasos agigantados al día de su boda.

Llegó ese día y loca de amor esperaba junto con su familia la llegada de su amado para dirigirse a la celebración.

Él, nunca llegó, horas después vinieron a avisarle que el tren, se lo había llevado por delante, causándole graves heridas.

Día y noche permaneció Lita en el hospital a la cabecera de su cama, día y noche fue desangrándose por dentro, oró, rogó, amenazó, prometió, pero él no volvió de su coma y días después falleció.

Ella no lloró, no habló, se encerró dentro de un mudo hermetismo y a los pocos días retornó a su noviciado y luego profesó con el nombre de Hermana Gabriela, ahí fue cuando en el cincuenta y seis nosotras la reconocimos y fue nuestra profesora de Geografía.

Era una monja excepcional, muy buena docente, excelente compañera y amiga.

Estuvo cuatro años con nosotras, pero la desgracia continuaba persiguiéndola, un día en que estaba jugando con nosotras a la “pelota al cesto” se tiró hacia atrás para atrapar la bola, perdió pie, y dio con la cabeza contra el piso del gimnasio.

Simultáneamente vimos todas, desesperadas, que la toca comenzaba a humedecerse con un líquido amarillo pegajoso.

Cuando la ambulancia se la llevó, todas quedamos aleladas, mudas, observando el charco, de ese algo que no era sangre, y que nadie nos explicó qué era.

Al tiempo nos enteramos: el golpe le produjo pérdida de líquido encefálico.

Más de un año estuvo internada en el policlínico, luchando entre la vida y la muerte. Nosotras la visitábamos, pero jamás nos dejaron verla. Teníamos noticias de ella a través de las monjas; estaba grave, muy grave.

Cuando ya estábamos por egresar, nos enteramos que le daban un alta precaria y que la llevarían las monjas a reponerse al Uruguay.

Estuve con ella una tarde, antes de su partida pues vino a tomar el té a casa con su nueva superiora. No era ni sombra de la querida monja que yo conocía, delgada, demacrada, triste y débil.






Al egresar, por una causa u otra, me alejé del colegio por muchos años, como relaté en ”Decile que no venga”, de modo que fueron pocas o casi ninguna, las noticias que tuve de ella.

Muchos años después, allá por el setenta y dos, visité la Casa Madre de la congregación, en la provincia de Córdoba. Me conmovió maravillosamente el recuerdo de la que en ese momento era la hermana superiora y después de compartir unas horas encantadoras no pudimos evadir las viejas añoranzas y entre ellas, por supuesto, surgió Gabriela.

La superiora se mostró contrariada, pero luego, quiso confiar en alguien “de los viejos” su angustia presente.

Gabriela, durante años permaneció en Montevideo muy delicada de salud y eso insumía grandes gastos en la congregación, dado que su medicación era importada y muy cara. Debía recibirla de por vida.

Pero un año antes, en una salida circunstancial, conoció a un hombre.

Nadie sabía cómo, ni por qué, después de casi veinte años, su cabecita dañada se enloqueció de amor, abandonó todo, se marchó de un día para el otro y no se supo nada de ella por mucho tiempo.

Cuando yo llegué, hacía unos pocos días que se había comunicado con la superiora, desesperada, más enferma que nunca, él tipo la había abandonado, no tenía para los medicamentos y se estaba muriendo, abandonada, en una provincia del norte.

La superiora me comentó, como pidiendo mi aprobación, que olvidó los prejuicios que su vida de convento le había inculcado, olvidó los evidentes y seguros reproches y ¿por qué no? sanciones, que sus superiores le iban a aplicar, pero recordó a su vieja y querida alumna y le envió dinero, le envió los medicamentos y le dijo que volviese, que algo trataría de hacer.









No volví a Córdoba durante estos treinta años, al alejarme también de Buenos Aires y de todo lo que representaba mi escuela, nada supe del destino de todas las monjas, pensaba que siendo yo ya mayor, ellas lamentablemente, ya no estarían.



Cuando este año pasé por Villa María, quise visitar el Cementerio. Me detuve frente al panteón del convento y allí encontré un sinnúmero de nombres de monjas queridas: La hermana Cristina, la hermana Adriana, la hermana Inés, y allí en un costadito una placa, no muy visible: “sor Gabriela”, nueve de octubre de mil novecientos setenta y tres. Y ahí, sin consultar a nadie, supe que Lita había regresado al convento, justo a tiempo para morir.

La superiora y ella se llevaron su secreto a la tumba; yo no, quise recordar con cariño a una mujer tan perseguida por la desgracia y el dolor, que supo ser tan gran persona, tan compañera con sus alumnos y tan excelente docente: Lita Maine.

Texto agregado el 25-10-2004, y leído por 225 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
10-01-2005 Esto es lo que a veces no entiendo de esta página, tantas lecturas y ni una opinión. Quizás los textos largos no se lean. A lo mejor allí esta la cuestión. Te deje mis estrellas. Y vos sabés que si lei tu cuento. anouka
 
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