Apagado, como un cigarro a medio fumar, me seco en mi rincón, trabajando en algo que no estoy seguro vaya a ser leído, algo tal vez infructuoso, pero es lo más adecuado, creo, desde que mis oraciones dejaron de ser escuchadas he empezado a ser un poco más incrédulo (lo cual va a ser más duro en los vuelos, o cuando necesite un milagro express, pero ya veremos cuando veamos), he empezado a ser más severo conmigo mismo, inseguro, hay cosas que ya no van a salir a la luz más (recogiendo mis propias cenizas, veo que me dejé consumir, más allá de lo apropiado) pero creo que así estaba destinado a ser, es más fácil cuando no invierto, cuando no me comprometo sentimentalmente, todo funciona según el método.
Claro, no todo es ganancia, prefiero malherido pero a gusto con lo que recibo, que entero con sobras. Y es triste que lo califique así, después de todo son personas, pero, al final de cuentas, ¿qué me importa? Tampoco es como que le importe mucho a nadie, es un poco de igualdad.
He regresado a fumar después de encontrar lo que buscaba, a decir verdad siempre me vi mejor cigarro en mano, y el olor del tabaco siempre me gustó, ya estoy demasiado viejo como para huir de los efectos secundarios, puedo pues soltarme a mis anchas, no hay motivos para restringirme.
Voy a dedicarme más a escribir y estar solo, bueno, conceptual y anímicamente solo. Amarrado estoy a mis propias necesidades, pero eventualmente hasta eso se irá, ahora sí, me quedaré solo, acompañado de —maldita sea— el aroma a canela.
Como todo buen cobarde he decidido alejarme de lo que duele, pensando en largarme de una Lima que quiero por lugares fríos en Europa donde podré ser triste sin desentonar, y claro, de vez en cuando Edimburgo, el frío me ayudará a insertarme más cómodamente en el vicio de escribir algo sin sentido, de fumar de vez en cuando, de pensar, ya obligado por las circunstancias en que, sí, me abandonaste, y parece que me fui contigo. |