TU COMUNIDAD DE CUENTOS EN INTERNET
Noticias Foro Mesa Azul

Inicio / Cuenteros Locales / Nazareno / El abusador

[C:624950]



La primera vez que Yolanda lo fue a ver después de que se enterara de que manoseaba a su propia nieta, Yolanda llevaba un cuchillo en el bolsillo. Él que siempre había sido tan apegado al Evangelio, él que respetaba la ley de castidad, que renovaba los convenios todos los domingos; la Santa Cena, él que siempre había sido intachable, había estado haciendo esa perversión hasta que la nena habló. Yolanda pensaba, ya lo había planeado todo, que cuando él quisiera abrazarla, porque iba a querer abrazarla, ella aceptaría el abrazo y en ese preciso momento, en ese instante ciego, sacaría el cuchillo y se lo clavaría en la espalda, a la altura de los riñones, y hundiría el cuchillo hasta el fondo de sus entrañas, y eso viejo hijo de puta, a quien tanto había amado, con quien tantos momentos felices habían compartido, ahora excomulgado de la iglesia, escondido como una rata, pagaría por lo que había hecho, un acto aberrante si los hay, manosear a una pequeña de seis años que para colmo era su propia nieta. Hundiría el cuchillo, y lo retorcería, y sentiría después como él vomitaría la sangre caliente sobre el hombro de ella, en ese abrazo que haría justicia, una justicia que no era divina pero que Yolanda, a pesar del Evangelio, tal vez negándolo, tal vez crucificándose ella misma a los ojos del padre celestial, creía que era necesaria. Ni siquiera creía que era necesaria. Lo creía un deber, algo dentro de ella ardía y la única forma de calmarlo era clavándole ese cuchillo hasta que el cerdo vomitara sangre y el cuerpo cayera muerto como un bolsa de menudos sobre la tierra. Entonces ella se daría vuelta, lo dejaría atrás, tal vez todavía jadeando, tal vez en los últimos respiros, y ella caminaría hacia su propio Getsemaní.
Pero no pudo.
Cuando lo vio llegar, en el descampado donde habían arreglado encontrarse por primera vez después de meses, supo que no podría, apretó fuerte el cuchillo en su bolsillo y supo que no lo sacaría porque él estaba destruido. Parecía que había envejecido mil años, estaba muy canoso, barbudo, con pelos saliéndole de las orejas y la nariz, arrugado, con ojos de perro callejero, y la miró y se encogió de hombros y ni siquiera atisbó de darle un abrazo como ella esperaba; se quedó ahí parado, como un palo a merced de una tormenta o un hachazo, y solo la miró una vez para después dejar caer la mirada sobre el suelo porque no se merecía ni siquiera mirarla. Entonces ella no pudo. Sacó el cuchillo y lo tiró a un costado. Él miró y lo vio y se quedó ahí parado como si cualquier cosa que fuera a pasar debería pasar.
¿Cómo estás?, preguntó Yolanda.
Él no contestó. Volvió a mirarla con los ojos colorados y vidriosos. Pegó media vuelta y comenzó a caminar. Yolanda miró el cuchillo. Se quedó mirándolo. Después lo observó alejándose con pasos arrastrados, como si alguien lo llevara con una soga al cuello, y Yolanda se arrepintió de haber sentido lo que había sentido, aunque lo odiara, aunque no podía creer en semejante monstruo, entonces supo que él estaba pagando, porque hay justicia divina, y él estaba pagando, estaba en su Getsemaní, y no hacía falta cuchillo, ni enterrárselo hasta las tripas, ni escucharlo caer muerto, o agonizante. No era necesario. Aunque lo odiara, aunque hubieran sido tan felices, y el tan casto, y ella lo hubiera amado como a nadie en el mundo, aunque ahora lo odiara.

Ese día Yolanda le había preparado sopa de fideos cabellos de ángel como le gustaba a él; con caldo de verdura. Caldo con verduras hervidas un buen rato no el cubito insulso de Quaker. Yolanda había ido a la mañana temprano a comprar todo, ajo, cebollas, puerro, rábanos, pimientos, zanahorias, zapallitos, perejil, y la bolsa de fideos, una botella de amargo Tacconi y una soda. Cuando él llega está casi todo listo. Viene dos veces por mes. Aparece en la puerta como un muerto vivo, siempre con los ojos a punto de reventar, sucio y desgarbado. El hijo, que en su momento lo había cagado a trompadas, ahora no le habla a Yolanda tampoco porque dice que ella lo ha perdonado. Dios supiera. Jesús decía que debíamos perdonar a los pecadores pero él, él era más que un pecador, no había palabras para lo que él había hecho. El cucharon vierte la sopa en su plato hondo. Después en el de Yolanda. Ella hace una oración de agradecimiento por los alimentos y empiezan a comer. Él se lleva la cuchara a la boca y sorbe haciendo ruido, como lo había hecho toda la vida, como lo había hecho desde que se habían casado 48 años atrás. Sorbe aunque sabe que es mala educación, ese sonido desagradable de alguien tomando sopa de ese modo. Una vez había dicho que no lo podía evitar. ¿Cuándo este hombre se transformó en un monstruo? Cuando se fue de la casa se olvidó el celular. Yolanda lo revisó y vio que estaba también viendo pornografía. ¿En qué momento se torció del camino?
¿Te acordás… cuando era líder de jóvenes… en la capilla…?, dice.
Sí, responde Yolanda, me acuerdo como si hubiera sido ayer. ¿Qué te paso, hombre?, piensa en decirle pero no se lo dice.
¿Te acordás… que los llevé… una vez a pescar truchas…?, dice.
¿Este hombre llevando a jóvenes a pescar truchas? Pensar que era intachable en el Evangelio. Pensar que cada noche nos arrodillábamos junto a la cama y le pedíamos bendición, paz, amor para el mundo entero, salud para toda la familia.
Iba a la casa de Yolanda y se pegaba una ducha y se ponía un poco de ropa limpia que ella le había lavado de la vez anterior.
Me acuerdo que los llevaste al lago a pescar truchas, dice Yolanda.
Fue un lindo campamento…
Le va a preguntar ¿vos dónde dormiste? pero no lo hace.
¿Te acordás… felices… que éramos… cuando nos conocimos…? pregunta él.
Habían sido felices, era verdad, ¿había algún rasgo de perversión en él que ella no había podido ver?
Íbamos de campamento nosotros también, dice Yolanda. Habían respetado la ley de castidad hasta que se casaron.¡¿Por qué hiciste eso?!¡¿Por qué?!¡La puta madre!¿Por qué no pensaste?¿Por qué?¿Qué te pasó?
Sí… te gustaba ir…al bosque…, dice él.
Las noches estrelladas en el bosque. Se podían ver todas las estrellas del universo, dice ella.
Te gustaba…ir al bosque…
Yolanda sabe lo que va a suceder. Un día va a empezar a toser. Una tos pequeña y seca al principio. Día tras día la tos va a aumentar, aunque él nunca hubiera fumado. Ella va a escuchar la tos. La va a escuchar cada vez que él siguiera viniendo a la casa. Ahora Yolanda se da cuenta de que ya le falla la cabeza, al rato volvió a preguntar por el recuerdo del campamento con los jóvenes, con la pesca de truchas, y Yolanda vuelve a pensar con quién habría el dormido esas noches ¿con los jóvenes?
Toman sopa en silencio durante unos momentos.
Después el vuelve a decir algo más, siempre del pasado, ahora vive en una pensionsucha de mala muerte con gente que estuvo presa, o de mala vida, algunas prostitutas, el único que se salva y vive con dignidad es un vendedor de flores que a veces le regala a él para que le lleve a Yolanda. Mientras él estaba Yolanda las ponía en un florero con agua en medio de la mesa, a los días y aunque no estuvieran marchitas las tiraba a la basura.
A Yolanda se le viene la imagen de ese hombre manoseando a la nieta y no lo puede creer. Son producto de la imaginación porque ella no vio nada. Pero cuando la nena habló él no lo negó, dijo que sí, que era así, y ahí fue cuando el hijo lo agarró a trompadas y después el huyó con una valija con ropa y algunas otras cosas más que agarró de por ahí. Se llevó la Biblia.
La tos seguirá aumentando hasta hacerse productiva, con esputo, con moco, un día él empezará a tener graves accesos de tos. Él seguirá yendo de Yolanda. Ella lo verá toser y mirará el piso y después el crucifijo en la pared. Ahora él ha terminado su plato de sopa y se queda mudo mirándolo. Siempre hace eso. Cuando termina de comer un plato se queda callado. Ella ya sabe que quiere más, entonces va y le sirve más sopa de cabellos de ángel con caldo de verdura. Hecho con verduras de verdad. Él volverá a tomar sorbiendo con ese ruido asqueroso. Después volverá con algo del pasado.
Nunca llegué…ser pastor…, dice.
Ella no dice nada. Piensa. Piensa que cuando lo vea toser de ese modo, como si el alma se le fuera en cada acceso, como si fuera a descogotarse tosiendo ella no va a hacer nada. Y él seguirá viniendo, y cada vez más flaco, y cada vez más demacrado, y cada vez más cerca. Ella seguirá cocinando para él, milanesas con papas fritas, vacío al horno con verduras, arroz con pollo, y la infaltable sopa de cabellos de ángel con caldo de verduras. El caldo verdadero.
Nunca llegué… a ser pastor…, repite.
Ella se limpia la boca. El sigue sorbiendo de esa manera insoportable. Yolanda se para y camina hacia la ventana. Deja la mesa y a él a sus espaldas. Mira por la ventana, empieza a caer un agua nieve, pronto será nieve pura, y él tendrá que irse a morir de frío en esa pensión de mierda. Porque eso es lo que es él, una mierda. Pero todavía no se morirá, eso ocurrirá después, él ya no vendrá porque no podrá ni siquiera incorporarse, algún alma caritativa, si es que la encuentra en la pensionsucha le dará una mano, algo de comer, algo de tomar, mientras él tose y tose, y escupe un esputo espeso, y ahora sanguinolento, y la respiración entrecortada, y otro acceso de tos. Yolanda mira por la ventana y ve a una pareja volver de la iglesia, con hijos felices, bajando del auto para celebrar el día de reposo, ese día en que escucharan himnos celestiales, y leerán la biblia, y el hombre les contará a todos parábolas, y también las interpretará, un día celestial, como deben ser todos los domingos. Ahora Yolanda mira por la ventana, empieza a caer ahora sí, nieve, y él un día empezará a escupir con sangre, y a pesar de que nunca hubiera fumado ahí estaría el pedazo de masa amorfa en uno de sus pulmones, y un día vomitará sangre, y se quedará así, con la cabeza de costado, colgando de la cama, ningún alma caritativa lo escuchará, ¿cómo pudiste?¿cómo pudiste?¿por qué no pensaste en Dios aunque sea un momento?¿por qué no pensó en tantos años junto a Yolanda?¿En su hijo?¿En su nieta? y la nieve caerá, caerá como nunca antes ha caído, caerá la nieve, y aparecerá Él; Él, el justo, aparecerá radiante, luminoso, un fulgor entre el vómito de sangre, y Él sabrá adónde deberás ir hijo de puta. Él termina su plato de sopa, Yolanda lo sabe porque oirá la cuchara raspar contra el fondo del plato, entonces ella dejará de mirar por la ventana, dejará a la familia feliz continuar con su día santo y le servirá más sopa, porque él es así, cuando termina el plato se queda callado, pero quiere más; Yolanda no lo verá en el calvario, Yolanda ahora mira la cruz y en voz baja, en un susurro que ella sola puede escuchar, reza por él.





Texto agregado el 23-03-2026, y leído por 1 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
23-03-2026 Se expone un sentido religioso miope ante la realidad, ella "perdona" al abusador y espera el juicio divino. Igual se advierte cómo afecta a la psique la aplicación a ultranza de cosas como la castidad ante la real naturaleza humana. Y como todo, la represión de las pulsiones lleva a la perversión representada por el abuso de la nieta. (Tanto el abusador como la mujer son despreciables) Gatocteles
23-03-2026 Dios!!! Un tema casi vedado y muy bien llevado!!! yosoyasi
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! ]