Le miré bajando por la orilla de la cuesta y pensé en salvarlo con mi imaginación. Pero cuando reparé en el concepto de salvar, la idea de lograrlo no sé ajustó a lo que yo buscaba. Entonces, me senté a mirarlo descender. Y noté que de sus dos pies, solo uno estaba sobre el suelo y que los alternaba. Pero, también que otras veces, los dos topan el camino al mismo tiempo. Pero, lo raro es que las más de las veces, ambas patas están suspendidas en el aire.
Y me dominó lo absurdo cuando quise incorporarme. Por lo que decidí poner mi cabeza entre mis dos rodillas y luchar contra el miedo que me daba observarle. Y el hombre que bajaba, mientras se alejaba de mi, cambiaba a cada tranco de tamaño. Y eso, sin darme cuenta, rescató mi mente. Porque el sendero qué convertí en estático, realmente no lo era. A pesar de qué quién caminaba sobre el no era yo.
Más, el trillo sin haberlo decidido era del ancho de dos hombres. Por eso el borde por el que el hombre sé alejaba de mi, yo le llamé derecho. Sin contradecir a otro caminante que subiera. ¿Ó qué bajara? Aunque yo, sentado al borde del camino, no estaba tan claro para qué lado del sol giraba. Ya que al igual que hombre del borde, pienso que quién sale cada mañana es él(el sol). Y hasta incurro en el error de acostarlo cada tarde.
Y al llegar a ese punto cerré los ojos. Y cambié el verbo ver por el de imaginar. Proceso que me asustó. Hasta que el hombre del borde, el caminando y yo sentado, tuvimos parejos en lo referente a que jamás estaremos quietos. Incluso, después de nuestro fin.
|