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Ensayando la inauguración

Escena de una historia en construcción. La caja con llave

Después de tres meses desde la amenazante —y absolutamente irrenunciable— firma del contrato de arriendo con el corredor de propiedades, y por supuesto después de pagar el pequeño detalle del mes adelantado más tres meses de garantía, finalmente estábamos en condiciones de abrir al público.

Digo “amenazante” porque el corredor, con una solemnidad digna de juez de la república, nos advirtió que si nos atrasábamos un solo mes en el pago del arriendo o de los gastos comunes, las penas del infierno caerían sobre nosotros. No especificó cuáles, pero el tono bastaba. Firmamos igual. Cuando uno está entusiasmado con un negocio, firma hasta pactos con el diablo si hace falta.

Contratamos a tres niñas y una jefa de local. La jefa tenía —según su propio currículum oral— vasta experiencia en el rubro. Aunque cada cierto tiempo, como quien deja constancia preventiva ante un posible desastre, aclaraba que el negocio que ella dirigía antes era una pastelería.

Y claro, una pastelería es distinta.

Ella no tenía la menor idea de preparar un plato frío, rebanar tomates con dignidad profesional, ni calcular cuánto debe cocerse un huevo para que quede duro sin transformarse en piedra. Mucho menos sabía con qué se acompaña un consomé. Pero lo compensaba con autoridad. Y en un negocio que recién nace, la autoridad a veces vale más que el conocimiento.

Eso sí, fue muy eficiente en lo importante: ella misma seleccionó a las niñas, les compró varios juegos de uniformes y delantales, todos siguiendo una línea más bien alemana, rigurosa y ordenada, muy acorde con el nombre del local: Deli Suiza.

La limpieza era nuestra obsesión.

Le repetíamos a todo el personal, casi como mantra, que la clientela sería mayoritariamente femenina y fina. Es decir: gente que come poco, pero que observa todo. Un tomate mal cortado puede pasar desapercibido para un camionero hambriento, pero jamás para una señora elegante con cartera de cuero y mirada crítica.

En resumen, el local quedó impecable.

Con tanto ajetreo técnico y administrativo, yo ya empezaba a sentirme una especie de experto en instalar negocios. Incluso me entretuve preparando un escrito: un pequeño manual donde describía todos los pasos del proceso.

Partía desde el momento en que se toma la decisión —que al principio no es más que una conversación medio tonta entre amigos, como la nuestra, nacida en una mesa de comida rápida— hasta llegar al día glorioso de la apertura.

El documento incluía un anexo técnico con cantidades y precios de todo: insumos de cocina, materiales de obra gruesa, terminaciones, pintura, vidrios, electricidad, permisos municipales, patente comercial, impuestos internos, elección del rubro, contratación de maestros y así sucesivamente.

No era una obra maestra, pero se parecía bastante a la memoria de un diplomado o al ensayo final de un taller literario. A mí me daba cierto orgullo. Si el negocio fracasaba, al menos quedaba el manual.

Programamos entonces el gran día de apertura.

Ahí comenzó el problema.

Mi socio decidió que el primer día debía ser también la inauguración oficial. Y para eso invitaría a sus compañeros de oficina, que por lo bajo serían más de veinte personas.

Yo también tenía mis propios conocidos en una lista preliminar, pero finalmente los eliminé con una excusa elegante: que con los invitados de mi socio ya era suficiente.

La verdad era otra.

Yo conocía demasiado bien a mis amigos. A ellos no les iba a gustar nada que uno de los nuestros apareciera, de pronto, con una cafetería montada como si tal cosa. En nuestras conversaciones de sobremesa éramos todos expertos en negocios, en política, en fútbol, en economía mundial y en cómo arreglar el país en tres pasos. Pero si alguno aparecía con un negocio real, funcionando… corría el serio riesgo de que no le habláramos más.

La fecha de apertura fue fijada.

Y también fue postergada.

Varias veces.

La excusa siempre era la misma: faltaban algunos invitados importantes.

Debíamos resolverlo pronto porque esa postergación estaba empezando a volverse crónica. Mi socio trabajaba en una oficina gubernamental donde la jerarquía era cosa seria. Él sabía que si el jefe no venía, nadie venía.

Así de simple.

Por lo tanto, toda la ceremonia dependía de una sola persona: el jefe.

Si el jefe avisaba cerca de la hora que no asistiría, la inauguración se suspendía inmediatamente. En ese caso era evidente que los demás tampoco aparecerían. Bueno… salvo los que nunca fallan.

Esos que se comen todo.

Cada vez que preparábamos una inauguración fallida, el local quedaba de punta en blanco. El personal —la jefa y las tres jóvenes— se vestían con su uniforme impecable y practicaban una especie de formación en la entrada, al mejor estilo guardia real de la reina Isabel. Solo faltaban los guantes blancos.

Pero si el jefe de mi socio, a media mañana, anulaba su asistencia… todo se acababa.

El local permanecía cerrado. Así lo dictaba la cábala.

El problema era que todo lo preparado para ese día ya estaba listo: platos fríos, sándwiches con huevo, con tomate, con palta, con lechuga, con atún, con diversas combinaciones de cecinas, además de un par de ollas eléctricas llenas de consomé y las cafeteras funcionando como locomotoras.

Todo eso se perdía.

Bueno… casi todo.

Intentábamos consumirlo nosotros.

Le poníamos entusiasmo, pero éramos apenas seis personas frente a comida preparada para veinte. Además partíamos con una mala premisa comercial: como eran invitados, suponíamos que repetirían varias veces.

En consecuencia, la pérdida anotada en nuestros pequeños cuadernos diarios empezaba a ser respetable.

Pero lo que más nos preocupaba no era la pérdida.

Era otra cosa.

Que los vidrios, las repisas, las bandejas, los uniformes de las niñas, las cafeteras, las ollas… todo ese aparataje que hasta entonces lucía nuevo, empezara a verse simplemente usado.

Y un negocio recién nacido no quiere verse usado.

Como la nueva fecha nunca era al día siguiente sino una semana después, estuvimos cerca de dos semanas con el local listo… pero sin atender al público.

Hasta que finalmente llegó el día.

Era mayo. Y llovía.

Curiosamente, esa lluvia fue nuestra salvación. El famoso jefe decidió cancelar sus otras reuniones por el mal tiempo y confirmó su presencia.

Con eso bastó.

Como por arte de magia aparecieron cerca de treinta invitados.

Se comieron todo.

Algunos incluso envolvieron panes en servilletas y se los guardaron en la cartera o en el maletín para llevárselos a la oficina. Exactamente las mismas costumbres del casino del ministerio.

Para coronar el ambiente festivo, uno de los asistentes estaba de cumpleaños, así que no dudaron en cantar el “cumpleaños feliz”. Y mientras cantaban… seguían comiendo.

Fue una verdadera fiesta.

Cuando al fin se fueron todos, el local quedó en silencio.

Nos miramos como un pequeño ejército después de su primera batalla. Y dijimos, casi como un juramento:

Mañana ya no será un simulacro.

Mañana el sonido de la caja registradora —ese pequeño campanilleo metálico— indicará que ahora sí va en serio.

Y lo que se acumule en ella… será para pagar los sueldos.

Así se lo dijimos a las niñas.

Y también, para ser honestos, nos lo dijimos a nosotros mismos.

Santiago 1986.

Este texto forma parte de una historia autobiográfica.

Texto agregado el 16-03-2026, y leído por 10 visitantes. (0 votos)


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