Quedé en el cierre del período del CURNE y el trance de la novia de Alberto. Y como las cifras sé repiten por capricho divino, trece años después, yo me bajaba del tren 1 en la estación de la calle 157 con Broadway en NYC. Y tomé la escalinata qué más le convenía a mi destino. Pero cuando afloré a la superficie miré a Alberto, quién luego de dejar la acera izquierda de la Broadway en sentido sur, pisó la misma calzada que usaba yo para subir por el inclinado trecho de esa cuadra.
Y tuvimos tan cerca, como la tarde aquella del juego de voleibol de la primaria. Pero tenía la misma delgadez de antaño. También, la mirada aquella, qué ignoraba su cabeza. Y vestía una chacabana azul sobre un calzón negro. Y el haber cruzado la calle 157 para subir lo ponía en mi ruta. Qué de la avenida Amsterdam no pasaría.
Pero el giro mío, en su caso no era obligatorio. Porque pensé en sus únicas opciones: entrar a uno de los edificios del bloque, doblar en el sentido qué lo haría yo ó seguir derecho. Y, claro, descarté lo de doblar en el sentido opuesto al mío, porque había atravesado la 158, mientras iba por la Broadway y no subió como lo hace ahora. Pero este razonamiento complicó la angustia del encuentro. Y lo peor fue qué anuló mi atención a lo que dijimos. ¡Sí sé hizo!
Pero cada paso nuestro a tan poca distancia, rompió un silencio que ya le había ganado a lo eterno. Aunque, apunto, qué mi actitud fue menos recia que la suya. Porque mi cara cambió la posición impuesta por el sentido de la marcha. Y el egoísmo no me sacó una imprudencia. Y hasta le di paso a una aventurera cortesía: invitarle a mi departamento. Situado en el intermedio de la 156 y la 157 de la avenida que sé aproximada.
Más, lo evidente fue su incomodidad. Y la suma de nuestros pasos, mi cerebro la llevó a una cifra increíble. Porque jamás concebí que podrían ser tantos. ¡Tal vez, cientos! Más, los monosílabos usados durante el extraño trajín, nunca dieron con el tono adecuado. Por lo que no quedó registro alguno en mi seso. Sin qué importara algo. ¡ Lo planteado en el aula del viejo plantel!
Hasta que los dos pares de piernas pusieron fin a la angustia. Y Alberto, sin mirarme, adivinó mi giro. Por lo qué y de forma incoherente con mi cálculo, lo hizo de forma contraria a mía.
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