Cuando ella me dejó, me acordé de aquello de la finalidad, o cosas que hacer, en la existencia: tener un hijo, etc., etc.
Estaba leyendo una historia de amor, pero, con la noticia, la dejé arrumbada en un rincón (la novela).
Di un paseo por el campo y llegué al paraje donde se había iniciado aquella recién rota relación. En un árbol (su tronco) todavía campaban nuestras iniciales dentro de un corazón tallado sobre su piel.
Todo coincidía, aunque de manera invertida, por lo que pese a todo me estuve riendo, solo y sólo, un rato, y de lo que me sugirió la escena como motivo principal.
Me había plantado la del árbol, en lugar de haberlo plantado yo. El libro de amor- la novela: el rojo y el negro de Stendhal- lo había plantado- esta vez sí, yo.
Sólo faltaba, nuevamente, plantearme, entonces, cómo habría de ser y si pudiera ser el tener un hijo del revés, pareciéndome, ante aquellas novedades paradójicas, una auténtica fruslería todo lo que venía sucediéndole en aquella novela romántica a nuestro protagonista Sorel. |