Un eclipse total de Sol pudo ser visto en casi todo México por siete minutos y Lupita Jones ganaba el certamen de Miss Universo en aquel año en que sucedió la historia que contaré; sin embargo, los dos primeros acontecimientos pasaron a segundo término para mí.
Con ocho años en mi corta existencia, mis intereses se reducían a poco: el fútbol, por supuesto, con todo lo que conlleva; el Club América, las retas con los amigos, los partidos con el equipo del barrio donde yo era uno de los novatos y Antonio Carlos Santos (camisa número trece), quien era mi jugador preferido. También me preocupaba el tercero de primaria, donde disfrutaba mucho la popularidad que tenía por ser un desmadre desde entonces. Pablo y Fabián sacaban esa parte de mí que era tan fácil de asomar. Como bien dicen: «Están viendo que el niño es risueño y le hacen cosquillas».
Muchos años de mi infancia los pasé en la casa de mis abuelos maternos, entre primos y tíos que no eran pocos, puesto que mi madre sólo tuvo diez hermanos (sarcasmo). Formar parte de una familia grande tiene beneficios que yo no cambiaría jamás; por ejemplo, la compañía y complicidad con algunos de los miembros, las experiencias y costumbres transmitidas por mis mayores, el apoyo incondicional, las historias que tiene cada uno para compartir. En fin, siempre me he considerado un ser privilegiado.
La unidad donde vivían mis abuelos era increíble: mucha vegetación, árboles frutales, juegos tubulares donde pasaba horas colgado, columpiándome como chango, entre muchas otras cosas. En ese lugar había gente muy valiosa que marcó mi infancia, amigos entrañables y magia... realmente tenía magia ese lugar. Era como estar fuera del México que conocía, a lo que estaba acostumbrado en la colonia de la casa de mis padres, donde también disfruté muchas cosas, pero definitivamente era muy distinto. Digamos que era como entrar al ropero y salir en Narnia; también había seres extraños y uno que otro animal que hablaba, jajajaja.
De las cosas favoritas que me gustaba hacer era jugar en un largo desagüe que iba desde el deportivo hasta la perimetral paralela a la avenida San Bernabé, al que le llamabamos «El río» (ahí, una vez, caí en una pequeña presa y me hubiera ahogado de no ser por las manos salvadoras de mi primo, que me sacó como jerga mojada; nada que un regaño de mi madre y un buen baño no pudieran remediar). En ese mismo río, junto con mis primos y amigos, hacíamos barcos con diferentes objetos como botes de Frutsi, latas y empaques de cartón para poder dar paso a competencias cargadas de sonrisas, agua sucia y mucha diversión, mientras buscábamos llegar en primer lugar.
Inmediatamente, todo volvía a suceder: regresar al punto de partida e iniciar de nueva cuenta una carrera más para volver a dejar que el cauce del agua sorteara al triunfador, que no importaba en realidad quién fuera; lo realmente importante era ir superando cada obstáculo que el río nos ponía en el trayecto. Tal vez era la vida enseñándonos desde nuestra corta edad.
Entre agosto y octubre, los árboles de peras regalaban sus frutos al alcance de una pedrada y, aun así, prefería saltar al convento de vez en cuando a robar las peras más deliciosas que mi paladar había probado. El precio era una correteada de los perros que soltaban las monjas al verme dentro de su propiedad hurtando sus divinos frutos, y una dosis de adrenalina que me hacía correr más veloz para ser librado de una mordida que, de haberme alcanzado, estoy seguro de que me habría quitado la satisfacción del rostro. Aun así, yo creo que le saqué más de dos risas a Dios viendo cómo sus fieles monjas se enfurecían sin darse cuenta de que solo era una travesura de niño.
En la temporada de lluvia abundaba ese aroma húmedo tan peculiar proveniente de la mezcla de la humedad de plantas, árboles y tierra, que dejaba extasiado mi olfato. Siempre preferí los partidos de fútbol bajo la lluvia; no había algo más sublime que eso, y de nuevo el regaño de mi madre al verme hecho sopa valía completamente la pena. Como verás, no era el más tranquilo ni el mejor portado, y tomando en cuenta que doña Conchita era ruda en sus modos, no fue suficiente; siempre decidí tomar el riesgo, lo que hoy celebro porque, de lo contrario, no estaría contando esto. Fui parte de la última generación que vivió su infancia sin un grillete electrónico ni presa del miedo por la inseguridad que se vive en la actualidad. ¡Qué tiempos!. Podía estar hasta altas horas de la noche jugando con los amigos y nada malo pasaba. La sociedad no estaba tan enferma; yo no sé en qué momento se perdió eso.
Respecto a las relaciones familiares, siempre existe más afinidad con algunos de ellos. Yo tenía muy buena relación con Fito; a decir verdad, lo veía como un hermano: eso fue siempre para mí. Fito tenía ocho años más que yo y, a pesar de la diferencia de edad, me llevaba a todos lados. Además, teníamos un gran parecido físico, y realmente muchas personas pensaban que éramos hermanos, lo que en varias ocasiones nos trajo beneficios a ambos. Yo era un niño pícaro, sin corrupción ni maldad, que llevaba alegría de forma natural por donde pisaba; pero un día Fito me dijo que me llevaría a una fiesta con sus amigos y me presentaría a una niña de mi edad. Yo, motivado por tal consideración, me sentía realmente importante. Era el elegido y tenía que demostrar por qué yo y no cualquiera de los otros. Hacerme merecedor de dicho honor tenía que ser pagado con gallardía y madurez (aquí entran las risas), para que de ese modo me convirtiera en un poderoso león. Era una prueba para la cual me había preparado toda mi vida y había llegado la hora de enfrentarla. ¿Lo imaginas?. Un mocoso de ocho años en una fiesta de hombres y mujeres de dieciséis. ¡No, bueno!.
Llegó el gran día y, con todo el expertise en mis venas, me vestí de traje para el gran momento (sonido de disco rayado); sí, ya sé que fue ridículo, pero no me juzguen, ya había aclarado que era un mocoso. Además, mis referencias de fiesta en ese entonces marcaban ese código de vestimenta. Solo había ido a bodas, quince años y primeras comuniones; eso era parte de mi despertar. Fito nunca me dijo nada: Era como dejarme estrellar por mí solo para que aprendiera la lección, aunque bien pudo evitarme el momento.
Ya en la fiesta, el poderoso león trajeado se redujo a un gato indefenso cuando me presentaron ante ella; no sabía qué decir ni de qué hablar, las manos me sudaban y seguramente hubiera deseado no estar ahí, ni ser merecedor de tal privilegio. Cabe mencionar que jamás había estado con el sexo opuesto en esos terrenos de Cupido.
—Ella es Vianey —dijo Maira, amiga de Fito.
—¡Hola! Mucho gusto —le dije, evitando su mirada.
—¡Hola! —respondió Vianey sin mayor problema.
Comenzamos a conversar sobre gustos personales. ¿De qué más podría platicar un par de niños?. Yo no me veía muy cómodo, lo confieso, pero al mismo tiempo me sentía emocionado, y ella no me era indiferente. Ese día supe que a Vianey le gustaba la batería y el rock; también supe que ella tenía los ojos más hermosos que había visto en toda mi vida, pero lo que no sabía es que estaba siendo presa de los encantos femeninos y que de eso no podría escapar jamás. Estaba entrando a ese laberinto que, obvio, tiene una salida, pero que no quieres encontrar; es más, ni siquiera lo piensas, pero en eso radica el problema con el que me encontraría más tarde.
Después de la fiesta nos comenzamos a frecuentar y, entre la presión de Fito y mis propias ganas, decidí pedirle a Vianey que fuera mi novia. Ella me respondió que sí, y nada podía salir mejor para «Fer el León»: Parecía que los astros se habían alineado. Me estaba enamorando, y ese amor pueril e inocente me estaba marcando para toda mi vida. Cuando eso sucede, comienzan a tejerse hilos mágicos que provocan de mil formas sucesos inesperados; El aire es más ligero y penetrante, la vida tiene mucho más sentido. Por su parte, Vianey era quien provocaba esas sensaciones nuevas en mí, y muy probablemente ella no se enteró de todo eso, tampoco de lo especial e importante que es en mi historia, pero esa es la verdad.
Cuando paseábamos en el parque por las tardes, a lo lejos se podían ver varias cabezas de nuestros primos asomadas desde aquel río (en esta ocasión seco), quienes nos espiaban sin más propósito que el de molestarnos, algo que a nosotros no nos preocupaba en lo más mínimo porque, como suele pasar, no poníamos atención en cosas que no tuvieran que ver con nuestro noviazgo. ¡Qué inmadurez de los primos! Parecían niños, jajajaja.
Dentro de la hermandad, existe la preocupación por el crecimiento espiritual de los hermanos, y en esto no podía faltar esa intranquilidad. «Fito el Sensei» constantemente trataba de incentivarme a mí, «el pequeño saltamontes» (en realidad me decían Grillo) a dar el siguiente paso, a evolucionar en mi relación con Vianey. Seguramente te estarás preguntando cuál era el siguiente paso. Ya lo verás.
Uno de esos tantos días, al caer la noche, los tortolitos nos encontrábamos a la vuelta de la casa de mis abuelos y sucedió algo inesperado. Mientras conversábamos, fuimos juntándonos más; honestamente, no creo que la plática lo ameritara, pero qué importa. Estando uno a uno, los centímetros se acortaron y, casi sin darme cuenta, ya estábamos unidos por un beso. No fue solo un beso: fue el primer beso. Para mí fue un milagro que me acompañaría toda mi vida y dibujaría una sonrisa en mi rostro cada vez que lo recordara, y Vianey, con ese beso, se encargó de estar presente en mi memoria para siempre, porque así pasa con el primer beso. Además, todo estaba siendo increíble; no habría por qué no querer recordarlo.
Pocos días después, «Fito el honesto» me dijo que había platicado con Vianey.
—Ayer vi a Vianey y me comentó que eras un maricón —dijo Fito.
—¿Por qué? —respondí, consternado.
—Me dijo que eres bien putito porque no le has dado un beso.
—Eres un pinche mentiroso porque ya la besé —dije como quien sorprende a alguien que está mintiendo y lo encara con la espada de la verdad.
—¿Ya la besaste? —preguntó, no esperando esa respuesta.
—¡Sí! —dije orgulloso.
—¡Eso es todo, mi carnal! ¡A huevo! —celebró alegre y gratamente sorprendido.
Por fin me daba cuenta de que estaba siendo presa de la manipulación de «Fito el embaucador», pero realmente no me importaba porque esos engaños eran las mentiras más motivantes que me habían llevado a experimentar todo lo antes dicho. Fito era culpable en buena medida de todo; había sido quien movía mis hilos de «marioneta», pero en verdad había sacado magia de ello, como lo hace con su arte el mejor de los marionetistas. Jamás le reclamé; a fin de cuentas, estaba mucho más agradecido que indignado, y por su parte Fito lo hizo con la mejor de las intenciones. De esto podríamos hacer un tratado de la moral, en donde la mentira saldría inocente, pero el amor y la hermandad, culpables.
Así pasaron muchos meses, pero ya saben que todo lo que sube gravemente cae, y esta relación no fue la excepción. No sé decir con exactitud cuándo pasó, pero Vianey se cambió de casa y yo, «Fer el abandonado», dejé de verla. Intentaba saber de ella con mi mejor amigo, Omar Montenegro, quien también era primo de Vianey, y lo único que solía decir era que ya no la veía muy seguido desde que se fue.
Tal vez esperabas un final más complejo, pero no pretendo ser deshonesto, solo decir lo que realmente sucedió, y siguiendo en esa misma línea, te comento que fue muy difícil para mí sobrellevarlo. No hubo ni siquiera una despedida, ni siquiera un «hasta aquí». ¿Qué jodidos se hace con eso? ¿Dónde se deja toda la ilusión y el gran sentimiento que tenía para ella?
Miles de recuerdos, de preguntas y de decepciones llevo conmigo hasta la fecha cargando en un saco de momentos pendientes con Dios, mientras sigo viviendo lo que me toca en mi vaivén, estoico y resignado.
El precio por Eva tal vez fue justo para Adán, pero a mí, Dios me cobró más de una costilla por Vianey; para empezar, el corazón, lo que lo hace delicado por ya meterse con órganos vitales y sensibles. Pero les juro que daría hasta el cráneo, la médula espinal o hasta mis asmáticos pulmones porque sucediera otra vez. |