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Durante el lento transcurrir de un mediodía precedido por una mañana sin aparente síntoma de presagio, Lucio Piaf, fresco, como si lo que estuviera a punto de hacer no fuera más que el acto de pelar patatas y freír huevos, se colocó frente a la ventana del sexto piso por última vez y con la decisión puesta en el destino de morir sin mayor premura con el único disparo que albergaba en el cañón de su pistola, empezó a usar ese tiempo ilimitado que se había impuesto para recordar ciertos retazos de su vida.
La pistola la adquirió luego de muchos rodeos en las entrañas de alguna calle del cartucho. Había perseguido con tanto abrojo aquel instrumento para su mal, que en sus ojos parecía delatarse la ansiedad, y en dos oportunidades, fuera del peligro inminente de fracasar en pocas horas en su empresa, latía con vigor la posibilidad de que su vida pudiera estar envuelta en un peligro mayor al que ya se tenía como objetivo. Como se dirá, luego de trasegar ese muro de desconfianza que interpone al bajo mundo con el ciudadano común, consiguió, sin poder decir si a su pesar o a su favor, la pistola. Nada más que un viejo guayo, del cual le fue garantizado el uso óptimo del gatillo a la hora de accionar; si luego del primer disparo no salía o se estancaba la segunda bala, podría regresar para que le realizaran el respectivo cambio de pistola. Pero Lucio Piaf preferiría estar en algún otro lado que encaminarse, ante la evidencia notoria del fiasco, hacía el sitio lumpen de donde la había sacado. Y no porque haya perdido el camino de regreso, ni porque ese lugar le pareciera inspirado en la tiniebla, sino porque lo llenaría de una vergüenza difícil de asimilar; una vergüenza que ante este imposible se vuelve todavía peor para expresar, y la cual solo un suicida está en la disponibilidad de entender.

Lucio Piaf miraba las montañas de la ciudad en una ventana pequeña, desde un sexto piso; por otro lado, observaba con igual intensidad las nubes que se detenían en la cumbre de esa hilera montañosa que va de sur a norte, por su estrecho oriental. En un instante, creyendo que ese artefacto que acababa de sacar del bolsillo no pertenecía a la realidad que le acaecida, llevó el ojo al visor y con asombro disimulado ejecutó la orden del cerebro de juntar las palmas de las manos, estrechando entre ellas la culata de manera firme, y luego, tras llevar al frente la pistola entera, con la postura intacta de los brazos extendidos, empezar el simulacro de uno o dos disparos apuntalados hacía a la montaña firme y serena. La ensoñación se entibió e enfrió en su lento proseguir cuando miró ahora a la ciudad que allí abajo intentaba buscar un desahogo en vano ante la arbitrariedad en el incremento de la población; el desfiladero amontonado de autobuses y motocicletas, en la quietud de un avance improbable que formaban un caos sin lógica ante la expectación de Lucio Piaf
Inmediatamente bajó los brazos con la pistola entre las manos; había culminado el corto simulacro del poder. Son las doce y cincuenta minutos de la mañana y Lucio recuerda que aproximadamente veinte minutos atrás se dijo que dispararía sin dilación en los próximos segundos, esperando con fervor no tener que regresar sus pasos por las calles de la lumpen. Juró que así tenía que ser, bordeando el punto límite que se había permitido. Al presentir que estaba cerca (como no lo está el ultimo recuerdo que se permitió rememorar en esos aciagos minutos) de esa línea divisoria que separaba lo imposible con lo probable, sujetó con firmeza, así, como en la corta alucinación, la empuñadora del revólver, de ese viejo guayo que volvía a reconocer en un nuevo avistamiento, en cada paraje en donde el tren de la parca se detiene para constatar aquella realidad como suya. No era más que un disparo lo que necesitaba para corroborar la vigencia del arma y su acertado funcionamiento. El segundo disparo, si salía, le interesaba muy poco o nada. Con esta premisa volvió a apoderarse del revolver que solo un momento antes había dejado sobre el borde de la mesa; se hizo un ruido metálico producido sin duda por sus dedos y justo en los aleros de lo concluyente un cuestionamiento lo obligó a frenar en seco su cometido.

Existía la inquietud a solucionar acerca de qué lugar del cuerpo sería el blanco.

Mientras buscaba una salida a la conjetura, se fijó en un diminuto pájaro rondando en el aire del centro de Bogotá, quien, a pocos metros de su vista, hacía piruetas y se perdía de repente a lo lejos, en un punto ya indefinible y luego regresaba en bandada de esa lejanía al punto donde el radar en la mirada de Lucio Piaf la detectaba. Siempre bajo su obturador, intentaba definirlas desde la singularidad de cada una, pero sorpresivamente otra bandada llegaba del sur y se conglomeraba a la bandada que provenía del norte, luego no volvió a encontrar al único pájaro que le interesó. Sorpresivamente se batían muchos pájaros y palomas en el cielo que tenia para ver y de la misma manera se fueron yendo, sin quedar rastro del primer hallado. Solo fue hasta cuando llegó a este interludio que, incurriendo otra vez en el error, en un deslumbramiento que se acercaba al definitivo, que se dijo que no debía actuar en aquella realidad y se forjó en su conciencia nuevamente el ideal de la línea divisoria entre lo imposible y lo probable. Focalizó su horizonte (los pájaros y las palomas dejaban en blanco y azul el espacio del cielo) y repitió el ademan que ya conocía. Su frente y sus mejillas empalidecían, mientras las orejas, enrojecidas, presumían escuchar los lentos pasos de la fatalidad en toda su vastedad, pero el sordo y necio Lucio Piaf, prefería prestar expresa atención a los dedos que volverían a juntarse entre ellos para volver a elaborar la acción del que coge con apresuramiento una pistola. Ahora tenía reflexionado el blanco y debía de ser tan efectivo como la dosis al elefante: directo al corazón. Era justo lo que necesitaba saber la única bala de su proyecto. Era lo acertado que debía hacerse informar a las 12:30 de ese medio día que transcurría ligeramente sobre los andenes de proscenio trastabillando en una sola escena sin secuencia, y a pesar del cuervo rumoreante, del estío de la ciudad en su envolvente y refulgente anacronismo ( y por último a pesar del mismo medio día), no había ningún augurio premonitorio cernido desde la mañana hasta solo unos minutos después de que Lucio Piaff llegará al sexto piso del edificio con un revolver escondido. Fue en ese momento donde parecía que se depuraba de una vez ante la expectación humana todos los cielos de los presagios, cada uno comunicando al mensajero su parecer. Irónicamente Lucio Piaf todavía no había muerto en el tiempo y lugar que tenía idealizado desde antes de que la mañana ingresará a la frontera del medio día. En ese tiempo y lugar en que se imaginaba ya sumergido en un pozo cavernoso y en donde se empieza a descender al olvido, Lucio Piaf transcurre sentado sobre una silla corriente, en la posición simple y moderna del hombre que se apunta el corazón con el punto de mira de una pistola, un viejo guayo; no tiene un gesto para la posteridad, ni una curva que pueda disimular la seriedad en la línea fría y seria de su boca en el preciso acto en que inicia la sonrisa y empiezan a explayarse los dientes.No existía un corrector para corregir su ceño alumbrante, pero rígido.
Siempre con el dedo ejecutor tibio, anclado sobre el gatillo, solo a un desliz para el desencadenamiento. Las nubes de la ciudad que forman como un cerco protector de sur a norte parecen resguardar las montañas. Un lugar asi , encima de la pendiente o sobre cielo, a la vista de la hilaridad de montañas de oriente desde un sexto piso, lograría envidiar a cualquiera tanto como al suicida que ama esas majestuosidades que penden de las alturas . Sin embargo Lucio Piaf creyó seriamente que volvería a fallar. No era tan suficientemente necio como para remitirse a otros breves lapsos de recuerdos sobre intentos fallidos. Tampoco se creía obsesionado con la idea de que el arma, al ser disparado el gatillo, fallase, y en respuesta, deba proceder a bajar los seis pisos que lo separaban del andén para ir en búsqueda del forajido que le vendió el arma. Por fin y llevando a cuestas precisiones, el dedo se deslizó, el destino parecía cumplirse y al parecer tiempo y lugar habían dejado de ser para Lucio Piaf, cuando un ruido seco, intermitente, seguido de un atascamiento que volvió todavía más inútil el manejo del revolver rompió el suspenso. Lucio no tuvo palabras durante algunas centésimas en que recapituló todas sus estratagemas y sus fracasos. Simplemente sucedió. Se dispuso a abandonar el piso con el arma envuelta en un trapo e introducida en el fondo de su chaqueta. Inició por introducirse por las calles de las cuadras, siempre disimulando la vergüenza del vencido, haciendo alarde de la valentía exclusiva, envalentonada y frenética del hombre que se lanza por calles cruzadas con cuadras esmirriadas en la baja monta, en la lumpen despierta y salvaje.

De tantas puertas desencajadas que halló a su paso por la cuadra que consideró que debía de ser la que transitó esa primera vez, Lucio Piaf se adentró por una puerta que no puso un hilo de duda que era la indicada, y en efecto, como si fueran de una familia de sombras, emergieron ante él dos forajidos. Uno de ellos reconoció a Lucio Piaf y lo reafirmaba en el modular incesante del humo del cigarrillo.

-Esta pistola no sirve- Dijo Lucio Piaf

Lo escuchó C., el magnate menor en la circulación clandestina de armas. (Y dijo después que Lucio Piaf simplemente se limitó a ser directo en la cuestión que lo traía, sin saludar).
-Perdóneme usted, señor, yo creía…., se limitó a decir C.- (C lo oía, en efecto, pero no podía dejar de advertir a cada instante el rostro de Rúa Rivas, siempre latente, impertinente, desde la intromisión de Lucio Piaf, y quien no hace más que mirarlo como una diminuta e inofensiva bestia digerible)
-Le vamos a dar otra-, dijo Rua Rivas.- Pero dígame, amigo, ¿Qué pasó?
Lucio se percató de la sombra que se había atravesado.
-El arma no disparó.- Fue la respuesta de Lucio Piaf.
-Hay blancos mortales con suerte. -Ironizó Rúa Rivas.

Lucio reconocía lo que se encontraba detrás del velo de esas palabras, pero por otro lado no consiguió concretar su pensar para informarles el verdadero motivo por el que había alquilado la pistola.

-Nada más fíjese y le cuento,-continuó el hombre que se hacía llamar Rúa Rivas-, la otra vez se llevaron dos pistolas ciertos hombres que no son de por acá, y mi garantía era la misma: si fallaba el segundo disparo, yo la cambiaría con las ventajas económicas que eso conlleve. A los días, contrario a mis suposiciones, hubo de suceder lo que le está sucediendo ahora a usted, pero me dijeron que con esas solas dos balas dieron de baja a dos oponentes.

Asomaba en Lucio Piaf el gesto del contrariado, queriendo huir con urgencia de aquel recinto, recordándose que para ese tiempo y lugar transcurría con la respiración funcionando innata y los sentidos alerta como los podrían tener C. y Rúa Rivas.

A su modo, Rúa Rivas siguió la plática:
-Usted, si lo desea, podrá ingresar en la zona y enfilarse. Solo es una cuota la que tendría que darnos.-
Sin un tajo de por medio, la voz subterránea de Rúa Rivas se deslizaba bajo las cuatro húmedas paredes de la estrecha y gris habitación. C diría que no vio parpadear a Lucio Piaf y Lucio Piaf empezó a considerar una retirada basada en la farsa:
-Señores, mañana volvería y les entregaría razón.
-Entonces mañana le entregamos la pistola, Dijo C.
-No puede ser posible,- dijo Lucio Piaf.- La necesito para hoy.
-¿Cree que pueda acertar esta vez? - alguien preguntó.
-Espero que esta vez sea lo acertado.
-Le recuerdo la contundencia, el punto en blanco.
-Ya me previne en eso.
-Dijo usted que se encascaró el revólver? -Dijo Rúa Rivas
-Dice lo cierto, lo que salió fue un sonido de oxido arrastrado.
-Entonces se atascó.- Dijo C, a sus espaldas.
- Y el asaltador salió aturdido por ese ruido,- Continuo Rúa Rivas.
-Se equivoca. –Respondió Lucio.
-Podríamos estar equivocados todos,- Arguyó alguien por detrás.
-Podría.
Rúa Rivas se empeñó en no soltar la pita:
-Ahora es solo usted el equivocado. Le quita valor a su propio merito de espantar al enemigo sin disparar una sola bala. Si al menos los ejércitos tuvieran ese ejemplo.
Lucio Piaf, a su modo, también prosiguió:
-Pero los míos son fantasmas. No sabría qué tan enemigos serán, pero son los causantes de que recurra a este objeto ( un dedo tembloroso señaló la pistola). Lucio Piaf presentía que debía de lucir ante un espejo con una impavidez oscura, sin terminar de conocer los oscuros rincones de su expiación y su vergüenza, pero fuera de pesares y golpes de pecho, determinado a ejecutar la acción, su “ideal”. Para esa hora, desde algún rincón de la enorme ciudad de Bogotá, su cuerpo tendría que haber pasado hace rato a un estado posterior al de la mortandad: la cadaverina.

-Llévese dos pistolas,- continuó C.- El otro hizo un gesto de aprobación.
-Siempre es bueno estar alerta. No es cualquier vuelta.- Dijo Rúa Rivas.
-Usted tomaría la decisión y nosotros le hacemos la estrategia y una rebaja por su fierro,- Sugirió la voz siniestra de C.
-Les digo que debo pensarlo. Mañana traería la razón. – Lucio Piaf sentía que hablaba por hablar.
-Con estas adquisiciones usted quedará completamente seguro de triunfar en la vuelta.
Rua Rivas volvió a la sombra, dejando su ancha espalda contra la pared.
-Calibre 30 o 35, señor lucio? – Exclamo C.
-Yo pienso que el señor Lucio elegiría calibre 35.- Se oyó el susurro de Rúa Rivas.
-Yo también empiezo a suponerlo. –Respondió C.
-Es solo un arma! , Determinó Lucio.
-Pero también esto es solo una vuelta. ¡Y grande!
La voz que masculló no volvería a superficie. Los ojos del hombre de la sombra que había aparecido momentos antes, se fijaban en los de Lucio Piaf con rudeza, como dejando bien en claro algo urgente; un signo de negocio y de amenaza.
C salió y regreso al rato.
-Y aquí están. ¿Qué tal estas bellezas?

Lucio Piaf vio por primera vez las dos armas intercambiándose de mano y eran las de C. las que iniciaban el juego. Y comprobándose a si mismo pululando en el juego inequívoco de aquellos dos hombres que parecían haber llegado junto a la luz siniestra del cuartucho, perdido en el dialogo desatado, y en el que solo buscaba el instante propicio para decir su verdad, y la voz de C. junto a la voz de Rúa Rivas se atropellaban, se amontonaban alrededor del nucleó de su pensamiento y en ese husmear Lucio a su vez olfateaba el fastidio, lo indecoroso y lo que tendría que cesar. Volvía a surgir el dialogo entre ellos, aquel dialogo reanudado que implicaba a Lucio Piaf y en el que era receptor sordo, apenas consciente de que esas palabras iban dirigidas a un motivo que nunca buscó; ese en donde buscaban envolverlo. Lucio Piaf renunciaría a la verdad, a la necesidad de confesión; sabía que hasta el último minuto en que fue pensada pudo haber sido creída.

-No me va a negar que son unas bellezas,- dijo C. Aquel hombre de la sombra parecía un desorbitado por sus ojos voluminosos y atentos, en la manera abrupta como colocaba las palabras en el afán del convencimiento.
-Debe de serlo, pero me parece demasiado-, Exclamó Lucio.
Rúa Rivas, por su parte, escuchaba los particulares atributos que le atribuía C a las pistolas que sacó.

Luego eran C. y Rua Rivas quienes verían el movimiento de las manos de Lucio Piaff, intentando buscar un hueco mágico dentro de su chaqueta y luego la piel de las dos pistolas pasando, una a una, de una mano a otra, y con la mayor rapidez y rigurosidad, de la mesa coja en donde habían sido depositadas hacía ese reducto salvable del bolsillo de su chaqueta. Lo esperaría a su regreso desde una recóndita calle de la lumpen, los seis pisos que lo separan del cielo para enseñarle a la muerte, esa que vino a convocar, su mueca y gesto sin ensayo final. Apenas dieron las espaldas los forajidos y cerrada luego la puerta dejándolo, no lo verían en el instante en que Lucio empieza a descender un tramo que juró nunca ser el mismo al que frecuentó cuando se adentró por vez primera en aquellas calles de la lumpen. En la esquina que consideró , giró sobre sus talones y continuó el camino de salida, nunca mirando para atrás , sin pensar en que la suerte habría podido tenerle o no la estrella bienhechora, inequívoca; incesantemente miraba era el miedo en su cúspide, abriéndole, como acto sagrado o pacto, las puerta del terror para que ingrese. Pero aquel camino no tenía una continuidad alentadora ni una salida próxima. Siempre que quería sacar una mano del bolsillo y a su vez sacudir un brazo a un costado, nada le podía retardar la sensación empalagosa y de energía muerta al percibir los fantasmas de las calles, asaltándolo en el paso menos audaz dentro de su cautela; los desalentados y desalmados, siempre al costado más cercano, y algo más allá de una distancia regida, los anacrónicos, los inseguros, los desconfiados; el otro todavía mucho más allá, que no debe ser otra cosa que un misántropo. Aquellos fantasmas, que sometía a una definición no precisa y que eran subyugada por el miedo y el terror padecidos, tenían hambre y sed, y entre todas ellas estaría su victima. Sin dudar de que fuera así iban por la muerte como quien bajo el imperio de la normalidad viviese. Lucio Piaf, atareado, queriendo no dejar de caminar, explora en el bulto. Para su suerte la siguiente esquina que se le atravesó resultó ser el último reducto de tierra antes de encontrar la luz. A solo unos pasos encontró entonces la carrera decima, frente a frente a los cerros. ¡Otra vez!, pensó, y lo que acometió por ver nuevamente fue a la noche, que seguía naciendo en esa nueva vuelta del reloj y que no observó ( sin saber si por terquedad o desapasionamiento) cuando empezó a resurgir de lo oculto del atardecer. Lucio Piaf prefiere andar por el camino en donde la luna esté relumbrando y está reconfortado por no ser mirado ni en la cara de su vergüenza ni mucho menos en el bulto que se agolpaba en su pecho. Ni los fantasmas de la muerte, como todos los sucesivos, tenían más precisión en lo que es un destino maldito como lo tenían C. y Rúa Rivas. Lejos del sexto piso y de la altura desde donde miraba la magnificencia de las montañas, las nubes teñidas, el aparente cielo azul y blanco de todos los días, Lucio Piaf recuerda el fracaso anterior y piensa, sin llegar a realizarlo, en su mano tomando la empuñadura de las pistolas y llevándola hacia el punto del corazón, insaciable, sugiriendo que pudiera volver a suceder lo de siempre, con los últimos estribos del alma sujetos al gatillo, atravesando una noche a la que llegó un presagio en blanco desde la mañana. Tendría que estar muerto al medio día y no con el gesto con que Lucio Piaf disimula ahora una sonrisa: con una curva fraudulenta, dibujada encima de la línea irascible e inexpresiva de los labios que tiene un asesino.

Texto agregado el 15-03-2026, y leído por 14 visitantes. (0 votos)


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