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La moto va rápido. El viento golpea la cara. Por un momento, todo parece en orden. Hasta que la rueda pisa algo suelto.
Un segundo. Solo uno.
La moto se desliza y el cuerpo sale disparado contra el asfalto. El golpe es seco. La piel se abre contra la calle caliente. Cuando intentas levantarte, ves el daño: la carne raspada, la sangre mezclada con polvo y las piedras incrustadas.
Arde. Late. Pero lo peor viene después.
En la clínica te sientan. El médico mira la herida y sentencia:
—“Hay que limpiarla”.
Saca un cepillo quirúrgico. Cuando el cepillo toca la carne abierta, el dolor es brutal. No es un dolor limpio; es un dolor que quema, que rasga, que te obliga a apretar los dientes para no gritar. Cada pasada del cepillo arranca tierra… y también arranca lágrimas.
Pero el médico no se detiene:
—“Si no saco esto ahora, la herida se pudre”.
Minutos después, la sangre corre roja y cristalina. La herida queda abierta, pero por primera vez, está limpia.
El Cepillo del Alma
Así son las heridas del corazón. Cuando alguien se va, el alma queda raspada contra el asfalto de la vida. Quedan pedazos de recuerdos, promesas rotas y palabras que siguen clavadas como piedras dentro de la carne viva.
Para sanar, hay que limpiar.
Recordar duele. Aceptar duele. Soltar duele más que la caída. Pero ese dolor no está ahí para destruirte; está ahí para sacar todo lo que se quedó enterrado en el centro de tu pecho. Porque una herida de amor no sana cuando el otro vuelve. Sana cuando el alma queda limpia.
Con el tiempo, la piel vuelve a cerrar. La cicatriz queda como un mapa de guerra, pero el dolor ya no manda sobre tu vida.

Texto agregado el 13-03-2026, y leído por 8 visitantes. (0 votos)


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