Tengo que admitirlo. A mis setenta años, en las noches oscuras y profundas, escucho los horrores de aquel momento. Veo la cortina que se mueve, suspiro y trato de dormir, aunque el silencio del presente me propone un final cercano.
Sudoroso y tenso, percibo los tambores opacos y desordenados de mi corazón. Como un autómata, voy al baño, orino sobre la blancura de la taza; el chorro final se queda a medias. Camino a oscuras hacia la cocina para tomar agua. Me calma, me refresca.
Mi oído es fino; la familia ignora lo bien que escucho. Soy un anciano débil, subordinado. Sin embargo, ellos han decidido adelantar mi muerte. Mis bienes, prácticamente, ya los repartieron. Cuchichean en los pasillos: cómo se presentarán en el velorio, qué bocadillos servirán.
A veces tengo deseos de abandonarme. Pero una mano pequeña, dentro de mí, me dice que no. Entonces me veo como un chamaco de diez años.
Vagaba por el malecón. Mis ojos se perdían en la corriente del río. Mi padre, en la cantina; mamá, lavando ajeno para darnos un pedazo de pan. Yo llevaba la ropa raída, los zapatos rotos.
—¡Chamaco, chamaco!
La voz venía de una señora robusta, acanelada, con grandes ojos verdes y un lunar en la mejilla.
—¿No quieres ganarte unos centavos? —preguntó.
—¿Cómo?
—¡Vente conmigo! Tengo una lonchería. ¡Anda, súbete a la lancha, que nos vamos!
Salté al bote. Creí que atravesaríamos el río, pero seguimos corriente abajo hasta la desembocadura y nos adentramos en el mar. Allá estaba El Esperanza, un barco carguero.
—No te asustes —me dijo al oído doña Ema—. Te va a ir bien conmigo.
¿Asustado? ¡No! Estaba deslumbrado. Montarme en el río me llenaba de fuego.
Había muchos hombres, pocas mujeres. Dormíamos en cubierta, bajo una lona. Me dijeron que tocaríamos tierra cerca de la frontera con Guatemala.
Allí, los hombres se internaban en la selva, trepaban los árboles de chicle, hacían surcos para que la resina bajara como leche blanca.
Cuando llegamos al puerto, me compró dos mudas de ropa y unas botas. ¡Nunca había tenido tanto!
—¿Ya llegamos? —pregunté.
—No. Aquí tomamos el tren.
Subimos. El vaivén era suave, como si bailáramos. Mujeres con crías. Hombres con animales. Olores viejos, sudorosos.
Al día siguiente, en la estación, vi casas de palma, adobe, y algunas de dos pisos.
—¿Aquí es?
—Todavía no. Pero vamos a dormir.
Al amanecer, salimos a lomo de bestia. Nunca había montado. A las tres horas, sentía un tumor crecerme en las nalgas.
—¡Sigo a pie! —protesté.
—¡Cuidado con las víboras! —dijo alguien.
No había remedio. Me subí de nuevo a la mula.
Llegamos al anochecer. En medio de la selva, un claro comido por los árboles. Galeras enormes. Hamacas de pared a pared, con pabellones contra los moscos.
Antes de dormir, quemaban hierba para ahuyentarlos.
—Bueno, hijito, se acabaron las vacaciones —dijo doña Ema—. ¡Ve por agua!
Cinco viajes después, me hizo señas: suficiente. Quise dormir un poco más.
—Amorcito, el día apenas empieza...
Veinte hombres estaban bajo su mando. Había que llenar tanques de agua, cortar leña, cocer maíz con cal, molerlo y preparar tortillas. En la vejez de la tarde, me dejaba caer en la hamaca.
El domingo era distinto. No entraban a la selva. Al atardecer, íbamos a la poza.
Un domingo, el Compa me invitó a pasear.
—Cerca hay un árbol de zapote. Yo subo, tú atrápalos.
Salí feliz.
—Hay un puerco salvaje. Lo mataré. Súbete a un árbol. No hagas ruido.
Lo vi desde arriba, machete en mano. Cuando lo hacía caer, la luz del sol se reflejó en la hoja. Zumbó. La oreja del jabalí salió volando.
En vez de huir, el animal embistió. La manada lo rodeó. Cayó. Le rasgaron el cuerpo. La sangre brotaba a borbotones. Gritaba:
—¡Ayúdenme!
Todavía lo sueño.
Uno le arrancó una oreja. Otro lo alzó por el aire. Le faltaba un ojo, un cachete; parecía sonreír.
Lloré. Me cubrí la cara.
Me encontraron. Me ataron al camastro. Me frotaron con alcohol. Me dieron caña con azúcar para curar el espanto. Dejé de temblar. Me dejaron dormir.
Después, nada me asustaba.
¡Cuántos años! Lo peor no es la vejez, es ver cómo la familia se quita la máscara. Afuera, los ósculos y caricias; dentro, cuchillos.
Esperan mi muerte. Lo insinúan. Me niegan medicinas. Murmuran. Se frotan las manos.
Otra vez el sudor. El aire se me escapa. ¡Pero no los dejaré!
Simulé dormir. Tomé mi reserva de medicinas, los documentos, el dinero oculto en un viejo pantalón. Salí amparado por la noche.
Ahí estaba el niño.
El viento del río me acaricia. A mi lado, mariposas y peces. El cielo ocre, los montes rojos. Hay olor de vida.
Estoy en el mar. Veo delfines saltar. Es bello.
Solo debo ajustar el acelerador. Observo el ancla que ataría con doble nudo al cuero de mis botas.
El niño me detiene.
—Yo no quiero morir.
Ahora puedo ver. Como si mi corazón se bañara con luz de mañana. Vuelvo a la ciudad.
En el acuario de la sala del hospital, los peces mueven la cola. Me miran. La sirenita de juguete sonríe, cómplice.
Apoltronado, espero el resultado de los estudios. El tratamiento me ha devuelto la fuerza.
Voy en un crucero. Llevo de la mano al niño. Llegaremos al puerto donde hace sesenta años él caminó, buscándose. Hemos planeado comernos una nieve, ver el mar, sentir la selva.
Mañana... será otro día.
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