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Nos bajamos del autobús a las ocho de la mañana, Andrea estaba entusiasmadísima, ya desde lejos había podido oler el mar y a su primer vistazo, sin perder tiempo, abrazarme y besarme tan fuerte otra vez en la boca, que estuvimos a punto de tambalearnos en la calle. El hotel también lo había elegido yo. Era enorme y quedaba a pocas cuadras de la terminal y de la playa, por eso pudimos instalarnos enseguida y en algo menos de una hora estar sentados frente al desayuno. Únicamente faltaba encontrarnos con Mauricio. Y gracias a esa especie de GPS que parece tener como un chip incorporado, no pasaría demasiado hasta que él mismo nos ubicara. Ya Andrea había terminado su infusión de té con dos o tres tostadas, cuando escuché esa voz familiar, esa especie de grito con que Mauricio nos llamaba: ¡Eh, Alejandro, eh, Andrea!

Apenas lo vi escondí la sonrisa. Siempre me causó un poco de gracia Mauricio, su mal criterio para andar vestido. Sin embargo jamás me hubiera burlado de sus "kilitos de más", "kilitos" que lo obligaban a comprar en tiendas XL. Si yo hubiera tenido semejante prejuicio, nunca me hubiera hecho acompañar por una novia como Andrea, con ese cuerpito que tiene ella más bien tirando a opulento y generoso, eso que en el fondo las flacas le envidian porque no tienen el arsenal de donde pueda agarrarse un hombre. Pero esos son puntos de vista y no quiero entrar en polémicas ni irme del tema. Yo me refería a otra cosa, por ejemplo a las camisas poco convenientes que Mauricio usaba. Lo único que lograba poniéndoselas era resaltar su carnosa humanidad, sobre todo en épocas de calor y vacaciones. Basta decir que, esa mañana, su camisa era de un naranja fluor; y —eso era innegable— con las enormes palmeras azules estampadas por todo lo largo y todo lo ancho, parecía que la prenda hablara por sí misma. A mí, que ya otras veces lo había visto presentarse en reuniones de accionistas, y enseguida llamar la atención de prestigiosos abogados o miembros del directorio, me despertó cierta suspicacia. Porque a pesar de todo, era una cosa que jamás le había visto (nunca se había animado a tanto), y que jamás pasaría desapercibida en ninguna playa, ni para el más miope de los turistas o tiburones. Mauricio nos abrazó, nos besó, nos volvió a abrazar, habló y habló como acostumbraba él cuando estaba contento, hasta hacernos doler las orejas. Claro, la vida le sonreía y en minutos conoceríamos la razón. Porque cuando apareció en escena la muchacha rubia (tendría 22 ó 23 años, no más), de repente frotándose contra él como una gata, con esos enormes, impresionantes, increíbles pechos, no hicieron falta, sobraron las palabras.

Ella era delicadamente rubia, y no sólo por razón de su estatura nos miraba a todos como desde muy alto, desde cabeza y media por encima de mi amigo. Y la perfección de los ojos, la nariz, los labios, eran un capítulo aparte, porque parecían esculpidos por el arte de Michelangelo. En realidad, toda ella daba la impresión de recién haber salido de la mejor porción de mármol. Tuvo que pasar media hora hasta que pudimos hablar a solas con Mauricio. No tranquilo, era de suponer que yo iba a sepultarlo bajo toneladas de preguntas. Sin perder la compostura ni sacudirlo por las solapas, le pregunté de todo, en dónde la había conocido, por qué la había mantenido en secreto, hacía cuánto que estaban saliendo, etc, etc, etc. Me animé a preguntarle todo eso, todo eso menos lo otro. Esa suposición que surge solamente en la cabeza podrida de los mal pensados, me la guardé para mí mismo como un gentleman, como un auténtico caballero. Me refrené porque en mí hubo como una especie de prudencia. Tal vez hubiera cometido una feroz equivocación, lo que significaba una falta de respeto hacia nuestros negocios lucrativos, hacia nuestra amistad de largos años, hacia el orgullo sensible de ese solterón empedernido, hacia Mauricio, a pesar de todo uno de mis mejores amigos.

Mauricio me dio un pequeño codazo porque Andrea y Carolina volvían juntas del toilette. Entonces hicimos planes para compartir el almuerzo y nuestra primera tarde haciendo playa. Mientras subíamos a nuestra habitación para cambiarnos, Andrea empezó a mirarme con una cara... como diciendo... Después tuvimos las típicas conversaciones y entonces me hizo escuchar su punto de vista, donde, según ella, había buen margen para el error, porque en el toilette había podido observar con mejor atención, empezando por la manera de moverse, siguiendo por el delicado retoque de cierto maquillaje, hasta el resaltado final de los labios frente al espejo. Y la voz también. «Si me preguntás a mí, cigarrillo, poco y nada», dijo Andrea mientras se desvestía y me miraba desde un rincón semioscuro de la habitación. Verla así en ese instante, en ropa interior, me hizo pensar en cosas bastante curiosas. Me pregunté cómo sería Andrea en otro cuerpo, por ejemplo el privilegiado de la novia de Mauricio. Claro, Carolina era más joven y por eso —en todo sentido— el primer beneficiado sería yo. Me hubiera gustado verles las caras a algunos colegas míos mientras me descubrían del brazo con una mujer como ella, como Carolina. Despertaría la envidia y los fetiches, seguro, igual que estacionar un deportivo descapotable último modelo frente a los muchachos del café, mientras ellos, pobres diablos, solamente el colectivo o el autito. Esto no debería provocarnos miedo, así son nuestros primeros pasos en este mundillo exacerbado, es la ley de la selva, ni los más veteranos pueden redimirse, qué le vamos a hacer. Y sin embargo Mauricio, siendo uno de los nuestros, nada... Mauricio ahora, increíblemente... nada...

O casi nada, porque, según sucedían las cosas, yo me había imaginado hasta nuestra primera tarde en la playa. Como siempre, lejos estuve de equivocarme. Lo primero que llamaba la atención de la gente cuando nos veía pasar, era Carolina. Después las miradas se centraban en él, es decir en Mauricio. Y ahí estaba lo grandioso, lo que ni yo ni cualquiera de los muchachos del café hubiera podido creer jamás. Las miradas eran de respeto, casi de admiración. Si la gente hubiera sabido lo que yo sabía, que en realidad Mauricio no era para tanto, aunque sí, era importante, pero solamente para nosotros y nuestros negocios, para nuestra prosperidad compartida, porque el engranaje funcionaba así y tenía que seguir funcionando de esa manera ya sea en Silicon Valley o en Budapest o en la China, con algunas piezas que obligatoriamente eran más pequeñas y menos importante que otras, pero de ahí a sobredimensionarlas, a creer que Mauricio tenía lo que había que tener para mover ciertos hilos como solamente lo hacen los elegidos, o posición, o mucha plata... Yo mismo conocía el departamento donde vívia, en realidad un departamentito que ni siquiera contaba con buena vista. Y, para colmo, los más sorprendidos en la playa resultaban ser los adolescentes, que se daban vuelta como no pudiéndolo creer, que Carolina, que una mujer como Carolina...

A menos que... y claro, ahí entraban en juego los mal pensados, los que tienen la mente podrida. Creo que todo eso me giraba en la cabeza mientras mi mano untaba un poco de bronceador en la baja espalda de Andrea. Solamente de a ratos me animaba a mirar hacia ellos, hacia los tortolitos. Ella estaba tan cómoda tendida en la reposera, pero con la cabeza recostada sobre el pecho de Mauricio. Entonces él, creyendo que nadie se daba cuenta, estiraba la mano y le metía un dedo en el bikini. Ahí los ojos de Carolina se cerraban, y los míos también. O mejor dicho bajaban para mirar otra vez mi mano recorriendo la baja espalda a Andrea. ¿Cómo hubiera sido Adrea si tuviera ese cuerpo? Era imposible no preguntármelo, lo hacía cuando las veía a los dos juntas metiéndose en el agua, tan diferentes entre sí. Carolina con su andar esbelto, lleno de gracia, con el meneo de sus dos enormes atributos que podía hipnotizar serpientes. En cambio Andrea nada que ver, ella se movía a su manera, como podía, una manera tan particular de ir casi arrastrando los pies, con los hombros un tanto caídos, una manera que sin embargo a mí me había gustado mucho.

Durante esos días yo hubiera preferido otra cosa, por ejemplo tratar más sobre el tema Carolina, pero Andrea elegía la televisión y las redes sociales, y Mauricio se escapaba de mí todo lo que podía. Entonces yo me tragaba las palabras. Y llenarse de palabras no es conveniente para una personalidad como la mía, que de la nada se vuelve hiperactiva, con iniciativas de todo tipo. Ya a partir del segundo día, cualquier pretexto me resultó válido para poner en marcha mi culo inquieto. Podía ser un partido de voley en la arena, o un paseo por el casino, o sencillamente una cena en uno de los mejores restaurantes o parrillas. Y yo tenía que ser la punta de lanza, el que llevaba la voz cantante. Asombraba un poco la pasividad de los demás, lo dóciles que eran ante mi impulso. Con el partido de voley nos reímos muchísimo, sobre todo las mujeres al borde de la cancha, aunque a veces veía a Carolina intentando apuntar la risa para otro lado. Verlo a Mauricio rodando por la arena —literalmente rodando—, y después tratando de levantarse hecho una milanesa, no podía producirnos otro cosa que risa. Esa tarde perdimos 20 a 8. Un afano, sí. Fuimos vencidos por dos empleados bancarios flacuchos y fuera de estado. Pero nos divertimos, vaya si nos divertimos, un poco a costa de Mauricio, pero nos divertimos.

Carolina era de hablar poco. Durante las seis o siete cenas que la vi junto a Mauricio, no hizo más que pronuciar lo indispensable. "Soy de tal ciudad", "estudié en tal colegio", "tuve mi propia empresa de negocios pero no prosperó", fueron algunas de sus pocas e increíblemente torpes palabras. De brillante pelo rubio, de hermosa apariencia, encima era callada. Solamente Andrea la alentaba a ser más participativa. A veces tuvo que hacer lo mismo con Mauricio, que de a ratos se le daba también por caer en el más insólito silencio. De mi parte, no podían esperar mucho. Pero así y todo, jamás permití que gastaran un solo centavo en ninguna de las cenas que compartimos. Eso sobre todo la noche después del casino, cuando me sonrió la fortuna como nunca antes me había sucedido en la vida. Carolina y Andrea me aplaudieron y vitorearon en el Tragamonedas, en el Black Jack, en la Ruleta Americana. Me pareció que tan enorme entusiasmo merecía alguna recompensa, retribución que saldé enseguida, apenas descubrimos la primera joyería.

Pero (siempre hay un "pero") llegaba el tiempo de decirnos adiós, de decírselo también a aquel tiempo maravilloso de sol y vacaciones. Y la última tarde no la podíamos estar pasando mejor. Andrea tomaba el sol, Mauricio se quedaba a cargo del castillo de arena que yo mismo había empezado. Estaban los dos tan distraídos, tan en su mundo cada uno, que no me vieron levantarme e ir acercándome a Carolina. A cierta distancia la había perseguido solamente con los ojos, y ahora estaba bastante alejada, comprando un refresco que ya reposaba en su mano. Desde tan lejos no alcanzaba a distinguirlo, pero algo me decía que era uno de esos refrescos exóticos y bastante caros, un trago apetecido por las mujeres como Carolina. Me le puse al lado y entonces le dije...

... que hacía una hermosa tarde y un hermoso sol, y que además sería una pena despedirnos así, como quienes no intercambiaron sus números de teléfono. Entonces, como si hubieran gritado su nombre, Carolina, dirigió una pronta mirada en dirección al mar, no tan enojada, porque desde el principio y de alguna manera esperaba mis palabras. Pero en el mar no había nada que buscar, todo estaba aquí, ahora y al alcance de su mano, era evidente en mi manera de mirarla, de inclinar todo mi cuerpo hacia ella, cosas que Mauricio no tendría que sospechar jamás, porque él seguiría con su vida, incluso junto a Carolina, caminaría con ella, dormiría con ella, la abrazaría, le haría el amor, pero por un costado correría, casi como una obligación, la otra parte de Carolina, el pueblito perdido en el mapa, el negocio por ahora fracasado, después las joyas, los viajes en crucero, y también aquellos colegas y amigos míos que jamás la conocerían, que jamás la verían de mi brazo, en fin, todas esas cosas, la esperanza de una vida mejor.

Texto agregado el 08-03-2026, y leído por 10 visitantes. (0 votos)


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