Jugaba con mis compañeros en el patio de la primaria. Una franja tan llana, qué no en balde, luego fue play de pelota. Y por lo fácil de montarlo, afirmo que lo practicado aquella vez, era voleibol. Pero un movimiento mío para chocar la bola y ponerla del otro lado de la malla, me acercó mucho a Alberto.
Y fue tanto que pude olerle el sudor qué le bajaba desde los sobacos. Entonces y sin pensarlo me atreví a señalárselo. Y a su fulminante respuesta, le antecedió una amenazante y pétrea mirada. Pero jamás imaginé que eso cortaría nuestra amistad. Nacida unos años antes en aquel mismo plantel. Y al intimidante preludio, le siguió un silencio, aún después de haber regresado al aula.
Y, ni siguiera el ilógico desvío que le di a mi retorno a casa, pudo atenuar el rencor del chico. Pero, tampoco la química que ata a los que comparten la niñez en el mismo espacio de suelo. Ni, mucho menos, el influjo de los factores que unen a un compueblano con otro: el catecismo, el cruce de un trillo, un callejón, una calle, nuestro río, los desfiles, las patronales, los retretes y las matines del Peravia y el Carmelita.
Mientras tanto, la rueda del tiempo no paró de rodar. Y unos trece años más tarde ingresé al CURNE. Pasando que en los recesos, una joven que al igual que yo, se quedaba dentro del aula para bordar(ella) y tejer maravillas, me abrió un noble resquicio amistoso. Y cuando creció la confianza, me habló de su novio. Cuya foto, entre tejer y comentar, la ponía fuera de la bolsa del hilo. Pero para mirarla sólo ella.
Y pronto aquel tiempo preuniversitario llegó a su fin. No obstante, el deleite de verla tejiendo, sonriendo y con gracia cambiar de postura sobre la butaca, fue sustituido por un constante lagrimeo suyo. ¡Y tan intenso, que la fotografía de Alberto sé borró!
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