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Inicio / Cuenteros Locales / chiclayana / El verdadero amor de la pata Josefa

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Érase una vez una pata muy coqueta llamada Josefa. Josefa tenía plumas blancas como nubes y un andar elegante que hacía suspirar a todos los animales del lugar.
Josefa tenía tres pretendientes.
El primero era Benito, un pato fuerte y presumido. Siempre decía:
—¡Mira mis alas! ¡Soy el mejor nadador de toda la laguna!
El segundo era Rafa, muy divertido y hablador. Cada tarde le llevaba semillas y le contaba chistes.
—¡Conmigo nunca te aburrirás, Josefa! —decía guiñando un ojo.
El tercero era José, un pato sencillo, de pocas palabras, pero de mirada noble. No prometía grandes cosas. Solo le decía:
—Si necesitas algo, aquí estoy.
Josefa disfrutaba la atención de los tres admiradores. Le gustaba caminar por la orilla mientras los tres la seguían como una pequeña procesión.
Pero un día, mientras exploraba cerca del viejo muelle, el suelo estaba resbaloso. Josefa dio un paso en falso… ¡y cayó!
—¡Cuac! —gritó.
El golpe fue fuerte. Los animales corrieron a ayudarla y la llevaron con el sabio doctor del bosque, el señor Búho.
Después de revisarla con cuidado, el doctor dijo con voz suave:
—Josefa, hija… tus patitas están muy lastimadas. Tal vez… no vuelvas a caminar como antes.
El silencio cayó como una piedra en el agua.
Josefa sintió que el mundo se deshacía. ¿Cómo pasearía ahora? ¿Cómo nadaría hasta la isla de los lirios?
Al día siguiente, Benito fue el primero en enterarse, y llegó a visitarla.
—¿Que ya no podrás caminar? —murmuró—. Qué pena… bueno… yo necesito una compañera fuerte para mis competencias.
Y no volvió.
Rafa llegó con unas semillas, pero al verla triste y sin poder moverse, bajó la mirada.
—Esto… yo… tengo cosas que hacer. Luego regreso.
Pero tampoco regresó.
Josefa pasó horas mirando el reflejo de la luna en el agua, con el corazón encogido.
Entonces escuchó unos pasos suaves.
Era José.
No traía flores ni discursos. Traía una pequeña carretilla hecha de madera con ramas y hojas firmes.
—No sé si puedas caminar —dijo sonriendo con timidez—, pero puedo llevarte a ver el atardecer.
Josefa lo miró sorprendida.
—¿No te importa que ya no pueda andar?
José negó con la cabeza.
—Yo no me enamoré de tus pasos… me enamoré de tu corazón.
Desde ese día, José la llevaba cada mañana a la orilla de la laguna. Le ayudaba a hacer sus ejercicios, le contaba historias y, cuando Josefa lloraba en silencio, él simplemente se quedaba a su lado.
Con el tiempo, y gracias a la paciencia y los cuidados, Josefa logró ponerse de pie otra vez. Caminaba despacio, diferente… pero caminaba.
Una tarde, mientras el cielo se pintaba de naranja, Josefa le dijo:
—Cuando podía caminar, muchos me querían por cómo me veía. Cuando no podía, solo tú te quedaste. Ahora sé quién me ama de verdad.
José sonrió.
Y así, en aquella laguna ambos se casaron y tuvieron hermosos patitos, Benito y Rafa aprendieron una lección y se dieron cuenta de lo que habían perdido:
El amor verdadero no corre cuando hay problemas.
Se queda, acompaña y empuja la carretilla si es necesario.
FIN

Texto agregado el 04-03-2026, y leído por 11 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
04-03-2026 Qué tierno este cuento, me gusta mucho, ideal para contarlo un día lluvioso a los nietos, te mando un beso. ome
04-03-2026 Enternecedor a fábula Hermoso cuento que se me erizan las plumas!!! yosoyasi
 
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