Hoy decidí comenzar a ordenar mi vida, trazar un plan de retorno para recuperar lo perdido. Tal vez este periplo me cueste a mí mismo.
Mis sueños, poco a poco, se va desvaneciendo. Creo que el exceso de tristeza y soledad son la razón.
No puedo manejarlo. Todos los días intento, pero mi mente me engaña con falsas promesas y juega conmigo un juego peligroso, del que es difícil escapar, donde mi vida corre peligro en cada momento.
Es como una justa medieval: el destino, vestido con armadura negra y empuñando poderosas armas afiladas que cortan las palabras sin nombrarlas. Está montado en su furioso corcel, que repiquetea las patas nerviosas esperando la carrera final.
En la otra punta estoy yo: solo, de pie, con un pantalón azul gastado y una remera blanca. En mi mano sostengo apenas un delgado lápiz.
Allí estamos, frente a frente, mirándonos con firmeza. Pasa el tiempo y ninguno baja la mirada. Solo aguardamos quién será el primero en comenzar el duelo.
Miro mi lápiz y pienso que estoy en inferioridad de condiciones frente a mi poderoso adversario. Pero no me desanimo: sé que una sola palabra puede vencer cualquier arma de este mundo. Aunque también puede destruirme si no la utilizo correctamente.
Un fuerte viento levanta el polvo que se alza entre el negro destino y yo. Me ciega, no me deja ver; todo se oscurece frente a mí. Sin embargo, escucho el galope inicial del poderoso corcel. Sus pisadas retumban como los latidos de un corazón desbocado.
Permanezco inmóvil, incapaz de distinguir más allá de mi propia nariz, aguardando a que la lanza incierta atraviese mi cuerpo y me libere, al fin, de toda tristeza y dolor terrenal.
El toc, toc, toc de las herraduras golpeando sin piedad el suelo resuena en mis oídos. Cada vez más cerca. Mi corazón se acelera y sigo sin poder ver. Solo polvo, girando y envolviéndome en un torbellino…
Mis latidos ya se confunden con el estruendoso galope de la bestia que avanza.
La respiración se agita, el aire me falta, el sudor me empapa. Una gota fría desciende por mi sien y en su lento recorrido, se mezcla con el polvo que azota mi rostro, transformándose en una masa áspera que desgarra suavemente mi piel.
El suelo comienza a temblar, anunciando que el destino está aquí, muy cerca… demasiado cerca.
Miro mi lápiz una vez más, fijamente y pienso para mis adentros cuán filosa es su punta, qué letal podría ser si lo utilizara con precisión.
Rozo mi pulgar sobre la mina afilada, semejante a una lanza lista para atravesar el pecho y destrozar el corazón de cualquier ser humano.
Repaso todas mis oportunidades y en ninguna encuentro salida. Solo queda esperar el inevitable frío del hierro abriéndose paso en mi cuerpo desdichado.
Levanto la cabeza. Entre el estruendo del galope ensordecedor y el polvo que todo lo cubre, distingo los ojos rojos del corcel, desbordados de furia. La armadura negra del destino emerge de la polvareda como una sentencia, como si me advirtiera que esa será la última imagen que veré en este mundo.
A pocos metros, la lanza desciende y sin compasión, apunta directo hacia mí.
El tiempo se ralentiza. Cada milisegundo se vuelve una hora, cada hora un milenio, cada milenio un eón…
Comprendí, en ese instante único, que soy el artífice de mi propio destino. Que solo yo tengo el verdadero control.
Y justo ahí, cuando la lanza oscura y fría está a centímetros de mí, aprieto el lápiz con fuerza. Tomo una última bocanada de aire, cierro los ojos y lo clavo en mi pecho hasta alcanzar el corazón, desgarrándolo, desangrándolo hasta el final.
Todo se desvanece y por primera vez entendí que yo, solo yo, decido el desenlace de mi propia historia.
“Las palabras escritas con un lápiz pueden dar vida a maravillas, encender amores desbordados… pero también herir de muerte con una crueldad implacable.”
Fernando J. Beliera
|