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Lo veía siempre que iba al supermercado. Él era un hombre mayor, jubilado seguramente, que por lo menos dos veces a la semana se compraba un kilo de manzanas. El dinero no le sobraba al parecer, porque elegía cada manzana como si fuera la última fruta que probaría en su vida. Las agarraba del cajón, una por una, y las observaba hasta que un estricto criterio personal las aprobaba. Si hubiera estado permitido cortarlas ahí mismo por la mitad con un cuchillo, el hombre de las manzanas lo hubiera hecho, solamente para asegurarse que por dentro la fruta estuviera dulce y arenosa.

Yo también compraba manzanas, además de otras frutas que me encargaba Marisa. Las manzanas de ese supermercado eran bastante sabrosas, por eso me parecía innecesario andar revisándolas una por una solamente para comprobar que estuvieran en condiciones. Pero bueno, cada uno tenía el derecho de analizar su compra como más deseaba, y en ese sentido yo estaba de acuerdo con el hombre de las manzanas.

Cuando estaba mordiendo una manzana a la noche en mi casa, después de haber cenado con Marisa y con mi hija, me vino a la memoria el hombre de las manzanas. Se lo dije a Marisa y creo que logré despertar su curiosidad. Y cada vez que mi esposa se ponía curiosa, mi hija de ocho años hacía lo mismo. Ella solía plantearme preguntas para las cuales yo todavía no tenía respuestas, ¿Cómo se llama el señor de las manzanas? ¿Cuántos años tiene el señor de las manzanas? ¿Tiene esposa el señor de las manzanas? Me causaron gracia tantas preguntas a la vez, por eso puse mi dedo índice sobre los labios de mi hija y todos nos reímos.

Tal vez fue por las risas que provocó, que mi esposa me sugirió que lo invitara al hombre de las manzanas a tomar el té aunque sea una tarde. Yo la quedé mirando como diciéndole que la broma ya se había terminado, pero mi esposa no se estaba riendo, me lo decía en serio. Yo me quedé pensando en que ni siquiera conocía el nombre del hombre de las manzanas, ni tampoco dónde vivía. Ante mi silencio (porque yo seguía pensando) mi hija me dijo que ella también quería conocer al hombre de las manzanas. Yo la quedé mirando y entonces se me ocurrió una idea que me pareció acertada. ¿Por qué no llevar a mi hija de compras al supermercado para que ahí conociera al hombre de las manzanas?

Mi hija estuvo de acuerdo y mi esposa también. Aunque, la verdad, yo no entendía tanto entusiasmo por conocer a un hombre que solamente compraba manzanas. Esa noche, cuando llevamos a Melanie a su habitación para desearle las buenas noches, me recordó que le había prometido llevarla a conocer al hombre de las manzanas. Claro, le dije yo, una promesa es una promesa.

A la mañana siguiente, antes de levantarme, mi esposa ya había preparado el desayuno, e increíblemente Melanie también se había despertado más temprano de lo habitual. Tenía cara de dormida y en la silla que había al lado suyo estaba su mochila lista para ir a la escuela. Mi esposa tenía una amplia sonrisa mientras me servía el café con leche. Pero yo sabía que habían estado hablando entre ellas, aunque no pregunté sobre qué.

Me despedí, pero antes de abrir la puerta para salir rumbo al trabajo, mi esposa me detuvo y me dijo que Melanie tenía algo para recordarme, "me prometiste llevarme a conocer al hombre las manzanas". Me sorprendí de que todavía recordara una promesa tan baladí, pero igualmente le dije que sí, que recordaba lo que le había prometido. Entonces Melanie sonrió como la vez que le había prometido llevarla al carrusel.

Pero cuando llegué a mi trabajo, enseguida me di cuenta de que mi día iba a estar bastante complicado. Rápidamente me acordé de la sonrisa de Melanie y por eso llamé por teléfono a casa, para avisar que llegaría tarde y que no podría llevar a Melanie a conocer al hombre de las manzanas. "Qué pena", me respondió mi esposa, "con lo ilusionada que estaba". Yo me disculpé, pero sabía que con una disculpa no iba a devolverle la sonrisa a mi hija.

Llegué casi de noche a mi casa. Marisa ya tenía lista la cena mientras Melanie empezaba a bostezar frente al televisor. Marisa me contó que Melanie se había pasado toda la tarde preguntando si la llevarían a conocer al hombre de las manzanas, por lo que tuvo que decirle la verdad, que yo esa tarde no iba a poder cumplir mi promesa. Pero Melanie insistió tanto que Marisa igualmente se vio obligada a llevarla al supermercado para conocer al hombre de las manzanas, quien lamentablemente no estuvo esa tarde comprando sus habituales manzanas. Cuando Melanie escuchó todo lo que mi esposa me estaba contando, dejó de mirar la televisión para decirme que en lugar de conocer al hombre de las manzanas, habían conocido al muchacho de las manzanas. ¿Cómo?, le pregunté yo.

Enseguida Marisa la interrumpió para decirme que con Melanie habían visto a un muchacho que revolvía con ahínco en el cajón de las manzanas, como si estuviera seleccionándolas para llevarse las mejores a su casa, y que cuando el muchacho levantó la vista del cajón y las vio a Marisa y a Melanie haciendo la fila en el supermercado, enseguida se las quedó mirando, hasta que Marisa se sintió incómoda y Melanie también. Marisa me contó sobre los ojos bien grandes del muchacho, como si nunca hubiera visto una mujer en su vida. Enseguida tuvo miedo por Melanie y por eso decidió abandonar la fila para volverse a casa con las manos vacías.

Marisa decía la verdad, porque en la heladera no había ni frutas ni verduras. Por eso tuve que conformarme solamente con un bife a la plancha. Marisa me dijo que había preparado una gelatina de frutilla, pero yo le dije que gracias.

Como todas las noches, con Marisa llevamos a Melanie a la cama. Justo cuando la estábamos tapando con el acolchado, Melanie me preguntó cuando la iba a llevar a conocer al hombre de las manzanas. La miré de una forma un tanto condescendiente y le dije que lo antes posible, cuando dejara de tener tanto trabajo en la oficina. Melanie asintió aunque en los labios se le dibujó un pequeño gesto de decepción, símbolo de que no estaba muy conforme con mi respuesta.

Ya en nuestro dormitorio, con Marisa nos pusimos a hablar sobre Melanie. Marisa me dijo que la veía un poco mejor, que aparentemente estaba superando poco a poco esa timidez que la aquejaba y que por eso en el colegio tenía una mejor relación con los demás compañeritos. Con Marisa siempre hablábamos en voz baja, porque dejábamos la puerta de nuestro dormitorio abierta, así como también la puerta del dormitorio de Melanie, por eso pudimos escuchar su llanto a la madrugada y correr a ver qué le ocurría a nuestra hija.

Melanie estaba tapada hasta la cabeza con el acolchado. Cuando Marisa se lo quitó, vimos que Melanie tenía los ojos llenos de lágrimas, seguramente producto de una pesadilla. Yo le pregunté qué habia soñado, a lo que Melanie respondió entre sollozos que con el hombre de las manzanas. Yo le dije que no había por que llorar ya que solamente había sido un mal sueño, pero Melanie siguió llorando igual. Cuando se estaba calmando un poco, gracias al vaso de agua que le dimos de beber, Marisa le preguntó qué más había visto en el sueño. Melanie nos contó que al hombre de las manzanas, quien le había mostrado una manzana que se sacó del bolsillo del pantalón mientras le insistía para que se acercara. Pero lo que más le había asustado no era eso, sino los ojos con los que el hombre de las manzanas la miró, con una mirada que daba miedo, diría más tarde Melanie, cuando ya estaba sentada en la cama entre los brazos de su mamá.

Marisa se quedó con ella hasta que Melanie se durmió. Después me contó que todo había sido tan extraño esa tarde, cuando fueron a comprar frutas al supermercado y en lugar del hombre de las manzanas, se cruzaron con ese muchacho que las había mirado de esa manera y que las obligó a salirse de la fila y a regresar a casa con las manos vacías.

A la mañana siguiente, cuando me levanté para ir al trabajo, Melanie todavía dormía, o por lo menos estaba en la cama mientras su desayuno se enfriaba en la cocina. Le pregunté a Marisa si iba a despertar a Melanie para llevarla al colegio, a lo que Marisa respondió que no estaba segura de eso, tal vez la dejara en la cama hasta que se levantara por sí misma.

Por suerte, ese día las cosas estuvieron más tranquilas en la oficina y pude llegar a casa más temprano que el día anterior. Marisa me dijo que Melanie se había despertado a las nueve de la mañana y que un rato después la había querido llevar de compras, sin embargo Melanie se negó rotundamente, tanto que se puso a llorar imaginándose que la iban a llevar a la fuerza hasta el supermercado, donde seguramente se iban a encontrar con el hombre de las manzanas. Otra vez con eso, le dije a Marisa, mientras nuestra hija miraba los dibujos animados en la televisión. Entonces le dije a Marisa que yo mismo iba a llevar a Melanie al supermercado para que conociera al verdadero hombre de las manzanas, y para que comprendiera que en realidad él era una buena persona y que jamás le haría daño a ninguna mujer, ni siquiera con la mirada. Marisa no estuvo segura de si sería una buena idea, pero yo le recalqué que sí. Entonces la llamé a Melanie para que me acompañara al supermercado porque nuestra heladera estaba prácticamente vacía, a lo que Melanie se puso a hacer pucheros y después comenzaron a caérsele las lágrimas. Yo la subí a mis rodillas y le pregunté por qué razón no quería acompañarme al supermercado para comprar, entre otras cosas, algunas manzanas. Melanie me miró a los ojos y me dijo que ahí estaba el hombre de las manzanas. Entonces yo le subrayé que él era un hombre bueno, que solamente comía manzanas, pero Melanie siguió llorando.

Esa noche, Melanie nos pidió que la acompañáramos a su habitación hasta que se durmiera, cosa que hicimos junto con Marisa. Después nos fuimos a acostar mientras charlábamos sobre la conveniencia de llevar a Melanie a algún especialista, pero Marisa opinó que era mejor esperar a ver cómo evolucionaba la cosa, y que si dentro de una semana Melanie no demostraban alguna mejoría, entonces sí tendríamos que llevarla a algún psicólogo o algo por el estilo.

A la mañana siguiente yo mismo fui a despertar a Melanie a su habitación, le dije que era hora de ir al colegio, a lo que Melanie dio una gran bostezo pero finalmente se levantó de la cama para ir a cepillarse los dientes y después para desayunar junto a nosotros. Dejé que Melanie se terminara su taza de café con leche para decirle que cuando papá regresara de trabajar a la tarde, iría a comprar manzanas y quería que su hija fuera con él. Melanie no estuvo muy segura de qué responderme, pero no le di muchas opciones.

Durante todo ese día estuve pensando en si Melanie querría ir conmigo al supermercado a comprar manzanas. Al mediodía le escribí a Marisa para que se lo recordara a Malanie. Marisa dijo que bueno.

Cuando salí de la oficina estaba decidido a llevar a Melanie a comprar manzanas, pero al pasar por el supermercado dudé, aunque de inmediato me dije que era mejor intentarlo, por eso entré a casa y apenas dejé mi bolso tirado sobre el sillón de la sala, le dije a Melanie que me acompañara al supermercado, cosa que Melanie no quiso hacer, por eso se agarró fuerte de un almohadón del sillón y se puso a llorar a los gritos.

En ese momento nos miramos con Marisa, mientras decidíamos quién de nosotros iría a comprar manzanas al supermercado de la esquina.

Texto agregado el 27-02-2026, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


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