NOCIÓN DE MUERTE
Cada tanto, la muerte se instala en mi pensamiento. Llega, se sienta, se acomoda, pide un café humeante y saca un largo cigarrillo con boquilla que sujeta con su mano izquierda, ausente de carnes, que deja reposar en su codo apoyado en la mesita redonda de vidrio, teniéndome a mí sentada frente a ella. Con movimiento calmo, da fuego a su cigarro. Entonces, lista, se predispone a iniciar nuestra plática.
La idea es ponernos al día desde nuestro último encuentro; hay mucho que contarnos.
Es muy grato conversar con ella, sabe dar ambiente de confianza y verdadera atención a la escucha, cosa muy escasa hoy en día, donde relacionarse con los demás resulta difícil por el apuro, las preocupaciones, los golpes duros de la vida, el ensimismamiento por temor a la exposición de vulnerabilidades, volviendo la comunicación algo agobiante.
Me pregunta, ¿por qué me trajiste esta vez?. Le respondo, siempre te tengo presente y lo sabes muy bien, desde aquella noche, cuando era una niña de 10 años y me asustaba mucho que mi abuelita materna que siempre vivió con nosotros y era quien me cuidaba y regaloneaba, mientras mi mamá trabajaba, se muriera. Siendo que siempre he sido muy mala para las matemáticas, a esa edad, recuerdo muy bien que rezaba todas las noches ( era la época en que disciplinadamente lo hacía, por nacer en un hogar que profesaba la religión católica, ver a mi abuela desde que abrí los ojos con rosario en mano y asistir toda mi educación básica y media a un colegio de monjas) pidiendo para que mi abuelita María Luisa Monticelli -recuerdo muy bien que la nombraba deliberadamente, para que no quedara duda alguna que se trataba de ella y no cualquier abuela genérica- no falleciera hasta que por lo menos yo tuviera 20 años cumplidos, haciendo una inocente proyección que a esa edad yo ya no necesitaría tanto de ella para poder enfrentar la vida sola y sin la pena de no contar con su amoroso cobijo a mi lado. Incluso recuerdo que hasta me sentía egoísta de pensar solo en mi necesidad de amor de abuela.
Pasó el tiempo y me acercaba a cumplir mis veinte años, en eso siento como un sobresalto al corazón, recuerdo esa petición y a pesar de ser adulta, me invadió una angustia enorme, igual a la de niña, sin querer dar paso en mi mente a lo que yo sabía muy bien que era.
La muerte fue buena, no se llevó a mi abuelita, hasta transcurridos cuatro años más, yo cumpliendo veintecuatro años y recién casada.
Solo te traje para conversar, para contarte que te he escrito poemas, uno se llama “La visita”, el que le sigue, se titula “Otra manera de nombrarla” y también estás sugerida en algunos más.
Además, tengo pensada una feliz despedida, para cuando sea mi regreso al mundo estelar. Porque si para el nacimiento y llegada al mundo terrenal celebramos la bienvenida de esa preciosa vida por comenzar, con mayor razón siento que el partir, también amerita celebración del haber estado, vivido y dejado de bueno y tú serás la invitada principal.
La muerte escuchaba, pausaba un poco su fumar, percibí en ella, cierto agrado cuando recepcionaba mis palabras, pero la muerte no hablaba, ella después de oírme, decidió solo ser sutil presencia, esperó un rato sosteniendo el cigarrillo sin fumarlo, hasta que lo aproxima delicadamente al cenicero, lo posa sin presionar, me mira y se levanta serenamente, no emite palabras ni sonido alguno, solo se retira. Permanezco sentada y mi vista es atrapada por el hilo de humo que sobrevive de aquel cigarro.
Julieta Elvira |