Alguna vez te pregunté por el Rondi y pusiste cara de "no me acuerdo". ¿Cómo es posible, si tu marido y tú eran uña y carne con él? Y con menosprecio me contestaste: «Ah, el Rondi, pues no sé nada de él».
Allí sí te di la razón: a mí me pasa lo mismo, soy desmemoriado.
Era ágil, juvenil, con sus rizos dorados que le caían sobre la frente. Tenía una manera de caminar felina y, al cruzar la pierna, dejaba que el pie se balanceara como si tuviese resorte. Era típico de él, como lo tuyo: antes de que el pie dejara de moverse, revoloteabas en la cocina y desde allá le preguntabas: «¿Qué se te antoja?». Tu esposo sonreía, satisfecho de que fueses tan buena anfitriona.
Latz y yo nos preguntábamos qué les habías dado para tenerlos tan mareados.
Había llegado del norte, pero nadie habló de cómo se conocieron ni por qué todos los días llegaba a tu casa y comían con él. En algunas ocasiones, ya de noche, nos despedíamos Latz y yo, y él seguía con ustedes en la plática.
Antes del Rondi, los cuatro —Latz, tú, Toño y yo— hacíamos planes. Tuvimos viajes de placer hacia el río, el mar, o íbamos de serenata el día de las madres. Por supuesto, terminábamos mareados por la cerveza.
Recuerdo que nunca te sobrepasaste. Tu esposo tenía un carácter llevadero, pero algunas veces se alteraba y era capaz de desbaratar cualquier plática; entonces había que despedirse. ¿Habrá pasado lo mismo con el Rondi? Solo sé que ese episodio, para ti, fue especial: que más parecías esposa del Rondi que de tu marido.
Latz y yo secreteábamos que el amor se te veía en todas partes. Te reconocía por ojos de gata, boca roja y gruesa, el busto grande y unas piernas largas y velludas. —Sí, la mujer no se rasuraba como ahora lo hacen—.
¿A poco tu esposo no se daba cuenta de tus cambios? Pienso que no, porque él también estaba entusiasmado con la amistad del nuevo amigo. Tenía tanta confianza que, cuando se iba a trabajar, el Rondi se quedaba contigo haciendo sobremesa. Claro, eso también pasaba con Latz y conmigo, y despedíamos al gordo con bromas. Él se iba contento de que tú te quedaras bien acompañada.
¡Cuántas fiestas tuvimos sin el Rondi! Estábamos solos en tu casa, se fue la luz. En la oscuridad sentí tus manos. Tu boca cercana. Bajé el zíper: lo suficiente para sentir la humedad de tu boca. Luego tu voz: «Ya vete…».
Semanas después, el que llegó fue el Rondi, y ya no hubo noches sin luz, ni manos deseosas.
Y ahora que te pregunté por él, dices que no sabes nada. Tal vez se te olvidó. Pero a mí no.
Aún rescato, con mis manos, alisando tu cabellera. |