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El Hombre del Presente
Sobre la cama: un libro, un celular y unas sábanas revueltas, pegajosas por el sudor o quizás por el peso del tiempo. Abrió sus ojos negros y consultó el reloj. Las tres de la mañana. "Temprano", se dijo. Apagó la lámpara, soltó el reloj y emprendió el viaje hacia el baño.

A los ochenta años, cada trayecto es una apuesta. Pensó que quizás no llegaría, pero sintió el impulso: "haré el esfuerzo". Sus piernas, finas como palillos de dientes, sostenían un cuerpo que se sentía de cartón. Sin cabello, con el rostro desdibujado por los pliegues, avanzaba guiado solo por la luz de sus propios ojos.

Al llegar al baño, encendió el interruptor pero evitó el espejo. ¿Para qué? Viejo, feo y con el único sueño inmediato de miccionar y lavarse las manos. Al terminar, sonrió con la sabiduría de esos perros que huelen las viejas costumbres. Apagó las luces y, en la penumbra total, empezó a "nadar" lento hasta el borde de la cama.

Miró el suelo, reconoció las huellas de todas sus noches y se echó al piso. Hacía calor, un calor espeso. El pensamiento de una mujer joven encendió un resto de libido; sonrió pensando que aún valía la pena soñar. Cerró los ojos. Respiraba largo, como una ballena, exhalando el aire cálido de aquel cuarto abarrotado de libros viejos, una computadora y una sola foto pequeña.

En medio de ese silencio puro, una sombra negra se le acercó y comenzó a acariciarle la cabeza calva. El octogenario abrió los ojos y vio aquel montículo de oscuridad con forma humana que lo observaba como a un becerro.

—¿Ya es hora? —preguntó él, sonriendo.

La presencia, que latía con un brillo de infinitos puntos en su negrura, se acercó a sus labios y le susurró:
—Aún no. Aún debes seguir cambiando. Debes despertar, abrir los ojos y salir de este asilo.

Bajo sus pies, el suelo ya no era frío. El linóleo se sentía como arena húmeda, una tierra negra y vibrante. Entendió que esa oscuridad no era vacío, sino el Mar de la Fertilidad Interior: el sedimento de sus ochenta años de vida convertido en un océano denso donde nada se pierde.

—No sales de aquí porque te vas —le dijo la sombra—, sino porque te has desbordado. Eres demasiado grande para estas paredes.

En calzoncillos cortos y medias gruesas, cruzó la salida. El vigilante no lo vio pasar; la reja se abrió sola. Las farolas de la calle se encendían a su paso como escoltándolo. Un gato se unió a su marcha, luego un perro, hasta que llegó a un parque. Se sentó en una banca y sintió que el parque entero respiraba con la cadencia de la panza de una ballena.

Miró al cielo y el cielo le devolvió la mirada. En ese instante, todos los sonidos del mundo empezaron a piar como ángeles. El anciano cerró los ojos y se dejó sumergir en ese espacio sin fin de puntos infinitos que transpiraban paz.

De pronto, abrió los ojos de nuevo. Ante él, el rostro de enfermeras y doctores se amontonaba en una agitación lejana.
—Ha despertado... ¡ha despertado! —decían.

Pero el anciano ya no veía el hospital, ni las máquinas, ni los rostros. Solo veía, ante sus ojos, la danza eterna de los infinitos puntos de luz.

Texto agregado el 20-02-2026, y leído por 15 visitantes. (0 votos)


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