El ser humano.
Jacinto había sido un eminente científico que debido a su edad había pasado a formar parte de los jubilados y sin nada más que hacer que seguir tratando de ponerse al día con algo que siempre llamó su atención, la lectura de libros que por falta de tiempo nunca había leído.
Por costumbre, se levantaba a las seis de la mañana, invierno y verano, se preparaba su desayuno y volvía a la cama a degustarlo tranquilamente y algunas veces, al terminarlo volvía a conciliar el sueño algunos minutos más, antes de levantarse y comenzar su tarea de terminar alguna lectura que el sueño de la noche anterior no le había permitido, pero aquella mañana sin saber por qué, al llevar su desayuno atravesando las distintas partes de su casa, desde la cocina hasta su dormitorio, algo así como un pensamiento o sentimiento diferente se acomodó en su mente sin motivo alguno.
De pronto se vio como un pequeño ratoncito cuyas manos portaban un trocito de queso que alguien había dejado para que se alimentara y al mirar alrededor se dio cuenta de algo que antes nunca había pensado.
Siempre creyó que el ser humano era el animal más sabio, inteligente y poderoso del mundo, pero en ese momento ya no creía lo mismo, se vio en un laberinto sin salida y recién ahí se dio cuenta, el ser humano no era más que eso, un ratoncito de laboratorio, donde un gran laberinto llamado mundo lo tenía encerrado y aunque se sintiera libre, jamás lo sería porque la libertad, la verdadera libertad solo llegaría… el día de su muerte. Ese día, Jacinto al volver a su cama, luego del desayuno, cerró los ojos y sin darse cuenta encontró la libertad, donde el mundo ya no sería un laberinto porque su alma libre al fin, volaría por el infinito eternamente.
Omenia
19/2/2026
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