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Inicio / Cuenteros Locales / Humus-Juan / Al pie de la ciudad.

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Manuel Mejía Vallejo.

¡Traé la cabra, muchacho! -se oye una voz que rueda hasta el cauce lleno. Y otra voz, ahora infantil, sube tropezando en los barrancos:

– ¡Ya voy!

El niño soba con la palma de una mano los ijares del animal, cuyos ojos lamen con suavidad las cosas, largo rato. Su paso trepa los riscos, y la ubre unta de leche y vaho tibio las hierbas.

En un descanso de la loma se detiene la cabra para comer hojas de una rama. El niño aguarda qu los belfos escojan retoños recién brotados que ella rumiará después mientras la ordeñan. Siempre fue así, más ahora, cuando el recental murió ahogado al arrastrarlo las aguas crecidas del invierno.

-Estas lluvias nos favorecerán; cuando merme la corriente pescaremos la mercancía que arrastre.

Así dijo el padre días antes. El niño saldría con él a buscar baratijas entre las piedras de los desagües. En el fondo hallarían lo que una ciudad grande tiene para perder: monedas que caen a los transeúntes por los enrejados de las alcantarillas, anillos o aretes o prendedores que dejan ir por lavamanos y baños las señoras. En una ocasión él, mientras arreaba a la cabra, encontró una piedra que dio de sonreír al padre. Desde entonces ejercieron con mayor empeño la profesión de pescadores de desperdicios. Por eso el hombre estuvo alegre con las lluvias torrenciales, y exclamó:

– Cuando merme el aguaje encontraremos buena mercancía.

Pero el niño estuvo triste porque el raudal ahogó el cabrito, y ahora las ubres revientan de leche sin el espumoso afán de aquella trompa punteada. Por eso quiere más a la cabra y se siente un poco hijo de ella. A veces mascaba hierba y caminaba en cuatro paras y arrimaba el rostro a la ubre, deseoso de balar para decir al animal que se sentía en algo hijo de él, y así consolarlo por el recental muerto en los desagües crecidos.

Cuando la cabra termina de mascar las hojas vuelve su cabeza para mirar al niño. El niño acaricia la cabra bajo los ijares. La cabra permanece quieta, asequible su posición junto al niño. El niño se le arrima y le habla en lenguaje inventado por él, mitad voz, mitad balido. La cabra mira barranco abajo, hacia los desagües, con mirada que apacigua la loma. El niño recuesta su cabeza en los ijares: son tibios y se hinchan con la respiración. Una mejilla da a la ubre y salpica la leche al gotear una de las tetas blandas. El niño sonríe al calor de esas entrañas, pero le escuece recordar el cabrito. Le gustaba verlo raboteando alegremente aferrado a los pezones henchidos. Y cuando su padre le dijo: “El cabrito se ahogó en el río”, llorando fue a buscar inútilmente el pequeño cadáver, como hacia cuando buscaba alguna joya, o monedas en el fondo del cauce y en los pedregales orilleros.

De los desagües para arriba quedan los barrancos. Y cauce arriba, tas los barrancos, está la ciudad. Para él, ciudad es edificios altos, mucha gente, muchos carros. A veces acompaña a su padre a vender el producto de su trabajo: aun anillo, chispas de arete eslabones de cadenitas de oro, medallas curtidas. Los compradores miraban recelosos y sin muchas preguntas de mala gana, pagaban con qué obtener un par de pantalones, dos o tres libras de carne o arroz, unos kilos de fríjol y maíz.

– Por aquí se van las monedas cuando la gente las pierde -explicó su padre señalándole una reja de la alcantarilla. Sabía que al llover, el agua arrastraba por los caños tales objetos. Así, comprendió la alegría del hombre cuando dijo:

– Estas lluvias nos traerán buena mercancía.

Pero también sintió ira dolorosa porque al aumentar el raudal esas lluvias habían ahogado al cabrito, y ahora la leche rociaba las maleza, y la ubre se veía sola sin aquella trompa punteada. Sin embargo, a su manera quería las aguas turbias que venían de tantos rincones de la ciudad y traían baratijas u objetos finos. Él mismo ayudó a cavar zanjas cruzadas: así podían hurgar en el fondo y sacar lo que relucía. De esa larga brega dependían todos, no sólo su familia sino otras cuyos ranchos trepaban por los barrancos hasta mucho más abajo de la ciudad. Era un trabajo honrado y difícil. Otros robaban. A veces, cuando hundían sus pies en las aguas sucias, sentían vagamente que era desperdicios de la ciudad: de pronto salían al aire de las alcantarillas, rodaban botados a la inclemencia de los barrancos. Sin embargo la ciudad daba de comer. Pero el mundo del niño eran los matojales de la loma, los deslizaderos de tierra amarilla y su cabra Antes era el cabrito. Pero el cabrito desapareció en una de las zanjas que labrara con su padre en el desemboque de las aguas negras.

Nunca decían que trabajaban en eso. Algo los hacía callar. Únicamente lo comentaban en los barrancos, en la tierra de nadie. “El Río” lo llamaban. Si alguien decía: “Aguas Negras” guardaban un silencio enojado. Nunca mencionaban las rachas que traía el viento. Esa corriente era El Río, y de él vivían -pescadores a su manera-, y a sus orillas crecían matas fértiles. Allá arriba está la ciudad, acá abajo están ellos, y venden después, allá arriba, el producto de la búsqueda entre las aguas y las piedras ribereñas.

-¡Apúrate con la cabra, muchacho! -repite el padre desde la casucha, encima, a mitad de la falda.

-¡Vamos ya! -contesta despegando su rostro de los ijares. La cabra bala a los desagües con ternura, su cabeza extendida a la ausencia del crío. El niño dice:

– Se ahogó el cabrito allá, en las zanjas que yo mi papá hicimos. Se lo llevaron las aguas, por eso estás sola, sin el crío – y vuelve a acariciarle la ubre sintiéndose otra vez un poco recental con ganas de chupar. La cabra aparta los remos traseros para dar más libertad a la ubre y al niño. La leche fluye tibia y amorosa del pezón, resbala por las comisuras. Son amables los ijares que se hinchan con la respiración. Ella permanece inmóvil, otra vez madre de un pequeño aferrado a la ubre. La voz se deja oír sobre el barranco, brava contra el mundo:

– ¿Qué pasa muchacho? ¿Traés a la cabra o bajo yo?

– Voy, papá, ¡ya vamos! -responde azuzando delicadamente a la cabra que reemprende el camino hacia el estrecho patio de la casa.

Así sucedió meses atrás. Porque un día la cabra apareció mascando yerbas en la loma. -Mire lo que encontré en los desagües -dijo el niño en ese entonces cuando llegó a la casucha empujando al animal. Pensaba que era un ternero barrigón, manso y extraño.

– Es una cabra, la perdería su dueño -dijo el hombre retejiendo un viejo canasto- en cualquier rato viene a llevársela, o ella misma regresará.

El niño giró su cabeza de la cabra al padre, del padre a la cabra.

– Le pediré al Niño Dios una cabrita igual -dijo. Sobó la planta de los pies contra el polvo, jaló el tirante en bandolera de su overol e insinuó otra posibilidad:

– Mejor pediré al Niño Dios y a Papá Noel dos cabras pa el que la perdió, y así me quedo con esta, ¿no te parece?

Era un trato justo. El padre nada quiso decir. Vio a su hijo abrazado al animal, que parecía a gusto con él, y tomando pala, azada y canastos se dirigió a los desagües.

Toda la tarde pasaron juntos cabra y niño. El niño miraba azorado los rodaderos de gente por si el dueño volvía. “De noche no vendrá”, se tranquilizaba pero temía que el animal se perdiera en la oscuridad o regresara al sitio de donde vino.

Se rascaba la cabeza sentado en una piedra, hasta que se vació la noche, él mismo formó parte de la noche. Cuando volvió a la casucha, la madre estaba inquieta. Y el padre. Él también, con aire de culpabilidad. Nadie dijo nada. Después el niño se revolvía en su rincón, bajo la colcha de retazos, sin conciliar el sueño. Algo le remordía. Al fin, ya muy entrada la noche preguntó:

-¿Se embravaría Dios si yo amarrara un lacito a la pata de la cabra?

– No se embravaría Dios por eso.

– ¿Y si también amarrara la otra punta del lacito a una estaca?

En medio de la oscuridad de su cuarto el padre imaginó a la cabra en la loma, imposibilitada para huir. Entones sintió ganas de llorar. Solo dijo, abiertos los ojos al techo:

– Dios no se enojará, muchacho.

Aquella primera vez nada más dijo el niño, pero el contento no cupo en él y se le hizo necesario repartirlo. Así, congregó a los pequeños del barrio, los llevó a la cueva y dijo:

– Esta es mi cabra. Se llama Cabra.

Fue el mejor nombre que pudo encontrarle, quedaba a la medida: era como llamar Agua al gua y Nube al cielo.

Todos, hasta los mayores, dijeron que nunca antes habían visto una cabra, pero que era la más hermosa cabra que habían visto. Él estuvo orgulloso, aparentó dominio y tranquilidad.

– Es un bonito animal – remató su padre.

– Bonito -repitió en eco la voz de su madre enferma.

Y nunca averiguaron de dónde vino la cabra.

Simplemente un día apareció mascando ramas en los barrancos y se quedó en la familia.

***

Arriba, contra el cielo, se destaca la figura del padre: alta, flaca,, impresionante. EL sombrero de paja macha de sombre el rostro y la camisa remendada. EL hombre -lo sabe el niño- ha estado huraño desde la víspera, cuando llegaron de la ciudad unos agentes. Alegó, protestó, rabió hasta medianoche. Después se juntaron muchas familias del barranco. Los niños jugaban ajenos a la preocupación de los mayores.

– No podemos defendernos -había dicho el padre.

¡Diablos! -comentaron otros echando atrás los sombreros raídos-. ¡Maldita ciudad!

– Es el último anuncio, -dijeron los agentes, porque ayer vencía el plazo. Estos barrancos no tenían dueños, los ranchos, con la cabra. Las aguas negras nos pertenecen, de nadie era El Río.

Volverían los agentes a ejecutar la orden. La ciudad también era agentes, y papeles armados, y poderes ocultos que mandaban sin apelación.

Por los barrancos trepa exaltados otros barranqueños. El niño dice a uno señalando imprecisamente el raudal:

– Allá se ahogó el cabrito. Era mío y tenía orejas pardas.

El otro niño mira la oscura corriente. -Todos nos ahogaremos -dice ara sí y vuelve con los demás a planear la resistencia. O la fuga hacia otros vericuetos.

– Años atrás -monologa un viejo- yo tenía un pedazo de tierra sembrado con maíz y plátano. Tenía una vaca y un ternero y un mulo. -El rostro apacible se trueca en rostro golpeante-: Maldita la hora en que abandoné la montaña, maldita la hora en que todos nacimos.

El niño se arria al viejo y quiere hablar aunque nadie lo oiga, minúsculo en el grupo de tantos amargados.

– Tenemos un pato y una gallina y luego estoy con ellos cuando no estoy en los caños con mi papá. Yo quiero a los patos y a las gallinas. La gallina pone huevos cada dos días y l pato nada n el zanjón. A mi me gustan los huevos pero son pa mi mamá enferma. Mi papá dice que algún día se aliviará de las toses y le lleva más huevos de gallina. A veces también le lleva leche de vaca, y si puede hasta avena en tarros muy bonitos. Yo juego después con el tarro sin avena. El último tarro se lo llevó El Río. Yo estaba triste porque perdí mi tarro sin avena. El Río también se llevó el cabrito -y vuelve a señalar imprecisamente cauce abajo.

Otros hombres suben por los barrancos hasta la covacha. Las voces forman un raudal de ira negra.

– ¡Nos echan, pues!

Una ruda solidaridad los aprieta. A veces, cuando se trataba de discutir qué caño tocaba a cada cual, qué desemboque de aguas debía explotar cada uno, llegaron a la riña violenta. Ahora quieren defender unidos su derecho contra la ciudad. Pronto llegarán los agentes, ellos estarán listos. ¿Para qué? En realidad lo ignoran, nada pueden contra esas fuerzas. Simplemente se apretujan con impotencia rabiosa en el patio, en los desfiladeros que dan al Río.

– ¡Si tuviéramos armas! -dice alguno. El padre escucha, hosco. Ancho el sombrero desgualetado sobre la bronca faz de hombre llegado a un limite. Quieta la expresión cercana al embrutecimiento. Abiertas las manos que se pegan a las rodillas. Turbio vacío la mirada contra los barrancos. Alma retorcida hacia la muda imprecación.

– ¿Armas? Nosotros ponemos siempre los muertos. Ellos ponen las balas.

– Allí vienen – dice alguien que acaba de juntárseles y señalando hacia unos callejones enmalezados, hacia las covachas que desafían los derrumbes. Se revuelven agresivamente nerviosos. El padre hablará a nombre de ellos. Aunque nada quede por hacer, se reprocharían si más tarde no pudieran decirse: “Luchamos hasta lo último”.

Enceniza sus rostros la expresión del esfuerzo fallido, les molesta que extraños vengan y se pregunten “¿Es posible tanta miseria? Viven como gusanos en el lodo”. Algo de vergüenza se les enreda en su ira ante el inevitable despojo. Y apagan sus voces al asomar los agentes por uno de los deslizaderos que hacen de camino a la ciudad.

– Cuando yo tenía mi pedazo de tierra, detrás de aquellas montañas… -comienza el viejo, ero no termina. Nadie escucharía su recordación de greda querendona. Tampoco él dese hablar. Dijo algo para no callarse ante la proximidad de los agentes, cuyas voces se escuchan y cuyos gestos de incredulidad se tienden a los vericuetos. Frente a la silenciosa agresividad del grupo merman su paso y toman rostro de cumplir un deber, de atenerse a órdenes definitivas.

– Se nos vine encima -dic el padre, cerrando los puños y los caminos.

***

– ¿A dónde llevamos la cabra?

– A la ciudad.

El hombre y el niño van, uno junto al otro, por las calles bulliciosas. En cada esquina se detiene el chico y pregunta señalando las rejas del alcantarillado:

– ¿Por aquí también caen monedas, papá?

Nivela los pantalones que se le caen de un lado.

… Es mucho rodar hasta los desagües de los barrancos. Hasta EL Río, allá abajo.

– Es mucho rodar.

La cabra estremece los pasos ante buses y motocicletas. No hay ramas en la ciudad, no hay barrancos para trepar sin peligro. Hay rejas para alcantarillados, eslabones de cadenas de oro, hay anillos y aretes que brillarán húmedamente abajo, entre el agua sucia de los barrancos. El niño admira las vitrinas con joyas y alhajas: no hay agua turbia entre ellas, brillan secas, brillan limpias sobre tapetes aterciopelados, en estuches cromados hasta lo increíble.

– Apurá, muchacho.

Sus pies descalzos dan contra el pavimento, resbalan las pezuñas bifurcadas de la cabra. El padre jala la cuerda que la aprisiona.

– Por aquí, pues.

No le gusta la calle a la cabra.

Todos estamos en la calle.

El sol ha comenzado a arder. Relumbra en los vidrios altos de los ventanales, en as azoteas, en el metal de los automóviles. Cuando pasa un heladero, la sed del niño se le queda mirando.

– Comprá uno, muchacho -ofrece el padre y rebusca en los bolsillos una moneda. EL nio sonríe parpadeante. Le gustan los helados. Despapela el suyo y empieza a chuparlo como si se aferrara a la ubre de la cabra. También sabe a leche dulce, y el frío agrada a su lengua. En los barrancos no hay helados para su sed.

El padre se ha sentado en un escaño de la acera, una mano sobre el lomo de la cabra. El niño se acomoda junto a ellos. Con voz endulzada, lamiendo palabras y labios, pregunta:

– ¡A dónde llevamos la cabra?

El hombre agacha la cabeza, aprieta la manos sobre el lomo.

– No vamos a tener dónde guardarla, nos echaron de los barrancos.

El niño lo sabe. Fue dura la escena. Estaba con su madre ordeñando a la cabra cuando llegaron los agentes. -Buenos días -saludaron. Nadie respondió, sólo veían sus altas botas, sus armas, sus impermeables negros, su estatura. Luego se les enfrentó el padre. -No pueden echarnos. ¿A dónde iríamos? No tenemos tierra, no tenemos ranchos, nada tenemos. -Los agentes hablaron de epidemias, de moral, de higiene, de órdenes. Subían las voces, los rostros reaccionaron violentamente. Al empezar el gran silencio la madre y el niño dejaron la cabra a medio ordeñar, sintieron miedo cuando el padre se lanzó contra uno de los agentes que sacaba al patio los humildes bártulos de la covacha.

Ahora el niño s queda mirando a su padre, habla con infantil orgullo:

– Si no te quitan aquel agente, los habrías liquidado a todos.

Vuelve a saborear el frío azucarado. Se siente seguro junto a su padre. Su padre sería capaz de vencer al diablo en buena pelea, y, llegada la hora, de echar por otro cauce El Río. Pero antes un movimiento brusco de la cabra vuelve a preguntar, sabedor de la respuesta:

– ¿A dónde la llevamos, papá?

EL hombre levanta la cabeza, una mano sobre el lomo de la cabra, otra sobre el cabello enmarañado de su hijo:

– A la carnicería, muchacho.

Lo sabia ya, pero la idea sin palabras le dejaba una esperanza remota.

– ¿Hay barrancos en ella?

Todavía se resiste a la evidencia, quiere adornar la realidad con un resto de generosa duda.

– No. No hay barrancos en la carnicería.

El niño saca de su boca la punta del helado, se limpia con el brazo. La otra prgunta se silencia en la lengua azucarada. Aún no desea aceptar que lo pueden separar de su cabra, la quiere más desde que ella le dio la leche tibia de sus ubres. Le agrada recordar la blandura del pezón entre paladar y lengua. Le agrada pensar que puede volver al barranco y consolarla del cabrito ahogado en las zanjas que labrara con su padre. Le agrada sentirse un poco hijo de ella, y arrimar el rostro a la ubre henchida, y mamar entre las ramas verdes. Ero los echaron de los barrancos, y la cabra no estará más con ellos.

– ¿Es un buen hombre el carnicero? – hace que se resigna bordeando un extremo del helado en el escaño de la acera. El padre calla. Su hijo nunca comprendería totalmente.

– Cuando estemos en otra parte, por allí -con amplio gesto de brazo señala todos los suburbios-, tendrás otra cabra y barrancones pa que salte por ellos.

Sabes que nunca habrá otra cabra, ni riscos para ella y el hijo. Ignora dónde se acomodará después, ignora dónde se acomodarán todas las familias de los barrancos, allá abajo, a donde ruedan los suburbios. “No pueden vivir en los barrancos, todos serán echados de los barrancos”, volvieron los agentes. Su mundo tendrá una cabra menos, unas ramas menos, un cauce sucio menos. La ciudad se expande a su costa, nadie puede contra ella: la ciudad son hombres que lotifica y cubren cauces de aguas negras y arrojan desperdicios en las afueras. Habrá que buscarse otras covachas, apretujarse con nuevas familias de algún extramuro. La ciudad crece, la ciudad los arroja. No habrá barrancos ni cabras para su hijo, no habrá monedas ni aretes ni eslabones de cadenas de oro. Habrá hambre, y ellos se acostumbrarán.

Mire, papá -reclama el niño-; así hacía él antes de ahogarse – y frunce un ala de la nariz y las comisuras labiales en remedo cariñoso del cabrito. Luego, señalando con brazo curvo el alto volar de los gallinazos más allá de las torres.

– Vienen de El Río.

– De El Río -habla sin gana el padre hacia el firmamento cruzado por el negror de las aves de rapiña El niño sigue mirándolas y, al recordar el cabrito muerto, su ira infantil adquiere plumas y vuela a las alas hasta alguna nube, arriba, hasta el azul más lejano. Pero la ira se endulza en el helado llevado a su lengua, se difuma en los ojos que se agrandan a los automóviles.

– ¡Tantos aparatos, papá! -empieza a contarlos, renuncia-. En los barrancos no pueden andar carros ni bicicletas.

No pueden.

Se ahogarían. No lo dicen. Lo piensan con vaguedad. Nerviosa por el tránsito y el crepitar de vehículos, la cabra se hace retrechera, adherida al hombre. Su ubre se ha llenado de nuevo. El niño piensa en ramas verdes a mitad de la loma y e el pezón tibio y blando.

– Vamos, muchacho. ¡Vamos, cabra! -dice el padre abandonando el escaño. Dista la carnicería, arde el sol en las espaldas, en el cemento, en los metales.

– Vamos, cabra -trata de aquietar el brío estremecido del animal ante los enormes autobuses y el traqueteo de las motocicletas. Se templa la cuerda que la dirige, se blanquean los nudillos en la mano del hombre La otra mano aprieta un brazo del pequeño.

– ¡Vamos, cabra! -azuza, en mitad de la calle, indecisas las flexiones del cuello ante los vehículos que le chirrían dentro.

– ¡Apártese, bruto! -grita el conductor de un camión rojo al compás de un seco ruido de llantas y frenos. Apenas tiene tiempo el hombre de salvar el niño. La cabra patalea bajo los hierros del parachoques.

– ¡Demonios! ¿No sabe por dónde camina? – vuelve el conductor aventando su cabeza por la ventanilla.

– ¡Vea, pues! -dice uno de los curiosos que ya rodean el sitio-. ¿Le tumba la cabra y todavía está reclamando?

En apurado silencio el hombre brega por sacar el animal Un policía se arrima serenos ante las argumentaciones chillonas del conductor. El niño ensancha sus ojos, detenida la respiración en el sollozo. Las bocinas de otros vehículos ensordecen la calle, el silbido de lustrabotas y vagos, el grito de voceadores de prensa, el pito de otros agentes.

– ¡Retroceda! -ordena al del carro el policía, sus manos y las del padre en prensa sobre los músculos desmadejados del animal que echa un balido ensangrentado. Cuando se libera, es inútil su esfuerzo por andar. Los remos traseros se han zafado de la paleta.

– Le destrozaron el caderamen -dice alguien esgrimiendo en el ceño su conmiseración. Anota el policía el número de la patente y habla al gentío que se apretuja:

– Circulen. Nada ha pasado…

El pequeño se contorsiona por el dolor de la cabra, siente ganas de balar a lo alto. Algo grande ha muerto dentro de él, bajo el parachoques. No quiere la ciudad. A los barrancos no van camiones ni motocicletas. Allá hay pájaros sobre las ramas, hay lomas empinadas por donde subía la cabra, hay nidos y pichones y grillos verdes y árboles.

– Nada ha pasado. Circulen -repite el policía a los transeúntes en corrillo. El padre lo mira con resignado asombro, levanta la cabra y con ella en brazos se abre camino por los desagues secos de la calle, tras de él su hijo y la mirada de los curiosos.

– Ya no podrá subir los barrancos -solloza la voz del niño.

– En la carnicería la curarán -responde la voz amarga del hombre- Vamos, muchacho.

Con miedo arrastran sus sombras ciudad adentro.

Guatemala, julio de 1955

Texto agregado el 18-02-2026, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


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