Lo recuerdo como un guardia de Bonao trasladado a mi pueblo. Y que guiado por no sé qué confidencia llegó a casa de mi abuela paterna. Y era que ella tenía una casa partida en tres partes. Tres modestos espacios de alquiler, por supuesto, para parejas recién casadas y hombres(mujeres) solteros. Y Augusto estaba dentro de ese rango.
Y yo, a la sazón, que vivía el intermedio de mi primera década existencial. Lo miré llegar a nuestra casa con una mujer espectacular. Qué luego de un diálogo con mi abuela sé marcharon. Pero mi cerebro, solo abierto para sus asuntos temporales, no elaboró cuestión alguna al respecto. Y un no lejano mediodía frenó frente a nosotros un camión cargado de enseres domésticos, más la pareja aludida.
Entonces, Augusto y su mujer, ocuparon los cuartos del extremo derecho de la casa de mi abuela. Y pronto nació su primer hijo. Luego llegó la niña y mis abuelos los apadrinaron. Pero, en pleno crecimiento de su compadreo, llegó el traslado de Augusto. Y, por supuesto, la familia se marchó. No obstante, ocurrieron esporádicas visitas suyas. Repartidas en períodos inestimables para mi.
Hasta que ocurrió otro traslado de Augusto a mi pueblo. Y, por supuesto, volvieron a ocupar el mismo espacio de la casa de mi abuela. Y, aunque mi edad había progresado, no fue suficiente para precisar el tiempo transcurrido esta vez, hasta que llegó un nuevo traslado del militar. Doloroso, por el enorme avance del afecto entre mis abuelos y sus compadres. Y, también, entre sus hijos y yo.
Dándose el inicio de una tregua inmedible. Espacio solo manejado por el destructor de los formatos: el tiempo. Cuando lo sólido sé ablanda y lo perenne viola su estado. Sé tuercen rumbos é implora quién se queda. Y hasta un regreso sé puede tornar extemporáneo. Más, ignoro lo del tiempo que pasó desde entonces, hasta su alucinante regreso. Aunque, podría coquetear con ‘lo de las dos décadas’.
Quedándome por seguro, lo de que Augusto detuvo su reloj cerebrar, el aspecto físico de sus compadres y la niñez del amigo de sus hijos. Y que viajó sólo por razones diversas: cómo ‘lo de honrar en solitario el rincón donde vivió su mejor tiempo’ ó por lo absurdo del destino, con su práctica maliciosa de reclamarte a ti sólo. No obstante, Augusto, parece que pensó en fiesta. Comilona, remembranzas y cuentos prohibidos.
Pero todo lo tronchó el único sobreviviente. Por desgracia, dotado del testimonio fulminante. Y lo traído por él para festejar, quedó sobre el piso del averiado cuarto, que antes brilló bajo los pies de los ya inexistentes.
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