Escuché que la puerta exterior se abría.
Hice a un lado la cortina. Sí era ella.
La lluvia se iniciaba. Frente al portón se estacionó un carro que no era el suyo.
Había dejado trabajo en la oficina y en el portafolio venía otro tanto. Urgía un trago. Desde ayer barrunté que el clima cambiaría; mis huesos son el único termómetro que no me falla. Prendí la televisión, sintonicé un canal de jazz. Mi esposa no tardaría en llegar del gimnasio.
Sentí su beso distante en la mejilla. Se fue directo al dormitorio.
En la maleta acomodaba su ropa.
—¿Te vas de viaje?
—No. Me voy de la casa. Lo nuestro no funciona.
—Hace una semana no decías lo mismo.
—No quería hacerte sentir mal.
Guardó silencio. Yo también.
—Me sirvió para confirmar que lo que anhelo no está aquí.
—¿Adónde irás?
—Eso no es de tu incumbencia. A su tiempo tendrás noticias.
La lluvia había arreciado. El chiflido del viento se hacía escuchar.
La vi decidida. No teníamos hijos.
Entendí los besos descuidados, los gemidos de los últimos meses. Como si regresaran a aquellos momentos para despedirse.
La puerta del clóset, al cerrarse, dejó el olor a vainilla.
Con el que aromatizabas tu ropa interior.
Me senté con el vaso de ron. Escuché que cerraba la maleta.
Después de un trueno, su voz, menos alterada:
—¿Qué?, ¿no vas a decir nada?
—Ya lo decidiste.
Me tembló la quijada. Cerré la boca.
Afuera, la lluvia azotaba el mango.
—Por favor, devuélveme los mil dólares que te presté.
Tragué saliva. Saqué la cartera, conté quinientos dólares, se los di.
—Tengo tu número de cuenta. En la quincena te deposito el resto.
—Los necesito ahora.
—No los tengo. Espérate a que cobre.
Hizo una mueca. Miró hacia la ventana.
El sonido de un claxon detonó. Me sobresalté.
Ella abrió la puerta y gritó:
—¡Espérame!
Me levanté lento. Miré el carro. La luz del foco solo me dio oportunidad de reconocer un auto pequeño.
Estaba por abrir la puerta, con su maleta, cuando se regresó.
Me abrazó.
—Al corazón no se le gobierna —dijo.
Salió. Yo tras ella.
En la cajuela del coche metió su maleta. Se introdujo en el asiento del copiloto.
Vi cómo se dejaba besar.
El auto arrancó y se perdió en la calle lluviosa.
Seguí tomando hasta que el sueño me venció.
Por la mañana, la televisión me despertó con sus ofertas de mercado.
Sonó el teléfono. Era ella.
Me recordó la deuda. Ya para colgar, dijo que se encontraba muy bien.
Una semana después fui al gimnasio.
Me atendió la misma secretaria, los mismos compañeros. El instructor se me acercó:
—Ahora lo atenderé yo. La compañera pidió unos días de permiso.
Poco a poco fui entrando en calor. Ya en la salida, me topé con Gloria.
Una amiga en común. Con ella siempre hacíamos ejercicio, platicando cuentos, chanzas y bromas.
—¿Y tu mujer? ¿Está malita?
Iba a contestarle que sí. Pero vi en su boca el embrión de una sonrisa.
—No está enferma. Salió de la ciudad.
—Qué coincidencia —dijo, recargando la voz, alargándola un poco—. Mi amiga íntima también se fue de viaje. Y tengo la sospecha de que se fue con una persona que conoces.
—¿Quién? —dije, al bote pronto.
—¿Seguro que no sabes?
—No me digas.
—Si te digo…
Era muy temprano para invitarle un whisky. Pero no para un café.
—Tengo compromisos en la oficina —dije.
Ella asintió.
Al despedirme, la sostuve un instante con la mirada.
—Tenemos cosas en común, ¿no crees?
Ella no respondió. Solo esperó.
—¿Tendrás un tiempo libre para invitarte a comer?
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