Me dejaste una silla vacía y el humo torcido de un adiós mal dicho. Yo fingí dignidad —qué palabra tan grande— mientras el reloj ensayaba su pequeña muerte de siempre. No fue amor, dijiste. Fue costumbre. Y yo, que no sé distinguir entre la herida y el hábito, me quedé contando semáforos, tragando tu nombre como si fuera pan duro. Vuelve —no por mí— sino por esa parte tuya que todavía tiembla cuando llueve. Si no vuelves, déjame al menos la mentira bien doblada. Eso basta.
Texto agregado el 13-02-2026, y leído por 44 visitantes. (1 voto)