Quererte es tocarte sin poseer,
como la lluvia toca la tierra
y no le pregunta a quién pertenece.
Te siento en la humedad del suelo,
en la espalda caliente del bosque,
y en mi cuerpo, que te reconoce.
Te extraño y no duele.
Porque el deseo nos une
como esta tierra nos conecta,
necesitando solo memoria,
saber que en algún punto del mundo
tu corazón escucha mi melodía.
Hay algo antiguo en lo nuestro,
anterior al nombre, a la culpa.
Un modo de vincular que no encierra,
que no exige, solo confía
en la fuerza de la unión
que no grita, que tararea.
Te pienso y cierro los ojos,
dejo que mi cuerpo te escuche.
Sé que en algún punto de esta misma tierra
tú también sientes el llamado ancestral
de este nexo que no ata
pero que sostiene.
Nuestra música compartida
late con fuerza en el corazón.
Aparece cuando camino descalza,
cuando el viento canta tu nombre
y el deseo se vuelve lento,
profundo, natural e intenso.
Este canto no busca respuesta,
es una ofrenda sagrada.
Mi cuerpo responde a tu recuerdo
como responde la tierra al agua:
abriéndose sin preguntar
cuándo lloverá de nuevo.
Hay algo nativo en lo nuestro:
honrar al amor como al sol,
que puede calentarnos a todos
sin dejar de ser fuego.
Y viajar con la memoria del cuerpo
a través del viento, de la noche, de la distancia.
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