LA HUIDA
Un camino empedrado.
Un camino empedrado en una noche; en un invierno.
Un camino empedrado en una noche lluviosa en un invierno; en el septentrión. Tímidamente iluminado por el tenue resplandor de una luna esquiva, temerosa de medirse con las orondas y orgullosas nubes, que exigen protagonismo absoluto. Sin concesiones.
Unos pies desnudos, níveos y delicados. El transitar de esos diminutos pies como petunias por el sendero empedrado, frío y hostil. Un paso acelerado, constante, con el impulso del miedo como motor primigenio.
La garganta seca, la respiración entrecortada, la angustia en el rostro y el sudor frío; la mirada limpia, sin mácula. Una mirada en la que reposa toda la calma, todos los mundos habitados, todos los desiertos, todas las tristezas. El camino lo sabe, y se ofrece. Ella calla.
El camino empedrado está custodiado. Miles de cedros, abedules y cipreses lo guardan; franquean su suntuoso devenir. Lo cubren. Un dosel de hojas y ramas lo guarecen. Ni siquiera la lluvia se atreve a respirar.
La garganta cada vez más seca, el paso más pausado y la angustia adormecida por el cansancio.
Los aullidos acechantes cada vez más claros. La jauría se lame los colmillos, sonriente.
Ella gira la cabeza y mide el viento; se entrega, o eso parece. En realidad, escruta las alamedas, y aprovecha que están distraídas para atravesarlas. El camino empedrado se transforma en un manto verde; frío, extraño.
El festín báquico de la jauría murmura, sonríe. Se acerca. Ella observa. Ve nítidamente como la ponzoña gotea de los sables ebúrneos de sus fauces, y corre.
Corre más que el miedo, pero el miedo la alcanza, brilla tanto que los cuervos deben apartar la mirada, esa en la que habitan los mayores abismos. Se rinde, el camino ha muerto.
Rodeada por íncubos deformes cierra los ojos. Acerca sus diminutos pies al acantilado; lo escruta, lo mide, saborea el vacío. Un leve movimiento y la aurora la mecerá.
La jauría camina al son de trompetas de cristal. Ella, silenciosa, da un paso atrás y el olvido la engulle. A lo lejos la alameda se mece, indolente.
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