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COMIDA A LA CARTA
En el rincón más escondido del viejo Restaurant de la Nostalgia, la luz era tan tenue que parecía que las velas estaban a punto de contar secretos.
Allí, el mesero —un hombre de sonrisa fácil con ojos que habían visto más platos que años— colocó el menú sobre la mesa como quien reparte cartas frente a jugadores.
—Buenas noches, señor —saludó al solitario parroquiano, entregándole un papel plastificado, duro como una hoja de otoño—. Si me permite, hoy quiero sugerirle el “Risotto para la nostalgia”.
El hombre, de traje gris y mirada cansada, abrió la carta y leyó una lista que no era solo de comidas: cada platillo llevaba un título evocador. Leyó en el menú platos como “Sopa de lluvia de infancia”, “Ensalada de promesas perdidas”, “Filete al vino para un domingo triste”.
—¿Qué elige? —preguntó el mesero, con la paciencia de quien ha tratado con miles de clientes.
El comensal, influenciado por la sugerencia del camarero, señaló el “Risotto de la nostalgia”.
Cuando el platillo llegó, humeante y oloroso, le trajo una ola de recuerdos que lo golpeó: a su memoria llegó la cocina de su madre, el rumor de un arroyuelo, la lluvia que caía sobre el techo de zinc de su casa campestre, la risa de su hermana pequeña y el camino del jardín custodiado por cayenas rojas.
De inmediato probó el plato. Cada bocado era como una página de un libro que pensaba olvidado.
Al terminar, el mozo le pasó una pequeña tarjeta.
—A veces, la mejor comida es la que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos —susurró, sonriendo—. ¿Quiere probar nuestro postre de “Dulce de leche cortada”?
El hombre asintió, y mientras el postre se derretía en su boca con un delicioso almíbar de canela, comprendió que el menú del lugar no era solo de comida; era una invitación a volver a vivir, a evocar momentos de años pasados que guardaba en su memoria.
Salió del restaurante con el estómago lleno y el corazón contento. Estaba convencido que en lugares como este encontraría la manera de disfrutar unos platillos que lo iban a conectar con los viejos tiempos, ¡con los años que nunca se olvidan!
Alberto Vásquez.
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Texto agregado el 10-02-2026, y leído por 47
visitantes. (2 votos)
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Lectores Opinan |
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11-02-2026 |
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Se revolvió todo
Ocupo solo celular,para todo y a veces me sucede esto.... 6236013 |
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11-02-2026 |
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Me gustó mucho tu cuento,en realidad esos platos,preparados ,tal vez, del mismo modo tienen el sabor de antaño.
Yo también recuerdo platos preparados y me traen mucha nostalgia .
Un fuerte abrazo
Victoria
Siempre se tienen recuerdos de comidas postres y demases que disfrutamos en la infancia.
6236013 |
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11-02-2026 |
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2. De hecho, me recordó muchísimo a la escena de Ratatouille cuando el crítico Egon prueba el platillo y de inmediato vuelve a su niñez, a la cocina de su madre. Esa misma sensación de viaje instantáneo en el tiempo está muy bien lograda aquí. Es un cuento que deja una sonrisa suave, como cuando terminas un postre que no solo sabe rico, sino que te abraza por dentro. kone |
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11-02-2026 |
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1. Me gustó mucho el cuento porque juega con esa idea tan bonita de que la comida no solo alimenta el cuerpo, sino también la memoria. Todo el ambiente del restaurante, los nombres de los platos y la reacción del protagonista crean una atmósfera nostálgica muy agradable. Es un relato tranquilo, que no necesita grandes giros para funcionar, porque su fuerza está en lo emocional y en esa conexión con el pasado.
kone |
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10-02-2026 |
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Qué lindo, Alberto, sencillo, pero que dice tanto. Un restaurante fuera de lo normal, igual que el mozo, qué lindo sería si existiera un lugar así, saludos. ome |
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