Una cita fabulosa el 14 de febrero
J se preparó con mucho tiempo de anticipación, como un atleta olímpico que pretende ganar la medalla de oro.
Hizo dieta y entrenó con disciplinadamente para lucir, en lo posible, de buena manera. Su negocio nunca fue ser modelo, sino usar su mente; para esta cita él tenía que ir en las mejores condiciones: su mejor armadura, un buen carruaje y con los conocimientos necesarios de cómo comportarse como un noble caballero, educadamente, en una cita donde sentía que había ganado la lotería.
Llegó el día esperado. Se acicaló y se vistió de la mejor forma que pudo, y se dijo a sí mismo: este día debes fluir y encantar, tú puedes.
Ya estando rumbo a la cita, repasó algunas memorias sobre lo que habían dicho de su tan hermosa acompañante de ese día. Las referencias hablaban de ella con un brillo y un tono dulce y alegre, y pensó: creo que ella será amigable.
Ya estando a 15 minutos del lugar de encuentro, J sintió un ligero miedo, pero repitió en su mente: qué tan difícil puede ser cenar con una mujer muy hermosa; si ya me aceptó, ya tengo el 70 % ganado. Creo que lo haré bien; no seré guapo, pero sobresalgo en otros aspectos. Haré mi mejor esfuerzo.
Bajó del auto y caminó como si el piso chocara con sus pies para hacerle notar que está despierto. Le indicaron la mesa 15, como el día 15 de septiembre de su cumpleaños.
Se sentó y esperó. Pasaron los minutos y él se sintió más cómodo, mas ella no llegó. Y, a la hora de espera, cuando estaba a punto de retirarse después de tomar el vino que había pedido para entrar en confianza, le llegó un mensaje:
—Disculpa, J, surgió un inconveniente. No podré llegar, será para otro día.
J dio un suspiro y miró al mozo, que ya había visto escenas similares antes.
—La cuenta, por favor.
J se retiró pensando: y si hubiera llegado, ¿cómo hubiera sido?, ¿realmente nos hubiéramos llevado bien? Yo creo que sí.
Llegó a su casa y escuchó música hasta coger sueño.
Ya estando en su cama, dijo:
—Estuvo cerca.
Colofón
Ella llegó cinco minutos después de que J se sentara a esperar. Su hermosa silueta se recostó en la silla y sus ojos de gitana se fijaron en J, esperando que él tome la palabra.
J sintió la realidad como una lucha contra el destino que le exigía sacar lo mejor de él.
—Luces hermosa, más hermosa de lo que pensaba. ¿Qué te gustaría tomar?
—Una copa de vino, por favor.
J vio que ella era amigable y no tenía aires de grandeza. J le preguntó muchas cosas que le interesaba saber de ella. Ella contestó alguna que otra pregunta, sonrió mucho y fue cortés.
Todo resultó bueno. J y ella terminaron la escena con aire a cobijo y amistad.
J fue un caballero, la llevó a su casa y se despidió como quien cumple un trabajo con honores.
J llegó a su casa y dijo a sí mismo que era una mujer agradable, que esperaba que la haya pasado bien, e hizo espacio para ella en su corazón.
Y así fue un 14 de febrero en la ciudad gris, donde el amor es esquivo para quienes lo buscan con urgencia. Es mejor pedirle el buen amor a Dios, porque en esas cuestiones se necesita ayuda divina.
Proverbios 19:14:
«La casa y el dinero se heredan de los padres, pero la esposa inteligente es un don del Señor». |