Aguilar de Campoo es uno los pueblos más bonitos que he conocido. Si no habéis estado, os lo recomiendo encarecidamente, en primer lugar, porque tiene una cualidad única: es un pueblo que huele a galleta. Yo tampoco me lo creía hasta que lo comprobé por mí misma. El aroma que desprenden dos fábricas galleteras se extiende por buena parte de esta villa medieval, construida al borde de un río, con callejuelas empedradas, iglesias románicas y un castillo sobre una colina.
A la una del mediodía ya estábamos allí, recién llegados de Nogales de Pisuerga. Nuestra actuación estaba prevista para el día siguiente en el Cine Amor (me encantaba el nombre), pero al pisar el colegio, Ramón, el jefe del departamento de inglés, nos propuso que recorriéramos algunas aulas caracterizados como Captain Cook y Barrell para ir calentando motores.. Normalmente no hacíamos ese tipo de cosas, pero convencí a mis compañeros para que hiciéramos una excepción; quizás el hecho de que Ramón fuera una monada tuviera algo que ver. Así que recorrimos cinco aulas, cantando «Sailors of the 7 seas» ante un público enfervorecido. Eran estos momentos los que me hacían adorar mi trabajo. Joel parecía estar disfrutando aún más que yo, haciendo piruetas al ritmo de la música. Mientras los niños aplaudían como locos, Ramón me abrazó muy intensamente y balbuceó: You, you… are so talented! Bastó con ver cómo me miraba para entenderlo todo: otro profesor guaperas que se enamoraba de mí. Qué podía hacer si era tan irresistible.
Comimos rodeados de niños entusiasmados por nuestra presencia en la cantina. Luego fuimos al Cine Amor a montar el decorado. Tras una pequeña siesta, Pablo y yo salimos a pasear por Aguilar de Campoo y acabamos contemplando el atardecer desde el castillo.
Joel nos esperaba exultante en la puerta del hostal. So, what’s the plan, mateys? ¿Perdón? ¿Desde cuándo se apuntaba a nuestros planes? Pero lo vimos tan animado que hasta nos pareció una buena idea hacer algo los tres juntos. ¿Quién sabe? Quizás aquella noche descubriríamos a un Joel que aún no habíamos visto.
Hicimos una gira etílico-gastronómica por los bares de Aguilar. Mis compañeros se reían de mí porque en cada bar al que íbamos preguntaba si servían desayunos. Para mí era fundamental encontrar un sitio donde tomar un café y una magdalena al día siguiente: era incapaz de actuar con el estómago vacío. Josema, el camarero del Bar Bodegón, más palentino que el Cristo del Otero, me confirmó que abrían a las siete y media. Cuando ya estaba a punto de reservar mi desayuno, Joel se desplomó sobre la barra balbuceando:
—Be there any rum in this bloody tavern?
—Perdone, estoy hablando con tu compañera —le cortó Josema.
La mirada de Joel se llenó de oscuras nubes centelleantes.
—I’ll knock your bloody teeth down your throat, you scurvy dog —murmuró.
Un momento después, estaba entusiasmado explicándonos una historia cuando, al abrir los brazos, le dio un golpe a Josema que acababa de llegar con el ron y las copas. El camarero se cagó en todos sus muertos.
—I’ve had it with ye, ye useless bilge-rat!
Pablo consiguió sacarlo del bar como un perro rabioso. Oía sus gritos en la calle, mientras me disculpaba con Josema y le pagaba la cuenta, asegurándome de que todavía seguía en pie lo del desayuno.
Arrastramos a Joel hasta su caótica su habitación y lo tumbamos en la cama. Cuando salíamos por la puerta le oímos decir:
—Be ye two turnin’ in so early, mateys?
Estaba sentado en la cama y nos miraba con un brillo peligroso en los ojos. Metió la mano en su abrigo para sacar algo que tenía escondido: era la botella de ron que nos había traído Josema. Debió de quedársenos cara de tontos, porque a Joel se le escapó una risita de hiena, que enseguida se nos contagió, haciéndonos estallar en carcajadas.
—Let’s swig it down like proper pirates.
Salimos de aquella pocilga para continuar la juerga en la habitación de Pablo. Seguimos bebiendo y soltando incongruencias, a cual más absurda. Pablo simulaba interesarse por la biografía de nuestro compañero. ¿Dónde dices que aprendiste a ser pirata? Joel no necesitaba más para explicar cómo, de niño, se enroló en un barco de contrabandistas en Portsmouth y llegó a Madagascar y seguir con historias de abordajes y batallas en Somalia, en las Antillas y el Caribe, navíos fantasma y tormentas apocalípticas, todo tan melodramático que Pablo y yo teníamos que hacer esfuerzos para aguantar la risa. Mientras nos explicaba el ataque un calamar gigante, Joel sacó de su bolsa una hoja de colores del tamaño de una cuartilla.
—¿Qué es eso?
—A blotter sheet with funny creatures.
Agarré la hoja para observar de cerca aquella cuadrícula con dibujitos de pokemones.
Nos dijo que escogiéramos nuestro pokemon favorito y nos lo pusiéramos en la lengua. Yo elegí a Pidgey, el pajarito de cejas blancas.
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