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Inicio / Cuenteros Locales / papagayo_desplumao / De piratas y pokemones (II)

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En el asiento del copiloto viajaba el otro actor, Joel. De él hay mucho que contar, pero antes quiero hablaros de Pablo, el chico que iba al volante, porque él era, sin duda, uno de los motivos de mi felicidad.

Pablo era un tipo alto, con aspecto de osito bonachón, barba poblada y pelo anárquico. Daba la impresión de que nada podía alterarlo, aunque cuando empecé a conocerlo mejor descubrí que estaba atravesando una etapa bastante difícil. Acababa de separarse de su pareja con la que tenía una hija, llevaba apenas unos meses en Dreams Theatre y también se encontraba en un momento de transición. Fueron muchos viajes de conversaciones sinceras, de confesiones y risas, que terminaron convirtiéndose en una especie de terapia, en la que compartíamos nuestros fracasos y frustraciones, nuestras crisis y pajas mentales; un limbo resguardado del mundo en el sanábamos nuestros corazones. Y era bonito llegar a lugares como Palencia, Covarrubias, Calatañazor o Cangas de Onís y, mientras Joel se encerraba en su cuarto —o vete tú a saber qué hacía—, salir mano a mano a descubrir los pueblos. Era uno de los grandes regalos que nos hacía Dreams Theatre: perdernos por callejuelas, disfrutar de los pinchos y, por supuesto, de los vinos locales en alguna taberna con encanto, conocer a gente a la que le contábamos nuestra historia: sí, somos una compañía de teatro, venimos de lejos.

La amistad que teníamos era una pasada. Solo una vez tuvimos un pequeño desencuentro. Estábamos muy borrachos al final de una noche en Covarrubias. Yo le estaba contando algo cuando Pablo acercó la cara y me besó. Me aparté de inmediato. Era lo último que hubiera esperado. La situación se volvió horrible enseguida. El silencio se erigió entre nosotros como un muro de cemento. Me puse en pie, pagué mi parte en la barra y me fui, dejándolo solo. Debí haberme quedado para hablar con él, pero lo único que quería era salir de allí. Regresé a la pensión preguntándome si había hecho algo que pudiera haberle dado pie.

Cuando abrí la puerta me encontré de frente con una mujer, que se quedó paralizada al verme. Tenía la cara ensangrentada. Con una mano se apretaba la sien, con la otra sujetaba los bordes de su blusa. Me empujó a un lado sin decir palabra y salió corriendo calle abajo. Al entrar me encontré con la recepcionista. Para mi sorpresa, no parecía espantada, sino únicamente indignada de que aquella señorita se hubiera colado en su establecimiento. Dirigió su mirada inquisidora sobre mí, haciéndome sentir como un escupitajo. Sin fuerzas para plantarle cara, subí a refugiarme en mi habitación.

Al día siguiente, montamos la escenografía en silencio, lidiando con una resaca descomunal. En el camino de vuelta, mientras Joel roncaba en el asiento de atrás, Pablo me pidió disculpas. Yo tenía miedo de que nuestra amistad no volviera a ser la misma después de aquello, pero al lunes siguiente todo había cambiado. Aquel fin de semana Pablo había conocido a alguien, lo cual me alegró muchísimo, aunque, para ser sincera, también sentí un puntito de decepción por que me hubiera superado tan fácilmente. Lo más importante es que aquella semana volvieron las risas y la complicidad entre nosotros, y eso era lo más importante.

Los que siempre estuvieron allí fueron los niños, con esa energía que te llevaba hasta la estratosfera. A veces actuábamos en teatros o auditorios, pero podía ser una cancha de baloncesto o un almacén de naranjas donde plantábamos la escenografía. Tarde o temprano aparecían los niños con pañuelos en la cabeza y parches en el ojo, ondeando sus banderitas de Jolly Roger. A veces, los oíamos entonando la canción de los piratas antes incluso de salir al escenario. Una vez, cuando nos íbamos en la furgoneta, vi a dos niñas luchando con espadas en una calle del pueblo. Me gustaba pensar que una parte de nosotros quedaba en el corazón de aquellas criaturas cuando nos marchábamos de allí.

Cada lugar traía nuevas aventuras y no hablo solo de aventuras piratas. Cómo os lo explico: es que en ese trabajo ligaba mogollón, triunfaba como la Coca-Cola entre los profesores y los técnicos de luces. Nunca lo hubiera imaginado. Debía de ser que el vestido de Wendy me sentaba muy bien. Ese profesor de inglés tan atractivo de Cangas de Onís —que más que de inglés, parecía de educación física— me gustó desde el momento en que lo vi. Después de la actuación nos propuso quedar para tomar algo, pero Pablo pasó. Aquella noche no dormí en la habitación de hotel. A Pablo no le conté nada, no valía la pena. De camino a Covarrubias, con una sonrisa en los labios, me preguntaba si aquello había sido algo puntual o volvería a pasar alguna otra vez. Vaya si volvió a pasar. La vida pirata molaba aún más de lo que había imaginado. Yo no quería que acabara nunca.

Texto agregado el 02-02-2026, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


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