Varias pensamientos incordiaban a Ramiro en el asiento del avión de la British Airways que lo conducía hacia México.
En su hombro dormitaba Elena, su joven asistente y amante. Ramiro acariciaba sus mejillas haciendo a un lado los rizos rubios.
Apenas unas horas atrás había salido de la URSS rumbo a Londres en el Pravda, una nave monumental en la cual casi fue extraditado por sonrientes funcionarios soviéticos a los que no les causó gracia ese investigador tercermundista obnubilado por los hedores del flanco vergonzoso de la Historia Oriental.
Ramiro resguardaba libretas repletas de datos y observaciones sobre los núcleos de »Administración Suprema de los Campos Correctivos de Trabajo» o Gulags. Estos ya existían en germen durante la revolución bolchevique, pero fue con el entronizamiento del oscuro »padrecito» Iósif Stalin cuando encarnaron el infierno para las masas de detenidos o zeks, y más tarde se mutaron en la omnipresente cárcel de los »enemigos del pueblo».
Los Gulags habían sido el motor de la industrialización soviética. Se enclavaban en la costa del Mar Blanco, Vorkuta, y más tarde hasta en el mismo Moscú. En ellos fluyó la fuerza de trabajo de millones, de los cuales miles dejaron sus vidas en las entrañas de un invierno de totalitarismo.
Ramiro bostezó para librarse del embotamiento en los oídos por el cambio de presión en la nave. Hacía frío, por lo que se cubrió las piernas con la minúscula frazada que daban en el vuelo.
Miró hacia la ventanilla los grumos rezagados de luces de ciudades ajenas. Extrajo uno de sus cuadernos y husmeó apuntes en castellano y ruso. Sólo hasta ese momento lo intrigaron los caracteres cirílicos, deficientes mutaciones de un asterisco. ¿Qué habría en la mente de Cirilo al sumergirse en el glagolítico búlgaro y el griego uncial en busca del esqueleto de la lengua eslava?
Aún parecía oír los murmullos medrosos de los mujiks que le confiaran secretos abyectos sobre lo que después fueron »las colonias de readiestramiento por medio del trabajo». Los Gulags supuestamente se habían suprimido años después de la muerte del genocida Stalin. Pero no bastaba con la purga de Gorvachov merced a la Perestroika y la Glasnost, pues era un secreto a voces que la represión aún extendía sus tentáculos en los lares de Iván el Terrible.
Se rumoraba sobre una inminente crisis en el bloque soviético. A muy pocos les había gustado la renovación política que propiciara el debilitamiento del Partido Comunista PCUS, y que inyectaba savia en el Congreso de los Diputados del Pueblo, quienes ascendieron a Gorvachov de líder del Comité Central a presidente democrático.
Ramiro cerró los ojos tratando de conciliar el sueño, pero sus recuerdos se revolvían como insectos. Acarició el rostro terso de Elena evocando la forma en que ella le ofrecía sus labios y su cuerpo, como si se ofrendara a Quetzalcóatl.
No ocurría lo mismo con su esposa Nefertari, prendada de los amoxtli nahuas y con el agobio del cuidado de los hijos. Ramiro recordaba sus últimas noches de intimidad, casi regidas por los postulados cartesianos del método científico.
Pensó en sus hijos adolescentes: Sinuhé y Sofía. Uno, embebido en las proezas de las marionetas coloridas de su madre; y la otra, enajenada con los aerobics y las películas de Visconti y Fellini. Desde hacía mucho Ramiro tenía para ellos el garbo de un burócrata universitario recluido en su cubículo como Daniel en el foso de los leones.
Incluso la vida de Ramiro era un prisma de sesgos académicos desde lustros atrás. Quizá aún a esas alturas seguiría abatido por la contundencia de Guerra y Paz y Los Hermanos Karamazov de no ser por su otrora ferviente alumna Elena.
Había comenzado el estudio del ruso desde joven, intrigado por la lectura de poemas de una de sus maestras en la Universidad, quien convocaba a lo más selecto de las facultades a su casa para analizar a Pushkin y a Neruda por igual.
Ahí había conocido a Nefertari, quien lo deslumbró con su belleza sobria y las minucias del mundo de los faraones, de los cuales sabía pelos y señales por alfabeto y dinastías. Pero Ramiro recordaba la frustración de la muchacha ante sus nulas posibilidades de visitar la tierra de Ramsés, por lo que suplió los jeroglíficos con el sucedáneo de los códices que serían una pasión avasalladora más tarde.
Sin embargo todo era pasado. Su apasionamiento duró lo justo para que él dominara el ruso y ella el náhuatl. No hubo gritos, ni reclamos. Un día de tantos, Nefertari tuvo que dar explicaciones al ser descubierta mientras se besaba con un sujeto que no desentonaría en la tira de la peregrinación del Boturini. Y Ramiro aprovechó para decirle que esa circunstancia aceleraba sus planes de viajar a la URSS; es decir, de separarse de ella.
»Alea jacta est...», musitó. El sueño al fin le ablandó los párpados. Por un momento quiso sentirse ante el fatídico río Rubicón que Julio César profanaba en busca de un imperio, pero desistió. Él no poseía el empaque del guerrero, ni Elena era Cleopatra…
Se quedó dormido mientras decidía de una vez el instalarse por lo pronto en Querétaro, donde Elena tenía familiares y contactos con el Instituto de Cultura. El sueño lo doblegó al fin cuando el avión surcaba el aura del Atlántico.
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