La primera cita.
¡Cuánto tiempo esperé que me pidieras una cita! ¡Cuántas lágrimas al ver que ese día no llegaba!
Pero, al fin ocurrió.
Solté mis trenzas y dejé que mi ondulado pelo flameara al viento, usé por primera vez tacones altos, me sentí una mujer con apenas trece años.
Todo era diferente para mí.
Mi madre al verme sonrió para sí, pero no dijo nada.
La cita era en la puerta de la Iglesia, la que domingo a domingo nos encontraba con nuestras respectivas familias.
A las quince horas quedamos de encontrarnos, jamás mi corazón palpitó tan fuerte, pero era la alegría que me hacía el pensar que quizá hasta me darías un beso, ese beso con el cual soñé tantas noches y que jamás me habían dado.
Hoy que han pasado tantos años, te vi, me miraste y noté cierta sorpresa en tu rostro, pero también dolor, ese dolor que cada uno lleva por alguna razón y que muchos no lo notan.
Quise hacerte tantas preguntas, pero ya no tenían respuestas o si las tenían, el paso del tiempo las había sepultado en una época pasada que jamás volvería y seguí mi camino, mi esposo y mis hijos me esperaban en casa y pude ver que tu familia estaba también esperándote en el auto.
No pude preguntarte el porqué del abandono, de la falta a la cita, aquella cita que no pudo ser y que mucho tiempo lloré, pero ya no importa, quizá el destino lo quiso así.
Al llegar a mi casa todo era distinto, abracé a mi esposo y a mis hermosos hijos y les dije cuánto los quería.
Omenia
1/2/2026
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