¡Y LA GRANADA EXPLOTÓ!
En 1976, presente un examen para ingresar al INEM (Instituto Nacional de Educación Media Diversificada), para el curso primero de bachillerato en esa época, hoy sexto.
A las seis de la mañana, muy juicioso me levantaba, me alistaba y salía corriendo, porque había que cruzar la ciudad de Tunja de oriente a occidente, a pie claro, no había buses, ni rutas.
Con mi primo Sergio Ojeda Gómez (q.e.p.d.), quien cursaba tercero de bachillerato en educación industrial, una de las modalidades del colegio, apostábamos para llegar ligero, cruzábamos por las escaleras del barrio Consuelo, pasábamos por el parque del Bosque de la Republica, subíamos a la Avenida Colón y encontrábamos una calle casi vertical, donde jugábamos a pasar estudiantes, en esa pared gastábamos como unos diez minutos, era muy parada, y pasábamos a mucha gente y unas cuadras más, llegábamos al colegio, con el timbre que anunciaba que las puertas se iban a cerrar.
Estudiábamos de siete a una de la tarde, y de regreso hacíamos el mismo recorrido, claro más fácil, porque todo era en bajada, pero llenos de hambre.
En la casa almorzábamos y a dormir, hasta las cuatro de la tarde. Nos despertábamos automáticamente, porque a esa hora en la televisión colombiana estaban pasando la novela la “Señorita Helena”, una novela venezolana, cuyo actor era el cantante José Luis Rodríguez, “El Puma”.
Lo espectacular, era que, en la casa no había televisión, el que tenía televisor en la casa, era de muy pocas familias. En la cuadra del barrio Hunza, donde vivíamos, con mi tío Sergio y mi tía Aura Victoria, había como dos casas que tenían televisor. En la casa de un vecino que trabajaba en el DAS, le ponía una sobre pantalla al televisor con franjas amarilla, azul y roja, para que pareciera que, tenía televisión a color.
En la otra casa, casi frente a donde vivíamos que, tenían televisor, era de unos esposos, Álvaro y Mercedes, él trabajaba en la policía.
Allí llegaba mi tía y como unas seis vecinas más y nosotros, Nevers y Sergio, cita inaplazable. Veíamos la novela y a medida que pasaban los capítulos las señoras lloraban, como si fuera realidad, lo que estaban viendo.
El vecino Álvaro a veces viajaba y dejaba a mi primo que le cuidara la casa, es decir, que le echara un vistazo y si quería se quedara allá viendo televisión y, así lo hacía, cuidaba la casa, pero más lo hacía era por ver televisión.
Un fin de semana le dejo la casa para que la cuidara y me invito a que lo acompañara, pues para ver televisión, en esa época, había buenos programas como Acuaman, Yo y Tú, Petrocheli, Concéntrese y otros.
El televisor era de marca Motorola, grande, ocupaba el ancho de la pieza o cuarto de habitación, con un mueble grande, bonito, le ponían carpetas hechas en croché, a mano, y sobre el mueble, había fotos de la familia, flores y otras cosas más.
Como a las nueve de la noche del viernes, encontramos sobre el televisor unas bolas de colores, como en forma de papaya, eran tres de colores amarillo, rojo y azul, agarradas con un alambre, muy bonitas.
Nos pusimos a mirarlas y a jugar con ellas, y en el juego Sergio le quito un alambre y, sonó un estruendo, el cuarto se llenó de humo y nosotros no podíamos respirar, nos tocó salirnos de la casa, abrir las ventanas y echarnos agua en los ojos, porque no parábamos de llorar.
Olía a feo, un olor extravagante, no se podía respirar, abrimos puertas, ventanas, la puerta del patio que no estaba cubierto, y nada que pasaba el olor. Por fin, decidimos ir a contarle a mis tíos y ellos llegaron al sitio y no podían entrar del olor impregnado que quedo en la casa.
Como a las dos de la mañana, después de un regaño bien prolongado, nos dijeron que cerráramos bien las puertas y ventanas y que nos fuéramos a dormir a casa de ellos y que temprano, volviéramos para ventilar la casa.
Así lo hicimos, madrugamos abrimos puertas y ventanas, lavamos la casa, echamos perfume, esperando que se quitara el olor, porque los dueños llegaban el domingo.
Cuando llegaron, Sergio y yo, asustados, pero con la compañía de mis tíos, le contamos lo sucedido y, lo tomaron de buena manera, ya el olor no era tan concentrado y don Álvaro, les explica a mis tíos, que esa bola que se estallo era una “granada lacrimógena”, las que usan en la policía para disolver manifestaciones y que, no estallan si no les quita el seguro, nos hizo demostraciones y volvió la vida a la normalidad. Afortunadamente, la granada era lacrimógena, menos mal, porque si hubiera sido de otra clase, no estaría contando el cuento.
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