En primera instancia, pareciese una pregunta fácil de responder, si nos negamos a considerar que lo que se encuentra internalizado en nuestra conciencia es lo único que ha servido para conceptualizar todo lo que consideramos real de la existencia, porque ha estado allí desde siempre, desde nuestro primer destello de conciencia a la vida y que en esa condición no ha requerido mayor validación ni cuestionamiento de su existencia. Si la referencia de la existencia de todo lo que nos rodea, se sostiene por las experiencias sensoriales y los significantes construidos en nuestra propia mente, definir la realidad no llega a ser algo verdadero ni absoluto, sino que solo una figura por conveniencia y acuerdo social, de lo que podría constituir probablemente el entorno que nos rodea y nos envuelve.
Mientras el viento acaricia mi rostro, tocando y huyendo, como en un juego lúdico de amantes, desordenando mis cabellos para llamar mi atención, la realidad se mece en una danza de ramas de árboles firmemente anclados a la tierra, que se agitan ante mis ojos, haciendo manifiesta la vida que nos absorbe y que se aleja, dejándonos absortos en una letanía de incertidumbre que susurra en silencio a nuestros oídos de lo irreal que podríamos estar presenciando. Luego de llamar mi atención. Luego de sacarme de profundas cavilaciones. Me abandona. ¡Sí! La vida existe sin nosotros más que como una verdad certera comprobada, como una intuición declarada. Existe, a lo menos para mí, como una distracción envidiosa de la paz interior esquiva que no logramos alcanzar.
Podemos asegurar que existe una realidad ajena a nosotros, descubierta parcialmente en sus dinámicas, apariencias y sentidos, en la medida en que nos maravillamos con acontecimientos impensados que escapan a nuestra voluntad. La voluntad o más bien la falta de correspondencia, entre cómo se dan los eventos y cómo deseamos que se den, es razón suficiente como para intuir que existe una realidad que transcurre más allá de nuestras precarias percepciones, de nuestras decisiones y de nuestra propia mente.
|