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PORTATE BIEN
Si bien estuve agotado, esas voces de la calle eran perfectas como para desviar la atención en lo que podría recordar, así que apagué la radio pues escuchaba a Bob Dylan y me puse a apreciar ese maravilloso nudo del tráfico de la ciudad, eso veía, los autos no cesaban de pasar por encima de uno, veía, y las personas movían las manos como si estuvieran izando pañuelos de carne por sus ventanas, eso veía, y el sonido de la gente que cruzaba las pistas era tan orquestado, oía, como esas sinfonías de Bruckner u Orff, cualquiera de ellos podría almorzar esas voces para sacarles un sonido de mayor relevancia y colosal, pues sí, allí esa morena de extravagante trasero con una licra que aumentaba el volumen de sus nalgas que eran como el de una yegua, eso vi, y más allá esas personas con sus canastas de verduras, con sus rollos de papel que vendían a precios demasiado justos para quien desearía pagar locuras del cielo, buscando bajar más sus malvividas existencias, pero no, eso era el ruido, no era el total de aquella sinfonía, escuchaba, lo mejor era el sonido de los motores Diesel de esos conteiner, que imaginando podía ver cómo aplastaban mis pensamientos, haciéndoles una lasaña de carne y sangre y sesos virtuales, eso imaginaba, y así la pasé sonriendo de aquella apreciación hasta que el nudo se desanudó por el valor de una pequeña policía que parecía ser un perrito en medio de aquella montaña de camiones y autos, pero allí estaba aquella policía con su casco blanco, su pito que hacía sonar pero era insonoro ante aquella sinfonía, su traje beige y esos pantalones verdes y esos zapatos encharolados que cubrían a un ser humano, un hermoso ser humano que buscaba, eso pensaba, una justicia de los libros de la cadena que había grabado y matriciado en su mente y que es seguro que jamás dejaría de sacárselo, pensaba, pues si lo hacía podría perder todo el piso, toda su seguridad, su sueldo y el respeto, eso pensé, el respeto de las demás personas que la miraban como la luz de la verdad de las calles y de todos los nudos de la ciudad, estaba seguro, pero quién sabe más que ella misma, perdón, digo ella misma porque era una mujer de ojos negros, nariz respingona y labios rojos y un lunar en medio de la mejilla derecha, eso quizás, la hacía ver un poco más mística, o quizás más interesante para ojos varoniles que veían ese lunar como un estigma de seguridad y de feminidad, quién sabría, y así se desanudó la hermosa sinfonía hasta salir a la autopista y ver cómo el cielo era el cielo, y los autos eran más que autos, eran como las extremidades de un chofer que no sabía ser el mismo, sino, una parte más de aquel auto, como si el auto fuera un brazo más, en cierta medida era cierto, como una prótesis, eso pensaba, hasta que luego llegué a la última visita de los clientes, donde una señora de no más de sesenta años y con un carácter como el de un nazi, me atendió y me hizo cambiar los productos vencidos, sin antes escupirme todo lo malo y bueno de mí y de mis productos, ante este tipo de personaje suelo ponerme como una grabadora y escuchar, para luego no escuchar pues suena mal, como una radio que se escucha fragmentada por la mala señal, eso veía y escuchaba, hasta que recibí la paga y partí hacia mi camioneta, con el poco saldo de productos que no pude vender, pero seguro que al día siguiente sí acabaría, eso pensaba, y así sin pensar pensando, llegué a la empresa, le contaron el saldo de productos, hice mi caja y fui directo al banco a realizar el depósito, pues, tenía que hacer un enorme pago ese mismo día, pues ya me había entregado los insumos y debía abonarle al proveedor esa factura y así lo hice, le aboné, le escribí, le dije gracias y luego fui directo a mi casa, sonreí ante esto, ya más relajado y con una visión del clima, el sol, las calles, llegué a casa, allí mi hermano me había cocinado un ceviche, eso me hizo dudar, y bueno, sus ojos estaban fijos, como esos ojos que esperan a que tome una pócima fatal, como de película, y veía cómo lentamente ingería aquel pescado de perico, y lo terminé, eso sí, lo terminé y le dije a mi hermano que cocinaba muy bien, sentí decirle, luego me levanté y fui a lavar los platos míos, y los cubiertos míos, eso vi, y mi hermano veía geopolítica acerca de Trump, Putin, Groenlandia y demás, eso escuché, no dije nada porque nada o poco sé, para qué hablar, pero mi hermano buscaba con quien discutir y me hizo preguntas, muchas preguntas capciosas, que para mi entender, eran tontas y salidas de un anzuelo para la polémica, cosa natural en él, pues para qué escuchar tanta TV de geopolítica si no vas a debatir con nadie, pues el único que vivía allí, en esa casa, por más de treinta años era yo, y lo viví con mi difunta madre ya fallecida haría más de dos años atrás, en una larga agonía producto de un melanoma, que se volvió en metástasis, para morir como un pedazo de cartón en un hermoso hospital, para luego ser incinerada y dejar sus cenizas en un campo santo que la única vez que fui era un retazo de tierra con jardín, y dentro un pomo de metal donde estaban las cenizas de mi renegona madre, eso viví y reviví muchas veces, y cuando mi hermano llegaba del país donde residía que era Alemania, discutían, siempre discutían por dinero, o por alguna otra cosa extranjera para mis oídos, escuchaba, en verdad mamá siempre me decía en esa voz bajita: cuando se va éste, escuchaba, muy pronto mamá, falta poquito, y quién iba a pensar que la que se iba a ir era ella, para moverse en un pomito de metal como los genios de la lámpara, eso me hizo reír, pero sabía bien que eso no eran más que mis rosados pensamientos que nada le gustaban a mamá, eso creía, hasta el instante en que el tiempo pareció sacudirse una vez más, y el escalofrío del cuerpo me vino, y escuché su amada voz, esa que siempre sonaba a reproche, pero era embadurnado por toneladas de amor disfrazado de una voz hitleriana, así era ella, cuando vivía, y ahora, al lado de mi hermano, la volví a escuchar diciendo: Pedro, ¿qué haces?, lo sentí natural, y se lo dije a mi hermano, se lo dije y su rostro se puso de piedra, como esos hombres malos dispuestos a olvidar su conciencia, eso sentí, y no me dijo nada, pero no quise insistir y subí al baño a darme un buen duchazo, pero antes de dármelo, me vino un dolor terrible en el estómago, y pensé, el ceviche de perico, sí, es casi seguro que no estaba muy sano como mi hermano, así que eso fue lo que mi madre le quiso decir a mi hermano, y es seguro que dentro de él lo sabía, por eso quizás sintió ponerse como esas piedras que hay por el mar, o quizás por las acequias, para qué ser tan romántico, y luego me dije, si he escuchado a mamá, porque no le hablo, o dejo que ella hable a través de mí, pensaba, y bueno, hay que probar no?, ¿por qué no?, pensé, pero eso de detener el tiempo y ver cómo el silencio y el escalofrío en todo mi cuerpo no es como para saborearlo, más bien como para no seguir, quizás pueda seguir escribiendo, pero, ¿para qué?, pensé, mi madre ya no está, sentí, pero ¿en dónde estás mamá?, ¿estás dentro de mí?, sentí, y sentí que mi madre estaba escribiéndome a través de mis manos, pues sí, allí estaba ella, con su vestido verde, sus ojos negros y ese lunar en medio de la frente, y no al costado como la policía, y sabía que a ella no le gustan los chistes ni las bromas, solo le gusta burlarse de las gentes, eso sí sabía, ¿no es verdad mamá?, ella mostró su hermoso rostro sobre el cuadro maduro de mi conciencia y mostrando esos dientes perfectos, blancos y ese brillo en sus ojos rasgados que tanto respeto y poder hacían sentir a las personas que la conocían, eso sabía, para luego caminar hacia su cuarto de casa y traspasar la puerta blanca y romper los vidrios del tiempo con una palabra que jamás olvidaré: pórtate bien, escuché, y luego, el tiempo volvió a andar, las luces de casa parecían ser más doradas, y mis ojos empezaban a lagrimear de ver a mamá una vez más.

Texto agregado el 22-01-2026, y leído por 34 visitantes. (0 votos)


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