El cuaderno rojo
En los primeros años de la secundaria aprendí, sin que nadie me lo enseñara, que había estrategias para sobrevivir. No se hablaba de bullying —eran los años setenta y las palabras todavía no se habían vuelto tan precisas—, pero el mecanismo existía igual, con su crudeza intacta. Para evitar convertirme en blanco fijo, opté por una táctica discreta: acercarme a los revoltosos, a los matones del curso, esos muchachos que parecían estar siempre un paso adelante del resto.
Los envidiaba. Eran deportistas, les iba bien en los estudios y, para colmo, gozaban de una consideración especial entre las compañeras. No eran santos; al contrario, muchos destacaban por una malicia creativa que los hacía famosos. Tenían el don —o la condena— de bautizar a todos con un apodo: compañeros, cursos completos, profesores, inspectores. Nadie quedaba sin sobrenombre. Aquella capacidad era celebrada como una forma de ingenio, casi al nivel de encestar una pelota desde mitad de cancha.
Yo no poseía ese talento. No era rápido para la ocurrencia ni certero para la ironía. Cuando intentaba sumarme, olvidaba el apodo justo en el momento preciso. En las rondas de chistes me sucedía lo mismo: quedaba en blanco, como si la memoria me cerrara la puerta en la cara. Entonces entendí que debía buscar otro modo de estar cerca sin destacar demasiado.
Así nació el cuaderno.
Era de forro rojo, un rojo opaco, ya gastado en los bordes. Comencé a llevarlo conmigo como quien carga un objeto íntimo, casi clandestino. Allí anotaba los sobrenombres, el autor y la víctima, más crueles. Los más ordinarios no pasaban por la censura, total nadie los leería. Registraba frases mal dichas por los profesores, observaciones filosas del alumnado, comentarios lanzados al pasar que nadie pensaba volver a escuchar, y que sin embargo yo retenía.
Con el tiempo amplié el registro. Comencé a anotar los romances. Como los visibles no tenían interés pasé a las infidelidades tempranas, esos ensayos torpes de la traición que encontraban refugio en pasillos, miradas esquivas y bancos del patio. El cuaderno no juzgaba; acumulaba. Era una memoria paralela de la vida escolar, escrita a lápiz, sin pretensión literaria, pero con una atención casi obsesiva.
Yo escribía y cerraba el cuaderno. Creía que con eso bastaba.
Una tarde lo olvidé en la biblioteca.
No recuerdo el momento exacto, pero sí la sensación inmediata de vacío, como si hubiera dejado algo vivo sobre una mesa. Lo peor no fue perderlo, sino no saber quién lo había encontrado. Durante un par de semanas, aquello que había sido secreto se volvió primero rumor, luego se transformaron en chismes públicos. Las palabras, que habían sido dichas al aire, livianas y crueles, adquirieron otro peso al estar fijas en el papel.
Fue mi primera lección sobre el poder de la palabra escrita.
Nunca antes, en el uso cotidiano y abusivo de apodos, ni en los comentarios malintencionados dirigidos a alumnos o profesores, se había producido semejante reacción. El problema no era lo que se decía, sino que existiera un registro. La escritura volvía irrefutable lo que antes era apenas ruido.
Fui encarado. Hubo amenazas, silencios densos, miradas que pesaban más que las palabras. Sin embargo, pronto quedó claro que yo no había inventado nada. Solo había copiado. Ese detalle fue crucial. Enfrentar a los verdaderos autores era impensable: ellos eran los fuertes. En cierto modo, el cuaderno los delataba y al mismo tiempo los empoderaban. Yo había sido apenas el escribano.
En pocas semanas el asunto se diluyó, como suele ocurrir con los escándalos escolares. Pero el cuaderno fue confiscado. Circuló de mano en mano, lo supe después, como un objeto maldito. Nunca regresó a mí. Quien se lo quedó —seguramente quien lo encontró— supo guardar el secreto final.
Tiempo más tarde, una compañera se me acercó y dijo, con media sonrisa:
—Tienes buena pluma… pero mala puntería.
No respondí. A esa edad uno todavía no sabe qué contestar cuando le dicen algo verdadero.
Con los años entendí que aquel cuaderno no fue solo un escondite ni una torpeza juvenil. Fue mi primer intento de fijar el mundo, de que las cosas no se perdieran apenas dichas.
Me enseñó que la escritura no es inocente, que puede revelar, herir y sobrevivir a quien la escribe. Desde entonces sé que las palabras, una vez encerradas en un cuaderno, ya no obedecen. Esperan. Y cuando alguien las abre, hacen lo que saben hacer: decir la verdad, aunque nadie la haya pedido.
También fue mi primera advertencia: escribir no es observar desde lejos, es intervenir. El cuaderno no hablaba, pero tampoco callaba. Guardaba voces ajenas y, al hacerlo, las volvía permanentes.
Nunca lo recuperé. Tal vez siga en algún cajón, con su rojo apagado por el tiempo. O tal vez ya no exista. Da lo mismo. Aprendí que la palabra escrita no es inocente, que puede embellecer o herir, y que una vez puesta en el papel, ya no nos pertenece del todo. Y cuando alguien las encuentra, hacen lo único que saben hacer: decir.
Valdivia, 1980
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