La portera, entre aburrida y cansada, mira la hora una vez más. En cierto momento el reloj le marca que ya es la hora. Cuando llega al lugar, sostiene la cuerda y la mueve, dando campanazos que por un instante terminan con su aburrimiento. Después de varios hábiles campanazos mira a las maestras organizando la entrada a clase y vuelve a su trabajo: terminar de limpiar el patio de la escuela.
Pero alguien —una nena de ocho años— que no conoce de límites y está en un terreno no del todo explorado, al menos no por ella, decide no responder al timbre, como sí lo hacen los demás. Como si el recreo no debiera estar encerrado entre campanadas.
Dentro de su aula, la maestra nota su ausencia. Aunque ya es normal, se enoja, se para y se pone a dibujar una planta en el pizarrón. Mientras lo hace, se da cuenta de que primero debería fijarse si la ve desde la puerta, así que se asoma y nada. Solo ve a la portera, la llama, le explica lo que pasa y le dice que busque a la nena. Después vuelve y termina de dibujar la planta en el medio del pizarrón. Lo hace hasta con cierto esmero, y hasta con un poquito de placer, le gusta dibujar. Frente a ella, más de treinta nenas y nenes, que no entienden bien qué pasa, miran atentamente a la maestra dibujando.
La portera ya sabe dónde buscar y, después de unos pocos minutos, la encuentra. Tiene una charla con ella. La nena maneja una impunidad infantil e inteligente que hace que deje la preocupación de lado. Pero le dice con firmeza que ahora vaya al aula. La mira, chiquitita, caminando firmemente hacia allá, y se queda pensando en ese momento con una sonrisa, mientras vuelve a limpiar.
Unos pocos minutos después, la portera, regresa al lugar donde estaba antes y de paso se asoma por la puerta del aula para ver si efectivamente había entrado. Y no.
Mira para todos lados en el patio y la ve, entretenida, jugando con algo. Va hasta ella y le pregunta:
—¿Qué hacés?
—Juego con esto —dice ella—. Además, me encontré un peso.
Extiende la manito mostrando la moneda brillante.
—¿Vamos al aula? ¿No exploraste ya lo suficiente? — le pregunta la portera.
—Bueno —dice la nenita—.
Pero antes de ir al aula, en otro paso impune, se dirige a los bebederos, toma un poco de agua y después sí entra al salón. Para la portera, en ese momento, se había terminado todo el entretenimiento del día.
Al entrar al aula, la nena nota el árbol dibujado en el pizarrón. La maestra, medio enojada, le dice que debe posicionarse justo debajo del dibujo y le explica que, por no cumplir con las normas del colegio, va a quedarse castigada como una planta, parada en el espacio vacío. La nena se para en el lugar indicado y no parece incómoda con la situación. Mira el dibujo, hecho con tiza verde: las hojas, los tallos. No estaba tan mal hecho, aunque algunas partes estaban más o menos.
La maestra le dice que se quede quieta, que deje de mirar para todos lados y que ni se le ocurra hacer un comentario sobre el dibujo. Pero mientras empieza la clase, ella, que queda atrás de la maestra, finge llorar para inmediatamente después sonreír sacando la lengua, y hasta se anima a hacerle muecas. Un compañerito que había sido castigado de esta manera anteriormente pudo sonreír frente al castigo fallido que estaba presenciando.
Después de un buen rato, la maestra, notando que el castigo no hacía efecto, dijo que iba que haber que llamar a los padres para que den una respuesta. Entonces la nenita sonriendo de oreja a oreja pregunta, muy entusiasmada:
—¿En serio van a venir mis papis a visitarme a la escuela?
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