Cae la lluvia, lenta, tibia,
como un suspiro del cielo cansado,
cada gota susurra mi nombre
sobre el cristal empañado del pasado.
Camina sola mi sombra en la calle,
con los zapatos llenos de silencio,
y el alma, esa frágil cometa,
sin hilo, sin viento, sin dueño.
La lluvia me cubre los ojos,
pero no borra lo que duele;
sólo enseña a mi corazón
a llorar sin que nadie lo note.
Hay en el aire un perfume de ausencia,
un eco de risas que ya no existen.
Y sin embargo… llueve,
y en cada gota algo insiste:
Que incluso el corazón más solo
puede florecer en la tormenta,
pues toda lágrima del cielo
lleva escondida una promesa lenta.
Cuando el sol vuelva, sereno y claro,
y el agua cante sobre el tejado,
mi corazón, que estuvo varado,
sabrá que late, limpio y amado.
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