Aquella mañana lo observé mientras desayunaba. El parecido con mi tío fue tan evidente que no pude evitar quedarme mirándolo. Algo en su rostro, sus ojos rasgados, me impulsó a acercarme. Se lo dije sin rodeos. Él sonrió. Antes de irme, le regalé un llavero verde.
Desde ese día me lo encuentro con frecuencia. Y cada vez el parecido se acentúa. Hay en él una nobleza extraña, de esas que no se aprenden ni se fingen.
Es compositor y cantante. Compone desde 1999, no por pasatiempo, sino por vocación. Como tantos otros, no ha sido profeta en su tierra ni ha contado con el apoyo de su familia. En septiembre de ese año escribió dos canciones que, por derechos de autor, es mejor no mencionar. En 2004 grabó otro tema de su autoría.
Ha recorrido el Eje Cafetero con su música, participando en concursos. En un encuentro de artistas en Dosquebradas, entre cincuenta y un aspirantes, le correspondía el turno número cuarenta y ocho. Sin embargo, lo llamaron antes por tener el mejor nombre artístico. Cantó acompañado del grupo Artimays, se ganó el concurso y cambió el trofeo por plata, quinientos mil pesos.
Un día le pregunté qué necesitaba para seguir adelante. Respondió sin dudar: un radio portátil, para hacerlo sonar en el parque y que más gente lo escuchara. Se lo regalé. Esa tarde oí una de sus canciones, de esas con las que se pide aguardiente hasta el amanecer.
Talento tiene, y de sobra. No el que se agota en aplausos, sino el que resiste. El que canta, aunque no haya tarima ni promesas. Algún día su nombre sonará más fuerte que ese radio. Y si no ocurre, no importará: hay triunfos que no necesitan escenario y él ya es un triunfador.
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