Economía del humo
Algo me preocupaba. Estaba tranquilamente inserto en un ambiente de trabajo bien considerado, pero sentía que no estaba a la altura. Desde el principio me postergaba, como quien se sienta en la última fila aunque haya asientos adelante. Debía elegir entre ciertos pasatiempos que el resto de mis compañeros de mi edad sí consumían, casi como una obligación social no escrita.
No asistía a las celebraciones que, mensualmente, se organizaban para los cumpleaños. A veces, como humorada —o castigo encubierto—, almorzaban en lugares de prestigio. Si ellos hablaban de sacrificios monetarios de vez en cuando, para mí aquello era simplemente prohibitivo. Algunos compraban álbumes de música, colecciones de libros, variaban corbatas y relojes como quien cambia de ánimo. Se endeudaban, cierto, pero se jactaban de mantener su crédito al día, bien manejado. Yo no. Por enredos económicos, de esos que no figuran en los manuales, no tenía acceso a créditos.
Yo aludía que era hippy. Me defendía con una filosofía barata, pero honesta. No necesitaba tenidas a la moda ni artefactos decorativos. La lectura la conseguía en tiendas de libros usados, donde los libros ya venían leídos y juzgados, y la música la obtenía con amigos. Para las comilonas, simplemente las evitaba: decía que vivía a dieta o que quería esquivar una resaca y una acidez descomunal. La austeridad, bien explicada, puede pasar por virtud.
“Niños chicos, problemas chicos”, dice el refrán. Pero cuando crecen, los problemas también crecen.
Ahí fue cuando hice crisis. No me alcanzaba ni para el autobús. Si antes combinaba un bus local con uno troncal para llegar rápido, ahora esperaba el que viajaba de puerta a puerta, aunque tardara el doble. El tiempo me sobraba; lo que faltaba era el dinero.
Mis ingresos, que eran pequeños pero varios al mes, los dejaba en una caja sobre el escritorio. Un gesto casi ceremonial. Pero no sumaban. El monto, en vez de aumentar, disminuía, como si la caja tuviera un agujero invisible o una vocación de suicidio financiero.
Llevaba el flujo en una planilla Excel en el computador: en una columna los gastos y en otra los ingresos. La diferencia, que debiera ser la utilidad, no calzaba con el contenido real de la caja. Excel decía una cosa; la realidad, otra. Y la realidad, ya se sabe, no acepta reclamos.
Mi señora fumaba, como mínimo, una cajetilla de cigarrillos diaria. Y para redondear —como quien firma la obra—, compraba además un par de paquetes de chicles de menta. El equilibrio entre el vicio y la buena educación.
Después de dieciocho años de casados, reaccioné en frío. Porque lo peor no era el monto ni la cantidad de cajetillas, sino ese detalle perverso: la cifra exacta se repetía todos los meses. Puntual, fiel, sin atrasos.
No era el caso del ítem zapatos. En marzo, por ejemplo, la planilla mostraba que compré zapatos para mis hijos y también para mi señora, pero al mes siguiente, y en los siguientes, ya no. Aparecían otros gastos. Los zapatos, al menos, sabían esperar.
Ahí fue cuando me deprimí. La compra de los cigarrillos, más los chicles, era también un gasto fijo. Lo agregué al Excel, como quien incorpora un pariente incómodo al árbol genealógico.
Una cajetilla de cigarrillos costaba cinco dólares. Al mes, ciento cincuenta dólares. Yo ganaba, en mi trabajo fijo, mil quinientos dólares. Era un manotazo del diez por ciento, limpio y sin anestesia. Ahí comencé a entender por qué, conversando con mis compañeros —del mismo sueldo—, sus gastos fijos rondaban también los ciento cincuenta dólares. Ahí incluían agua, luz, gas, internet… y todavía alcanzaban a completar esa cifra con libros, música y almuerzos.
En cambio yo, después de los ciento cincuenta dólares en cigarrillos, recién comenzaba a descontar los gastos fijos. Qué atroz.
Lo que nadie entendía era lo siguiente: si yo no compraba libros nuevos, no usaba el auto —por el gasto de la bencina y el estacionamiento— ni renovaba vestimenta, era porque el gasto fijo, llamado cigarrillos, tenía prioridad. Mis compañeros, ante un apuro económico, postergaban algo: no usaban el auto, no renovaban el computador o, si la cosa era grave, postergaban las vacaciones. En mi caso, el ítem cigarrillo no era negociable. Era ley, dogma y costumbre.
Si en los almuerzos familiares de fin de semana mi señora me comunicaba que estaban cobrando la colegiatura del hijo menor, aún en el colegio, y que debía estar saldada durante la semana, por supuesto que yo alegaba que el dinero estaba en la caja. “No hay nada”, me decía. Sin embargo, ni ella ni mis hijas adolescentes asociaban que ese monto mi señora ya se lo había fumado. El valor de la colegiatura era de setenta dólares mensuales. Mi alegato era estéril, como hablarle a una chimenea encendida. Si daba como excusa que la demora de la mensualidad era porque a mí aun no me pagaban, ¿porque no argumentaba que ella se fumó el dinero?.
Cualquier gasto, fijo o necesario, que se postergaba por falta de dinero lo pagaba con trabajos adicionales. Pero junto con el pago venía la reprimenda: de mi señora, sumada a la de mis hijas, que ya eran adolescentes, acusándome de tener ingresos precarios comparados con la normalidad. No se daban cuenta de que, pasara lo que pasara, para todo evento, siempre el gasto fijo —ítem cigarros— durante dieciocho años nunca se postergó. Nunca.
Siempre se fumó.
¿O se esfumó? |